‘Neorrealismo: la crónica de una reconstrucción’ de Alejandro Caicedo

De Alejandro Caicedo / Ganador de la XII edición www.excelencialiteraria.com

 

Desde que tuve la suerte de descubrir el Neorealismo italiano a través de la película Roma, ciudad abierta, me he sentido como aquel que recuerda esos objetos centenarios que un familiar mayor guardaba en su casa y que le fascinan por su peculiaridad y distancia con el día a día. Como si fuera un objeto de colección, por suerte el cine europeo de la posguerra esta ahí para el que quiera disfrutarlo.

Después de un par de años disfrutándolo (algunos títulos como “Camarada”, de Roberto Rosselini, -1946-) o “El ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica -1948- son habituales en las clases de Historia del cine y demás asignaturas técnicas de mi carrera), considero no saber aún lo suficiente acerca del Neorrealismo como para conocer la razón de su fuerza hipnótica. ¿Será por el uso de actores no profesionales en la película exacta y en los papeles exactos? ¿Por los diálogos crudos como la realidad de aquellos años tan difíciles? ¿O por los escenarios devastados en los que los personajes sobreviven? ¿O porque los que conservaban algún vestigio físico o psíquico del “way of life” anterior a la devastación de la guerra, fueron devorados por el blanco y negro totalmente renovado que llegó desde el otro lado del océano con los “aliados”? (los actores del Neorrealismo siguieron modelos de conducta totalmente distintos a los impuestos por las dictaduras que dominaban Europa durante el periodo de entreguerras, según patrones norteamericanos).

Después de haber buscado un denominador común entre algunas otras obras y corrientes literarias y fílmicas de entonces, lo que me parece cautivador no es la carga de realidad que inyecta esta corriente al espectador, o la critica a todos aquellos que centraban sus esfuerzos en reconstruir un Continente en ruinas pero sin molestarse en enjuiciar sus modos de vida ni sus errores, igualmente culpables, en la devastación que las bombas.

Roberto Rosellini grabó a Ingrid Bergman paseando por las ruinas romanas de Nápoles y las esculturas de aldeanos hechos piedra por el Vesubio, junto a unos guías turísticos que le contaban la historia de esas piedras que yacen a los pies del volcán, en “Te querré siempre” (1954). Katherine Joyce – interpretada por Ingrid Bergman- comienza la película como una turista que, en su deseo de conocer los restos de las civilizaciones antiguas, acaba enfrentándose a sus problemas conyúgales, que acaba solucionando “milagrosamente”. Rosellini y los demás autores neorrealistas -Federico Fellini, Luchino Visconti y Vittorio De Sica entre un largo etcétera-, recuperan desde un nuevo enfoque un espacio en el mundo fílmico que lo vincula con los personajes, algo que había sido abonado por los expresionistas alemanes de la República de Weimar, con Murnau a la cabeza.

Aunque no todo el cine de “reconstrucción” (por llamar así a unas películas que se grabaron en determinadas épocas de cambio) presenta una estética tan dura como el del Neorealismo italiano o el expresionismo alemán. “Solos en la madrugada” (1978), de Jose Luis Garcí, por ejemplo, narra la historia de José, un exitoso locutor que lleva un programa radiofónico de madrugada en plena Transición española. Garcí cambia las ruinas napolitanas por planos de un Madrid oscuro y solitario. No pretendo comparar a Garcí con Rosellini, pero el espíritu interior y exterior de los personajes, así como las ganas de perder el miedo a enfrentarse a uno mismo, son el denominador común de estas obras. Sin ir más lejos,  José Sacristán, en el último de los monólogos que Garcí y Sinde escribieron para él, lo resume en un par de frases: <<Creo que deberíamos darnos una libertad, aunque sea una libertad condicional. El caso es empezar>>.

José, amargado por los cuarenta años de dictadura, tiene un discurso y una interpretación del pasado y del futuro muy parecida a la de las películas neorrealistas y, en concreto, a la película de Rosellini que antes comentaba, famosa por su última escena, en la que Ingrid Bergman se ve arrastrada por un tumulto de fieles cristianos, que corre a ver el milagro que se anuncia durante la procesión, cuando su esposo, interpretado por George Sanders, corre en su rescate. Los problemas de ambos parecen desaparecer en un solo dialogo claro y sincero que acaba, por tanto, con la autocompasión y el rencor, de nuevo en conjunción con el espacio.

 

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