‘Hollywood y la hipocresía’ por Fernando Vílchez

Por Fernando Vílchez. Ganador de la VI edición www.excelencialiteraria.com www.lascosasquenoshacenfelices.com

 

Cada cierto tiempo Hollywood sufre una crisis en forma de escándalo. Es bien sabido que detrás de ese mundo aparentemente movido por el sueño de contar historias, se encuentra todo un engranaje de degeneración cuyo epicentro apenas ha variado desde principios del siglo XX: el poder que ejercen los mandamases de la industria.

Sin embargo, el “Caso Weinstein” promete desatar una caza de brujas como pocas veces hemos visto en la industria. No sólo parece perseguir al pecador de facto, si no a todo aquel testigo que cometió el error de omitir la corrupción que había contemplado. El afectado más conocido ha sido, ni más ni menos, que uno de los mejores actores de su generación, Kevin Spacey. El actor Anthony Trapp le acusó de acoso sexual en 1986, durante una fiesta privada en el apartamento del conocido intérprete. A día de hoy, sabemos que la serie House of Cards ha sido cancelada tras la sexta temporada (ya en rodaje) y que la carrera de Kevin Spacey se ha acabado, como muchos proyectos de The Weinstein Company. Y lo que nos queda por ver… Como he dicho antes, una auténtica caza de brujas que suena a una sistemática persecución de chivos expiatorios que refleja la hipocresía de un ámbito que está bien podrido.

No me malinterpretéis, no justifico las acciones de Spacey ni, mucho menos, las de Weinstein. Pero me parece curioso cómo todo el mundo critica abiertamente el delito de Spacey y, sobre todo, su polémica salida del armario como respuesta, y pocos profundizan en las extrañas circunstancias que rodean los hechos ocurridos en 1986. ¿Qué hacía un chaval de catorce años en una fiesta de hombres de más de veinte años?

Insisto, no pretendo justificar nada. Solo enmarcar que la industria de Hollywood, la fábrica de los sueños, esconde una serie de deplorables comportamientos sistemáticos que sus miembros disimulan en un corporativismo atroz, pues se juegan el futuro profesional.

Lo de los encuentros sexuales disfrazados de castings o el acoso a menores es similar a la corrupción política en nuestro país: se sabía, pero parecía que no hacía daño. Ya en 2012 Elijah Wood, que antes de ser Frodo fue un exitoso actor infantil, denunció el acoso a menores por parte de miembros de la industria. Otro tanto se marcó Corey Fieldman, protagonista de Los Goonies, cuya vida estaba destrozada tras una infancia en la que los abusos fueron la tónica. Sin embargo, se silenciaron sus declaraciones y no ha sido hasta la condena pública del productor que se han recuperado.

Respecto a Weinstein, muchos eran los actores que posaban a su lado en tantas fotos de tantas fiestas. ¿Desconocían que era un abusador? ¿Cooperaban en dicho pacto de silencio? ¿Cuántos aceptaron sus proposiciones indecentes a cambio de un futuro en alguna de sus superproducciones? No sabemos hasta dónde van a llegar las declaraciones de nuevos sujetos acerca de los acosos o de los silencios culpables, pero, como es habitual, parece que Hollywood busca una solución rápida mediante la ejecución pública de unas cuantas cabezas de turco.

¿Acaso Weinstein es el único productor que ha actuado de forma poco honorable con sus empleados? Estamos hablando del Hollywood que amparó el maltrato psicológico de Alfred Hitchcock a Tippi Hedren, la relación de Nicholas Ray -cuarenta y tres años- con Natalie Wood, -dieciséis-, durante el rodaje de Rebelde sin causa, o que Tatum O´ Neal coqueteara con el sexo y las drogas desde los diez años, o que actrices como Kate Winslet o Jodie Foster hayan accedido a trabajar para Polanski, un director que no puede pisar los Estados Unidos por haber abusado de una menor según sentencia judicial. ¿De verdad nos creemos, como dice Emma Thompson, que los últimos casos son solo la punta de un iceberg humano alrededor del que todos han cerrado filas?

Fernando Vílchez

No soy un idealista; no se debe acusar a nadie sin pruebas. Pero resulta cansino observar como Hollywood se cierra en banda cada vez que se pone en tela de juicio su calidad moral. Ojalá este escándalo no solo sirva para finiquitar la carrera de hombres y mujeres que han actuado mal, sirviéndose del desamparo de los débiles, si no para que llegue una Ley con la que se facilite el control en el proceso de elección de cada uno de los nombres que conforman un reparto. Los llamados “niños prodigio” no tienen por qué sufrir tanta desprotección -que se lo digan a Macaulay Culkin-. Tampoco los castings, especialmente de mujeres, deben hacerse en habitaciones privadas de un hotel. Todo aquel que quiera cumplir su sueño en el mundo del celuloide debe estar protegido de todos los Harvey Weinstein que campan a su aire, ayudados por el silencio cómplice de la mayoría.

 

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