Reseña: ‘Cuentos reunidos’ de Cynthia Ozick

cuentosreunidosPor Rafael Martín. El Placer de la Lectura

 

A sus 87 años la escritora neoyorquina Cynthia Ozick no rehuye la polémica cuando, en una entrevista reciente, al ser preguntada sobre las etiquetas que pueden derivarse de su evidente compromiso con la historia judía y con la emancipación de la mujer, afirmaba que “judío es una categoría de la civilización, de la cultura y del intelecto. Mujer, en cambio, es una categoría anatómica. Son dos cosas distintas. Si alguien me llama ‘escritora judía’ me está definiendo. Si me llaman ‘mujer escritora’ me están reduciendo, además de que es una categoría totalmente retrógrada”.

Precisamente, en esa marcada predilección por tratar en sus escritos cuestiones que afecten a su comunidad o situaciones en las que esta tenga algún protagonismo, puede encontrarse la causa del relativo desconocimiento de la autora americana, una situación que pretende paliar Lumen con la edición de sus ‘Cuentos reunidos’, selección de los publicados entre 1971 y 2008.

Los dos que abren el volumen, ‘El rabino pagano’ y ‘Envidia, o el yiddish  en América’, ya avisan al lector desde sus títulos de los problemas que pretende abordar la autora. En el primero, se representa el conflicto entre la Ley y la Naturaleza, entre la moral y la estética, a través del animismo en el que cae el rabino protagonista, víctima de un sensual encuentro con una dríade, ninfa de los bosques. En el segundo, Ozick destapa su vena más satírica para caricaturizar al desconocido poeta en yiddish Edelshtein, celoso del éxito de un colega traducido que, para colmo, tuvo cierta historia con su mujer. Relato largo como otros varios de la colección, permite a su autora recrear la psicología de los personajes o mostrar su habilidad para crear secundarios, como el trastornado amigo de Edelshtein, víctima de incontrolables ataques de risa, o su joven sobrina, representante de los nuevos planteamientos del judaísmo y encargada de desenmascarar la vanidad que el aparente altruismo del protagonista encierra.

Una vez superada la barrera selectiva que estos dos primeros relatos pueden representar para algunos, el lector se adentra en un terreno menos excluyente, en el que, aunque siguen presentes las referencias a la tradición judía, se amplía considerablemente el territorio ético en el que se desenvuelven los personajes. Ozick hace así interactuar a sus protagonistas judíos con el entramado social y familiar americano, produciendo divertidas piezas al dictado de la más fina ironía.

Es el caso de ‘La mujer del médico’ en el que los conflictos conyugales de sus hermanas hacen persistir al protagonista en una pertinaz soltería. No ayudan a mitigar esas desavenencias las inclinaciones místicas de una de ellas que, para desesperación del marido, pretende acceder a la castidad a través de un curso por correspondencia. Esa vena cómica pero dirigida en especial hacia la creación literaria, la encontramos en ‘Virilidad’, la historia de los esfuerzos poéticos de un joven ruso emigrado a América después de que masacraran a su familia en un pogromo. Desde el principio sabremos que los desalentadores comienzos marcados por múltiples y merecidos rechazos, se verán compensados finalmente por el más rotundo y sorprendente de los éxitos. De paso Ozick recuerda las dificultades a las que, no hace mucho, se enfrentaba una mujer escritora. Con similar tono la autora nos propone en otro de los relatos su singular visión de la influencia que, sobre la obra de T.S. Eliot, pudo ejercer su primer editor.

Las referencias culturales judías siguen, en cualquier caso, presentes. Así, ‘La bruja de los muelles’ se enmarca en la fecunda tradición del cuento sobrenatural a través de la figura de un persistente súcubo. El carácter dominador y alienante que define a esas presencias diabólicas lo encontramos también en la joven pareja de intelectuales de ‘Una educación’: la influencia y seducción que ejercen sobre una inmadura erudita la llevan a abandonar una prometedora carrera a cambio de un régimen de dominación consentida.

No duda Ozick en usar sus relatos como banco de pruebas para sus convicciones e inquietudes. Por eso el personaje femenino de ‘Derramamiento de sangre’, recluido en una cerrada comunidad jasídica, recuerda el tiempo en que aún no se había decantado entre las posibilidades transgresoras de ser mujer o ser judía. Y en ‘Un mercenario’, el protagonista se queja del daño que la ficción le puede hacer a la verdadera tragedia que pretende evocar, porque solo los fríos datos pueden reflejarla en toda su crudeza. Una reflexión coherente con otra de las opiniones vertidas por la autora en la mencionada entrevista: “Temo que el Holocausto sea corrompido por la ficción y que, en general, la ficción corrompa la historia”.

El libro se cierra, finalmente, con un homenaje a una de las figuras de referencia de la autora: Henry James, tal y como hizo Raymond Carver al dedicarle el último relato de una de sus colecciones a su estimado Chéjov. Aunque en ‘Dictado’, las verdaderas protagonistas son las respectivas amanuenses de James y Conrad, la de este enamorada de su patrón, y la de aquel dispuesta a ganarse un lugar secreto en la posteridad.

En definitiva, después de leer estos ‘Cuentos reunidos’, cuando nos hablen de una escritura inteligente, irónica, densa y sutil con acento anglosajón, no deberemos pensar solo en el autor de ‘Las bostonianas’; ni, para referirnos a una sátira con personajes judíos y ambientación americana, deberíamos usar como paradigma solo a Philip Roth.

Cuentos reunidos de Cynthia Ozick.Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Lumen, 2015.  720 pp., 34.90 €.

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