Relato: ‘Y se dieron las manos’ de Suyay Chappino

Cura

De Suyay Chappino/ Ganadora IV Edición Excelencia Literaria www.excelencialiteraria.com

 

Elías fue  a sentarse en su sitio, el segundo pupitre de la segunda línea, cuando Catalina lo llamó. Se detuvo en mitad de la clase y buscó a su amiga, pues había reconocido su voz sin haberla visto. De pronto, apareció a su lado. Con una exclamación, Elías le recriminó haberle asustado. Su amiga se rio por lo bajo y le pidió el favor de que le cambiara de sitio, pues Cristina había amenazado con pegarla. Elías le preguntó el por qué, mas ella sólo se encogió de hombros y volvió a rogarle que le cambiara el pupitre para no estar al lado de la amenazadora. Él asintió y, aun extrañado por la historia, se dirigió al último asiento de la última fila.

Elías tomó asiento y sacó su cuaderno de notas y su bolígrafo azul, el único que llevaba al colegio y el único con el que tomaba apuntes, cuando Cristina entró en el aula. Era alta en comparación con el resto y un poco gorda, lo que hacía que destacara por su tamaño. Elías nunca había escuchado que fuese una chica agresiva. Entonces, se preguntó, ¿por qué habría intimidado a Catalina? Cristina se dio cuenta de que el chico la observaba y se ruborizó.

Al llegar la profesora los alumnos se pusieron en pie. Elías distinguió la voz de Cristina cantando los buenos días junto con el resto de sus compañeros. Tras el saludo de la profesora, se sentaron mecánicamente. Poco después entró el capellán del colegio y la misma escena volvió a repetirse: alumnos y alumnas se levantaron, dieron los buenos días, esperaron la respuesta y se sentaron con el mismo ruido de las patas de las sillas contra la superficie rasposa.

Desde las ventanas entraba la luz de un cielo despejado y el calor de un día de verano. Elías se compadeció del cura por su sotana, pero el pensamiento se desvaneció en cuanto vio la sonrisa que les dirigía. Tenía una cara curiosa de nariz prominente y frente estrecha. Cuando empezaba a hablar, lograba que los alumnos se centraran en sus ojos, que adquirían un brillo inteligente. A Elías le gustaban sus charlas por la viveza de sus palabras y la calidez especial de su mirada cuando se la encontraba de frente.  Por eso se ponía contento cuando lo veía llegar. Además, significaba que no habría clase durante el tiempo en el que el padre trataría algún tema formativo.

De golpe se le habían olvidado Catalina, Cristina y el cambio de sitio. El cura tenía un hablar pausado y profundo, como los grandes oradores que su padre le había hecho escuchar un día que le quiso enseñar a hablar en público. Luego había entrado su madre a rescatarlo y lo había regañado por “estar aburriendo con esas cosas ¡a un niño de diez años!”. A Elías le hubiera gustado declamar como el capellán. Antes que nada tenía que cambiarle la voz. Se concentró en el discurso y se dejó sumergir en el sonido de las frases y la melodía del mensaje. Las palabras flotaban en su cabeza.

El cura decía que muchas veces las cosas no son fáciles. Y que les fuera la vida como les fuera -con mayores o menores dificultades-, Dios estaría siempre presente para cuidarlos y quererlos. Elías le había escuchado varias veces lo mismo, pero la manera de decirlo era tan especial que le parecía como la primera vez que le revelaban un gran secreto. De repente el cura propuso hacer algo diferente, un ejercicio.

Elías se puso rígido en la silla, dispuesto a escribir un dictado. Mientras el hombre continuó explicando en qué iba a consistir la prueba, notó que la cabeza se le llenaba de un aire pesado, como si en lugar de respirar oxígeno estuviera inhalando gas. Cada alumno tenía que contar una experiencia de mucho sufrimiento que hubiera marcado su vida para compartir con el resto el aprendizaje que había sacado de ella, las consecuencias positivas finales.

Elías hizo trabajar a su cabeza pero las manos le habían roto a sudar. Era como si un puño le apretara la boca del estómago. ¿Qué iba a contar?…

Sus compañeros empezaron a hablar por orden de asiento. Adela explicó la muerte de su abuelo: su abuela estaba muy triste pero, un tiempo después, le había confesado a la niña que estaba también contenta porque, desde el fallecimiento, sus hijos iban a visitarla más a menudo y podía pasar más tiempo con los nietos. Pablo habló del divorcio de sus padres, hacía un año. Dijo que se peleaban continuamente y que su madre lloraba todo el tiempo. Había sido una situación difícil para todos, pero ahora, al menos, ya no los escuchaba discutir y su madre ya no lloraba. Él hubiese preferido que no se separaran, pero así parecían más felices los dos. Teresa contó que hacía poco se había muerto su perro Boby, al que había cuidado desde cachorrito y al que quería mucho porque había sido el regalo de su tío preferido, que se había ido a vivir muy lejos y al que no había vuelto a ver. Le había escrito, contándole el suceso, y había recibido una respuesta, con lo que habían encontrado un medio para volver a estar comunicados. A Mario le había marcado que su único hermano mayor se inscribiera en el ejército y lo enviaran a distintas misiones en lugares de guerra. A veces tenía pesadillas, pues soñaba que se moría en un ataque o a causa de una bomba. Pero su hermano volvía de cuando en cuando, sano y salvo, para contarle muchas historias divertidas. Le decía que ayudaba a la gente que lo necesitaba, y que eso le hacía feliz. Pedro les reveló que de pequeño había sufrido un accidente de coche  que aun escuchaba los llantos de su hermano. En su familia daban las gracias todos los días por haber sobrevivido y ningún miembro discutía a la hora de ponerse el cinturón. Su amiga Catalina contó que cuando se mudó, le había costado un mundo adaptarse. Había tenido que cambiar de ciudad, de casa y amigas, pero le hacía muy feliz haber encontrado al mejor amigo del mundo. Elías se sonrojó un poco, pero lo olvidó enseguida porque seguía angustiado por no saber qué contar. No encontraba nada realmente malo que le hubiera pasado. Nada.

Afortunadamente, sonó el timbre que marcaba el final de la clase. Agradeció  en silencio el haberle cambiado el sitio a Catalina.

Cuando acabó la jornada se encontró con su cuidadora, que lo estaba esperando a la puerta del colegio junto a su hermanita Elena, que corrió a mostrarle un dibujo en el que Elías aparecía con una corona de rey y ella, a su lado, ataviada como una de princesa. Se rio un poco de los garabatos, a lo que la niña se hizo la ofendida. Se pusieron en marcha.

La cuidadora era extranjera y había venido a España con el propósito de estudiar una carrera. Como Elías encontraba respuestas para todo, le gustaba hablar con ella. En seguida le contó la sesión con el capellán. Le preguntó si a ella le gustaba ese tipo de charlas. La chica lo miró con sus ojos claros y le explicó que en su colegio no había curas ni ese tipo de actividades. Elena se inmiscuyó con su vocecita infantil, pues quería saber, entonces, quién le había contado las parábolas de Jesús. Los hermanos prestaron toda su atención cuando la cuidadora les contestó que, normalmente, era labor de los padres en la intimidad del hogar, pero que los suyos no eran creyentes, así que nada sabía acerca de la historia de Jesús. Los niños se quedaron en silencio. Luego Elías se ofreció a contarle las cosas que le había enseñado el sacerdote y su cuidadora se rio.

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Suyay Chappino

A la hora de la cena, Elías les narró a sus padres la visita del capellán y el ejercicio que les había propuesto. Les confesó que no había sabido qué contar. Quiso saber si aquel vacío era normal, ya que sus compañeros tenían momentos dolorosos para compartir. Por toda respuesta su madre le acarició la cabeza. Con los ojos chispeantes le respondió que si se sentía un niño feliz y no encontraba momentos malos, podía sentirse dichoso. Su padre, con expresión emocionada, les pidió que juntaran las manos para agradecerle a Dios por haber bendecido la familia con tanta dicha.

Elías pensó que tenía que contárselo a su cuidadora. Cuanto antes.

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