Relato: ‘Bibi quiere amar’ de Blanca Rodríguez G-Guillamón

Hadas (1)De Blanca Rodríguez G-Guillamón. Ganadora de la V edición www.excelencialiteraria.com

 

Rosvinta se relamió. Removió el contenido del caldero, que borboteaba y salpicaba un polvo dorado, y canturreó una canción de cuna. Más allá, Adelaida acariciaba el pelo de Bibi, quien miraba a través de la ventana con nostalgia.

—Créeme, pequeña: lo agradecerás. Que ahora no lo ves, porque eres joven… pero un día te alegrarás.

Bibi no contestó. Mantuvo la mirada perdida más allá del bosque que cercaba la mansión. Adelaida le acarició la cara y jugó con su pelo.

—Eres muy bella, niña mía. Tienes una piel suave como las flores y esos ojos tan grandes… Si te quisiera menos te los arrancaría para cambiarlos por los míos.

Detrás de las montañas Diego la estaría buscando. Habían quedado en encontrarse en el crepúsculo, y el mar ya había comenzado a tragarse el sol. Las lágrimas de Bibi desfilaron por sus mejillas y Adelaida se apresuró en recogerlas.

—No llores, que tú serás inmortal. ¿Sabes lo que darían esas criaturas despreciables por ser como nosotras? Oh, mi pequeña, no sabes lo afortunada que eres.

La purpurina se desparramó por el suelo y Rosvinta rompió a reír.

—¡Mira, mira cómo me brillan los pies!

—Cállate, estúpida, que la niña está triste.

—¡Me brillan, me brillan!

Rosvinta comenzó a dar vueltas por la habitación con el palo de escoba en ristre. Cuando se le pasó la euforia, los brillos habían quedado suspendidos en el aire. Adelaida estornudó y empezó a agitarse como si la hubiera poseído el demonio. Bibi, ajena a sus hermanas, lloraba. Estaba a cientos de kilómetros de Diego y, sin embargo, escuchaba sus gritos y le veía golpear el suelo de la cueva donde se habían citado. Pero no podía escapar, porque Rosvinta le había obligado a tomar una pócima que le robaba la magia; la suya no era tan fuerte como la de ellas. Cerró los ojos y sintió de nuevo las manos de Adelaida en su cuerpo.

—Vamos, mi niña, ven a bailar conmigo. Está oscureciendo y el remedio de Rosvinta ya casi está preparado. Cuando lo bebas, mi pequeña querida, cuando lo bebas será como si tu vida empezase de nuevo. Ya no habrá hombres, porque no valen nada. No tendrás que sufrir nunca más por amor —soltó una carcajada y le enredó los dedos en el pelo—. Ese dolor que sientes, esa punzada tan aguda, la olvidarás como lo olvidarás también a él. Vas a ser libre, mi hijita. Vas a ser tan libre que nos lo agradecerás.

Le pusieron la copa en las manos, una vasija de oro que decían haber robado a un rey, y Rosvinta empezó a dar palmas.

Bibi pensó en Diego mientras le acercaban la poción a los labios.

—Preciosa, olvídalo. Ellos solo querrán jugar contigo.

Blanca Rodríguez G-Guillamón

Saboreó el líquido dorado y sintió que se le desgarraba el corazón. De pronto no sabía de qué color eran esos ojos que la habían enamorado. Perdió después el recuerdo de las caricias. Cuando se borraron sus besos, Bibi aulló fuera de sí.

Lanzó la copa contra las brujas y echó a correr hacia el caldero. Mientras Rosvinta reía y repetía que la purpurina le había mojado los pies, la joven se sumergió en aquel líquido maldito. Si iba a olvidarlo a él, quería olvidarlo todo.

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