0000925722.jpgPor Carmen Fernández Etreros.

 

Esta mañana fría de diciembre hablamos con la escritora Marian Izaguirre en cuya última novela Los pasos que nos separan, se aleja de los escenarios habituales de sus novelas para transportarnos a una de las ciudades que mejor ejemplifican los convulsos años que vivió la Europa de entreguerras: Trieste. En ella nos presenta la ciudad en dos momentos de su historia: la década de 1920, cuando la urbe se recomponía de los estragos de la Primera Guerra Mundial para adentrarse en un fascismo italiano que acabaría cebándose con las minorías que residían en el lugar, y la década de 1970, cuando la ciudad se había convertido en un hermoso puerto del Adriático tras el que se ocultaba, igual que sigue ocultándose hoy, un pasado lleno de dolor. Una historia de amores, decepciones y búsqueda del pasado perdido.

 Se cumplen veinte años de la publicación de la primera novela de Marian Izaguirre La vida elíptica, con la que obtuvo el histórico Premio Sésamo. Desde entonces la autora ha publicado seis novelas más: Para toda la vida (1991), El ópalo y la serpiente (1996), La Bolivia (2003), El león dormido (2005), La parte de los ángeles (2011) y La vida cuando era nuestra (Lumen en mayo 2013), novela que alcanzó los 12.000 ejemplares y que se publicó en ocho países.

 P. ¿De dónde surge la idea para escribir Los pasos que nos separan?

R. Es difícil recordarlo, porque el primer hilo del que tiramos para construir una novela suele quedar en algo meramente anecdótico al cabo del tiempo. Y nunca es una sola cosa. Siempre enhebramos varios hilos en la misma aguja. En este caso eran el abandono, la renuncia, las decisiones sobre ser madre o no, el fascismo cuando solo era la punta de un iceberg terrible que podía engañar a muchos, el arte como mercancía, el heroísmo patriótico y patético… En fin, muchos hilos para confeccionar la urdimbre que sostiene a los personajes.

P. ¿Por qué elegiste una ciudad tan compleja como Trieste para contar el amor entre Salvador y Edita?

R. Precisamente porque en Trieste se colocan las capas de la historia, las nacionalidades, las mezclas, una sobre otra. Confusas, contradictorias, ardientes y conflictivas como el amor de ellos dos. Edita es eslava, está casada con un croata, Salvador es español, pero Sergio Spalic, su maestro, y los amigos de Spalic son partidarios de Mussolini, quieren echar a los eslavos de Trieste. Todo está en contra para Salvador y Edita. Pero…

P. En la novela la bora, ese viento indomable de Trieste logra que se conozcan Salvador y Edita, una mujer casada y madre de una niña ¿te puede cambiar la vida de repente?

R. La bora, ese viento ingobernable e impredecible que llega a alcanzar los 180 kilómetros, es una metáfora del amor que les arrastra con fuerza y les lleva a situaciones a las que ninguno de los dos tenía previsto llegar. En Trieste, el ayuntamiento suele poner barandillas de cuerda en las calles para que la gente se agarre… Salvador y Edita no se sujetaron y el vendaval del amor se los llevó para siempre.

P. Para Edita, Jana la niña en algunos momentos parece más una carga que una alegría, ¿la maternidad muchas veces pone a las mujeres en una encrucijada?

R. No lo es más que para cualquier otra madre. Todas las mujeres del mundo han sentido la pérdida de la individualidad, la del yo único, en algún momento de su embarazo, o del primer año de vida del bebé. No se confiesa (o sí), porque esas palabras de anhelo de libertad están negadas a las mujeres. Somos madres, tenemos que ser felices siendo madres, no podemos oponernos. Pero en nuestro interior, en algún momento, todas lo sentimos.

“La bora, ese viento ingobernable e impredecible que llega a alcanzar los 180 kilómetros, es una metáfora del amor que les arrastra con fuerza y les lleva a situaciones a las que ninguno de los dos tenía previsto llegar”.

P. La novela está narrada en dos tiempos: en Triste cuando se conocen los protagonistas y en los setenta cuando Salvador a sus ochenta años decide seguir los pasos y las ciudades que recorrió con Edita, acompañado de Marina una joven de 20 años, ¿es importante recordar aquello que nos ha hecho feliz en esta vida?

244_H401380.jpgR. Los recuerdos son nuestro ropaje interior, las prendas con las que nos vestimos y nos protegemos de la inclemencia. A veces la almohada en la que apoyamos la cabeza.

P. Además Salvador quiere recorrer y reconocer sus errores y sus culpas de su juventud con Edita, ¿hay que volver al pasado para avanzar en el futuro y para poder despedirnos de este mundo?

R. Salvador no solo va a buscar el tiempo en el que fue feliz, también va a recuperar sus demonios interiores, sus actos más vergonzosos, todo lo que lleva cosido por debajo de la piel. Y al otro lado de los remordimientos y la culpa está Marina, una muchacha de veinte años, confusa e inexperta, que entrelazará su destino con él. Salvador solo tiene pasado, Marina solo es futuro. Entonces el pasado y el futuro se juntan, cada uno pone lo que tiene en la balanza: Marina recibe el pasado de Salvador como un legado de enseñanza y Salvador agrega un poco de futuro a sus últimos días.

P. ¿Cuáles son tus planes de futuro como escritora?

R. Estoy preparando la edición revisada de una de mis novelas anteriores y trabajo en una nueva que no he hecho más que comenzar. Preparando la urdimbre, ya sabes…

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