Relato: ‘Mr. Kleinmann, el librero’ de Blanca Gallostra

 

libreríaDe Blanca Gallostra. Ganadora de la X Edición de www.excelencialiteraria.com.

 

Mr. Kleinmann se había convertido, sin pretenderlo, en una especie de mito. Su salto a la fama había sido totalmente inesperado, tanto para él como para los pocos que lo conocían.

Años atrás trabajaba en la librería de la calle de las Rosas, en el barrio judío berlinés. Llevaba tantos años allí como el mismo dueño, del que era íntimo amigo. Eso sí, no compartían la misma visión acerca de la librería, pues Mr. Kleinmann nunca la hubiera considerado como un negocio. No así el dueño, que decidió cerrarla cuando las pérdidas fueron insostenibles. Mr. Kleinmann perdió su empleo después de casi cuarenta años aconsejando a los clientes, asistiendo a subastas de librerías y a saldos de herencias, repasando los lomos de los volúmenes que no se vendían, ordenando alfabéticamente centenares de títulos, pasando horas y horas de sus noches leyendo y releyendo los libros recién adquiridos y sus ejemplares favoritos. Había dedicado a esa librería su vida entera.

Como no conseguían traspasar la librería, Mr. Kleinmann se quedó en ella cuidando de sus preciados tesoros, y poco a poco los vecinos fueron olvidando el establecimiento, hasta que se convirtió en una tienda de aspecto cerrado y sucio, a quien casi nadie prestaba atención. De vez en cuando, Mr. Kleinmann vendía algún libro, cuando andaba corto de dinero y encontraba a alguien que lo supiera apreciar.

Se pasaba mañanas allí encerrado, mañanas que llegaron a ser días y noches enteras, en las que olvidaba todo lo que estaba más allá de la librería. Su tez adquirió una tonalidad enfermiza, parecida al papel de todos aquellos libros que llenaban los anaqueles y expositores. Cada día que pasaba, cada hoja que leía, lo acercaba a los mundos ficticios de la fantasía y lo alejaba del de sus semejantes.

Cuando el dueño de la propiedad murió, su viuda decidió hacerse cargo del problema y vender el local. Mr. Kleinmann sintió que su mundo se venía abajo… A esas alturas, vivía más en la librería que en su propio apartamento. ¿Qué iba a ser de los libros?

Su historia empezó a cobrar fama. Lo visitaban jóvenes que se hacían llamar “okupas” para demostrarle su apoyo. ¡Él no quería su apoyo! él quería su librería. La prensa local se enteró del caso. Escribieron algunos artículos sobre aquel librero entregado al que iba a desposeer del sentido de su vida. No sabía cómo frenar aquella fama injustificada, ni si podía o debía utilizarla en su beneficio.

Una tarde se armó de valor y visitó la tienda. Habían comenzado las obras para reformarla y convertirla en una pastelería. La viuda del difunto dueño estaba allí. Al principio dijo sentirse ofendida por aquella visita que le había causado tantos problemas. Después accedió a hablar con, invocando la estrecha amistad que lo había unido con su esposo.

Mr. Kleinmann alabó el bonito aspecto del nuevo local. Entonces, ella se echó a llorar.

-¡Ya era duro sin que tú te entrometieras! Ahora medio barrio me odia… Estoy arruinada, ¿entiendes? Necesito este dinero.

Mr. Kleinmann nunca había visto llorar así a una mujer, y eso que había leído tanto de ellas que creía conocerlas. Pero el llanto es mucho más desgarrador fuera del papel.

-Perdóname. No sabía lo que hacía -Mr. Kleinmann jugueteó nervioso con sus dedos; no se atrevía a mirarla a la cara-. Escúchame, no te preocupes, recogeré mis cosas. Sólo te pido que me dejes llevarme unos cuantos libros.

Ella asintió sin levantar la cabeza. Cuando Mr. Kleinmann empezó a subir los primeros peldaños que conducían al desván, ella lo llamó por su nombre. Desconsolada o no, acababa de tener una idea.

Blanca Gallostra (1)
Blanca Gallostra

La pastelería “Mr. Kleinmann” se inauguró tres semanas después. La fama que había adquirido gracias al movimiento “okupa” y a las noticias aparecidas en la prensa, atrajo a una clientela numerosa. Con suerte, los clientes podían encontrarse a Mr. Kleinmann charlando con un parroquiano en la barra, leyendo un libro en la mesa de la esquina o tomándose unos deliciosos gofres. Sin embargo, la mayoría del tiempo se encontraba arriba, en el desván, leyendo y releyendo, ordenando y arreglando sus preciosos libros.

 

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