Entrevista a Fernando Sánchez Pintado, autor de ‘La última vez que veremos el mar’

Fernando-Sanchez-Pintado

«Es el desajuste entre la esperanza o los sueños y la realidad lo que me interesa y sirve para reflejar un mundo, el nuestro, enormemente desajustado y con escasa esperanza.»

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Esta semana hablamos con el escritor Fernando Sánchez Pintado (Madrid, 1950), autor de La última vez que veremos el mar publicado por el editorial Pasos Perdidos. Licenciado en filosofía, ha desempeñado numerosas funciones en la Administración del Estado. En la actualidad es editor. Ha publicado las novelas Un tren puede ocultar a otro (Endimión, 2004), Contrariar al zurdo (Barataria, 2006) y Performance (Barataria, 2010).

En un mundo de depredadores, ¿alguien puede creerse que está a salvo y es el único que no corre peligro? Horacio Salgado, el protagonista de la novela,  aprendió desde muy joven que eso no es posible, o tal vez no fue siquiera necesario que lo aprendiera: para él la compasión es debilidad y ha hecho de su vida una estrategia para dominar a los demás. Pero dominarse a uno mismo no siempre es posible. A veces basta una llamada inesperada.

P. La última vez que veremos el mar es…

R. Una novela sobre la irrupción inesperada del pasado en un mundo en apariencia estable y seguro, sobre la traición y la culpa, sobre la distancia insalvable que nos separa de los otros. También sobre el amor que se creía olvidado y perdura por encima de la voluntad. Pero no es una novela intimista, también es el retrato de la transformación social y moral de la España de los años ochenta. En esos años todo parece que se puede realizar, y no pasa de ser un mundo extremadamente frágil en el que las relaciones de poder aparecen al desnudo.

P. Un protagonista que lo canaliza todo, Horacio, y una ausente omnipresente, Teresa. ¿Nos los presentas?

R. No es nada fácil, porque en La última vez que veremos el mar, sin ser una novela sicológica, el desarrollo de la acción es consecuencia del personaje central, consecuencia en cierto modo azarosa y, sin embargo, inevitable. Y, sobre todo, porque los personajes, cuando tienen entidad, sobrepasan al autor; una vez que da por concluida la novela, es quien mejor y peor los conoce. Eso suele decirse también de los hijos, ¿no?

No obstante, me arriesgaré a decir que Horacio es, ante todo, la soledad y el poder, alguien muy representativo del nihilismo de nuestro tiempo; cree que o se domina a los demás o se es dominado, es una fortaleza vacía. Aunque al menos tiene el valor de no adornar esa actitud con palabras vacías y bellos sentimientos. Sin embargo, la aparición de Teresa, a la que había creído borrar de su vida, le arrastra más allá de sí mismo. Porque Teresa, como bien dices, es una ausencia omnipresente, para él desde que la conoció y en la novela desde la primera a la última página.

P. Hay acción, desastres naturales, tejemanejes administrativos, pero sigue siendo una novela de sentimientos, ¿no?

R. Efectivamente, puede decirse que es una novela de sentimientos, pero de ninguna manera es sentimental. Me sorprende la asociación ingenua que se hace entre sentimientos y buenos sentimientos. Por ejemplo, en el amor. Alguien puede amar y hacerlo rematadamente mal, porque si es egoísta y cruel no por sentir amor va a dejar de serlo. Claro que se puede decir que eso no es amor, pero, como digo, es una respuesta ingenua a uno de los problemas insolubles de la humanidad. Me refiero al del bien y el mal, a la tenue línea que los separa. “El infierno está empedrado de buenas intenciones”, me decían de pequeño, y a veces las buenas intenciones llegan a ser las peores.
Con esto no quiero decir que los personajes de la novela sean unos malvados, a lo sumo tienen la ceguera de querer una cosa mientras hacen lo contrario. Y, por supuesto, si provocan sufrimiento y desgracias, siempre hay algo o alguien externo que es el culpable. Aunque, y eso es lo que le ocurre a Horacio, a veces ya no es posible engañarse. Así que, en cierto sentido, puede decirse que La última vez que veremos el mar es una novela de amor.

P. Tus protagonistas tienen ya una edad. Hay acción, pero sobre todo hay reflexión. ¿Qué te atrae de los personajes con historia?

R. El propio título de la novela, La última vez que veremos el mar, me parece que refleja que no se trata de una bildungsroman, una novela de formación. Incluso es lo contrario, podría decirse que todo ya ha ocurrido, pero de repente sucede algo que obliga a los personajes a empezar o creer que empiezan. Por eso su historia es necesariamente reflexiva, o sea, que en contra del signo de los tiempos se ven obligados a reflexionar porque algo inesperado y que creen que puede ser su salvación les está ocurriendo. Y es algo no estrictamente personal, también afecta a su entorno, a sus relaciones profesionales, familiares y sociales. Viven el final en una época que, sin embargo, parece de una modernidad incuestionable. ¿Cómo no se va a reflexionar en esas condiciones? Y es ese desajuste entre la esperanza o los sueños y la realidad, como creo que en mis anteriores novelas, lo que me interesa y sirve para reflejar un mundo, el nuestro, enormemente desajustado y con escasa esperanza.

P. Reflejas en la novela lo que podríamos llamar «corrupción de baja intensidad» en la administración. ¿Exigencias del guión o conciencia ciudadana?

R. Desde luego, no es una “exigencia del guión”. Toda novela que no se limite a reproducir lugares comunes, con los que el lector se identifique cómodamente, es un retrato del medio social en que se inscribe su acción, aunque no sea ese su principal propósito. Y esto se puede hacer de tantas maneras como formas de escribir existen. En ese sentido, Zola no refleja mejor la realidad social que Proust. En este caso la elección de los primeros años ochenta me pareció consustancial con los personajes y la historia que viven. Simplemente ocurría que entonces empezaba a extenderse la corrupción (de baja o de alta intensidad, eso sólo se ve con el tiempo) en la reciente democracia. Todo un anuncio de lo que nos aguardaba.

P. Además, «provocas» un accidente que puede tener consecuencias ecológicas. Lo mismo: ¿hubiera dado igual otro tipo de percance o una genuina «preocupación verde»?

R. Si un escritor cae en la tentación de convertirse en un deux ex machina e introduce situaciones, personajes o ideas para ganar ritmo, atraer la atención del lector o responder a la moda del momento, en definitiva, si se apoya en algo ajeno a la historia que está narrando, por más oficio que tenga e incluso por aceptable que sea el resultado, yo creo que está traicionándose a él y a los lectores. El accidente al que te refieres está basado en un hecho real, en uno de los muchos desastres ecológicos en la Costa da Morte, aunque lógicamente novelado. Es un accidente necesario, es decir, no es algo casual, responde a las características de un sistema de relacionarse entre los hombres y de estos con el mundo. La última vez que veremos el mar se centra en la forma esperpéntica en que los poderes públicos y mediáticos reaccionan ante un desastre que, por decirlo suavemente, ellos provocan.

P. Un editor que escribe novelas, ¿loco por partida doble?

R. Creo que tienes razón: loco y, además, por partida doble. Pero… no siempre. Si me permites, te hablo de pequeños placeres que justifican los demás sinsabores. Como editor, cuando encuentras un texto con el que, por vaya usted a saber la razón, te identificas y piensas “esto lo voy a editar yo”. Ese es un gran momento que a veces se realiza, otras no es posible por múltiples motivos. Por no hablar de cuando tienes ese libro ya entre las manos y eres todavía el único que puede disfrutarlo. Es un placer muy privado.

También es cierto que esa, en realidad, no es la tarea del editor, pero cada cual tiene sus pequeñas perversiones. Como escritor, aunque sea un contrasentido en muchos aspectos, ocurre algo parecido (a veces lejanamente). En el momento inicial, esa idea que no se puede uno quitar de la cabeza y vuelve y vuelve hasta que un día empiezas a escribirla; por último, la lectura de aquello ya escrito y se ha decidido que es definitivo, es decir, que no tiene ya arreglo. No sé si ambos aspectos tienen algo realmente parecido, pero yo lo vivo así. En fin, me ahorro todos los pasos intermedios. En todo caso, al menos para mí, si no son una misma pasión, pertenecen al mismo orden. En cuanto a por qué editar, es más sencillo: para que alguien, a ser posible muchos, lea lo que yo ya he leído con placer, me ha permitido reflexionar y entender un poquito mejor el mundo. Desde luego, es así porque me puedo permitir no publicar nada con lo que no me sienta, en todo o en parte, identificado. Es una suerte, sin duda, inmerecida.
¿Para qué escribo? Eso sí que no lo sé. A lo mejor, porque de pequeño pensé que algún día lo haría o porque, cuando escribo, por mal que lo pase a ratos, me siento feliz.

Portada_La-ultima-vez-que-veremos-el-mar_gP. ¿Qué público buscas con esta novela?

R. El público es siempre un misterio. Incluso no considerado demoscópicamente, el lector ideal no es menos misterioso. Desde luego, mientras escribo no lo tengo presente, no podría hacer tantas cosas al mismo tiempo. Pero, cuando he dado por acabada la escritura, tampoco tengo clara idea de quién es su lector potencial. Por supuesto, espero que sea un lector que disfrute con la novela, pero esto no es mucho decir, ¿verdad? En todo caso, hay quien puede leer La última vez que veremos el mar como la representación del grotesco mundo político, administrativo y mediático que se consolidaba en los años ochenta y que hoy se encuentra entre la catatonia y la putrefacción.

También es el regreso del amor que se creía olvidado, y de la culpa que no se puede borrar. O de una rara y perversa forma de entender la solidaridad, incluso el amor filial. En fin, que, como ves, hay varias lecturas posibles y el lector sigue siendo para mí el mismo misterio. Tal vez por eso podría decir, como en los cines de otra época, que es una novela para todos los públicos.

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