De Alejandro Caicedo. Ganador de la XII edición www.excelencialiteraria.com

 

Cuando evoco el cine de la Transición, me viene a la cabeza Luis García Berlanga practicando la coreografía de un interminable plano secuencia junto a José Sazatornil. Planos secuencia convertidos en un espejo, reflejo distorsionado al más puro estilo de Valle-Inclán, imagen de una España que se despertaba a la democracia, preocupada en equilibrar un sistema que garantizara la estabilidad política y económica después de cuarenta años de dictadura.

Con los años fue desapareciendo este cine irreverente o rompedor, que tuvo a Berlanga a Bardem y a Saura -que deslumbraron con obras como “La escopeta nacional” y “Cría cuervos”- como máximos exponentes. Después apareció lo que muchos expertos del séptimo arte patrio llamaron “El cine quinqui”, una cruda forma de mostrar los problemas de la nueva sociedad, que tuvo como objetivo poner al espectador en una situación incómoda, obligándole a sentarse durante hora y media junto con aquellos marginados que no habían encontrado su sitio en el nuevo marco socio-político. Se podría decir que no hubo representante de aquel “cine quinqui” como Eloy de la Iglesia, que, al igual que los directores recién citados, estuvo influido por grandes literatos de nuestra Historia. Al igual que Berlanga, De la Iglesia se dejó seducir por una realidad distorsionada y cóncava, aunque hizo uso de influencias más crudas y realista, más cercanas a  Salinger y Bukowski, como se aprecia en “El Pico”, película que sintetizaba el drama de la droga y los problemas en los que hundía a los jóvenes de la época.

Durante los años noventa el cine español desconectó parcialmente de la sociedad, quizás porque había llegado el momento de experimentar con el cine de “hacer caja”. No hay otro parangón como Almodóvar, que lejos de reflejar la realidad fue capaz de crear unos “ecosistemas” independientes, en los que soltaba a sus personajes para plantearles conflictos intimistas. Aunque al principio no supo canalizar ese esfuerzo cinematográfico, su verdadera madurez cinematográfica llegó cuando “La movida” se acabó y al fin logró distanciarse de los excesos de aquel movimiento cultural surgido en Madrid, que nos dejó como herencia algunos de los films más innovadores de la década, como “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?”, de un joven e inspirado Fernando Colomo, pero también  grandes fracasos y películas mal construidas sobre la base de la provocación y el exceso, como “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”.

Durante la segunda parte de esos noventa, conocimos a los que hoy son grandes figuras de nuestro cine pero que, al contrario de sus predecesores, no se preocuparon en darle voz a los españoles. Me refiero a Alejandro Amenábar y Juan Antonio Bayona.

Durante los 2000 el panorama fílmico cambió gracias a la figura más importante de la última década: Alberto Rodríguez. Rodriguez forma parte de una generación de directores que, junto con una excepcional generación de autores -encabezados por Arévalo, Gutiérrez y De la Torre- han revivido el cine social y se han preocupado por volver a hacer sentir al espectador los errores que cometimos en el pasado para, quizás, lograr un proceso de autocrítica que no sólo los enmiende sino que nos evite volver a cometerlos. Los mejores ejemplos de este nuevo cine social son “Techo y comida”, de Juan Miguel del Castillo, “La isla mínima” y “El hombre de las mil caras”, ambas de Alberto Rodríguez.

Desde los años de la Transición, en mayor o en menor medida, con una técnica cinematográfica u otra, los cineastas han reflejando la realidad del país en el que vivimos.