Relato: ‘Lo de dentro’ de Eduardo Sanz Campoy

sujetalibrosDe Eduardo Sanz Campoy. Ganador de la XI edición www.excelencialiteraria.com

 

Introdujo un euro en la máquina expendedora y la lata comenzó a moverse hasta que, justo cuando tenía que caer, se atrancó. Iracundo, golpeó el expendedor sin importarle la gente que había en la sala de espera. Molesto por el ruido, un hombre se le acercó.

-Tranquilo; te pagaré otra lata si es preciso.

-Lo siento. No sé qué me ha pasado.

-Vamos, te comprendo… También yo me dejo llevar muchas veces por los nervios. Estás esperando noticias, ¿verdad?

-Por desgracia. ¿Y usted?

-Ahora mismo están operando de cáncer a mi mujer. Conocemos bien este lugar.

-Lo siento… La mía también está ingresada; un accidente.

-¿Cuánto lleváis casados?

-Bueno, no estamos exactamente casados. Cortamos, volvemos… Ya sabe, como un par de adolescentes en cuerpos de cuarenta. Por desgracia no nos encontramos en nuestro mejor momento.

-Escucha: yo llevo casado cuarenta y cuatro años y no siempre se está en un buen momento.

-¡Cuarenta y cuatro!… Enhorabuena. ¿Cuál es el truco?

-El tiempo. Y sobreponerse a muchos problemas. Pero una vez superas esos obstáculos te das cuenta de lo que es verdaderamente importante: tener a alguien que, cuando las cosas se tuerzan, te sostenga la mano y recuerde que el cuerpo que tienes no es más que un préstamo y que al final acabará convertido en polvo bajo la tierra.

-¿Qué quiere decir con eso?

-Pues que ni tú ni yo somos tan importantes. Hay que aprender a reírse de uno mismo.

-Ya; algunas veces lo ves todo tan claro… Pero, de repente, la mirada se nubla y todo se vuelve a joder.

-Así es la vida. Si fuera fácil pasaríamos felices cada segundo de cada día. ¿Conoces a alguien que lo consiga?

-No.

-Claro que no, porque no existe. Nos agobiamos con cosas absurdas cuando, en verdad, lo único que importa es tener salud y estar juntos.

-Eso suena tan bien… Lástima que sea tan complicado.

-Tómatelo con calma y no te agobies.

Eduardo Sanz

El cuarentón volvió a la sala de espera y se sentó junto a los suyos. Se puso a dar cabezadas, hasta que el doctor llamó al hombre con el que había charlado.

Se incorporó para observarles. La piel atezada de aquel marido fiel comenzó a palidecer. El médico se marchó cabizbajo y el hombre rompió a llorar.

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