OllaDe María de los Reyes del Juco / Excelencia Literaria.

 

Le gustaba vagabundear por las callejuelas de la ciudad, sobre todo en otoño, porque guardaba debajo de la cama un par de botas rojas que se compró hacía ya mil años pero que nunca tuvo el coraje de tirar a la basura. Se las ponía para pisotear las hojas que caían en dulces espirales y se posaban y daban ganas de estrujarlas entre las manos y de hacerse un vestido con ellas. Miraba dócilmente cómo en el suelo el rojo y el amarillo, el caldera, el  marrón y el verde apagado se peleaban o se amaban, se revolcaban a golpes de viento y conversaban entre ellos.

Luego llegaba a casa y era una persona normal, que miraba la olla exprés y no se imaginaba que las ollas exprés eran objetos tristes, rabiosos contra el mundo, y que de vez en cuando, a la temperatura correcta, gemían en un largo y estridente lamento de vapor y penas, inmersas todas ellas en cantar su llanto.

María de los Reyes del Juco

Miraba su reloj y calculaba los minutos que faltaban para tener las lentejas listas, cuánto tardaría en pasarlas por la batidora, y cuánto en dárselas al niño. Y cuánto tardaría su marido en llegar, y cuánto tardarían en decirse nada y ella pudiera irse a la cama a mirar el techo, pensando cuál era la razón existencial que la había empujado a calcular tan meticulosamente el tiempo, como si tumbarse en la cama y mirar el techo fuese la ilusión del día, como objeto el mirar la hora cada pocos minutos. Entonces, poco a poco se quedaba dormida y soñaba en negro.

Allí, en la cocina, todas las tardes, se unía a las ollas exprés del mundo, en lenta y amorosa agonía.