Relato: ‘La Tienda de los Pecados’ de Pablo Garrido

 

De Pablo Garrido. Ganador de la XIII edición www.excelencialiteraria.com

 

-Disculpa, ¿a qué hora pasa el autobús? -preguntó la mujer un tanto agobiada.

Un señor, sentado en la parada, sacó el móvil y le informó:

-Aún quedan cinco minutos para la llegada del próximo, señora. Yo también lo espero.

-Muchas gracias. Menos mal que no lo he perdido; mi hijo me mataría… -suspiró mientras se acomodaba al lado del hombre, con voluntad de entablar conversación.

-De haberlo perdido, seguro que su hijo lo comprendería -replicó con tono benevolente.

-Supongo… Es la primera vez que cojo el autobús para ir a la ciudad a verles -. Él la sonrió, pero ella no pareció quedarse satisfecha-. ¿Qué le lleva a usted a la ciudad?

-Bueno, se podría decir que asuntos de trabajo… Le explico: voy a recoger unas tarjetas que encargué para mi tienda. Mire, aquí tengo el original -hurgó en su cartera y sacó una cartulina color canela.

La mujer la cogió, contenta de haber conseguido su objetivo: pegar la hebra, y la observó cuidadosamente. Una inscripción en letras enormes ocupaba la parte central de la cartulina, en la que podía leerse: La Tienda de los Pecados. Confundida, alzó la vista para mirar al hombre a los ojos.

-¿La Tienda de los Pecados…?

-Un nombre original, ¿no es cierto? -contestó, animado al poder dar a conocer su negocio-. Si le soy sincero, el nombre no se me ocurrió a mí sino a algunos de mis clientes, que por lo visto son más francos que yo. De esta manera, cada vez que entra algún comprador, es fácil oirle decir: <<¡Bien!… Estoy dispuesto a pecar>> o <<Total, un pecadillo no hace mal a nadie>>.

-Pero, ¿qué artículos vende usted? -preguntó, muy intrigada.

-Bueno, se supone que pecados. Pecados de todos los tipos -exclamó con una sonrisa maliciosa.

-Me deja sin palabras, y mire que eso no es fácil. Pero, acláreme, ¿qué clase de pecados?

-Pecados rellenos de crema, cubiertos de nata, bañados en chocolate… Cualquiera que acreciente el placer en el paladar de mis clientes. Trasformo las flaquezas y debilidades en deliciosos sabores en los que todos acaban cayendo.

-Continúe, por favor -le pidió, muy divertida.

-Bueno, es muy importante saber venderlos, pues hoy en día la gente tiene una conciencia bastante estricta y no siempre es fácil convencer del beneficio que supone entregarse a uno de mis pecados, al menos, una vez al día -movía las manos como si estuviese dirigiendo una orquesta-. Después de lo que le he dicho, ¿qué le parece el nombre de mi tienda?

-Peculiar, desde luego. Una tienda de pecados…-la mujer se frotó la nariz, aún perpleja-. Opino que, por desgracia, hoy se peca más que nunca, pero de ahí a abrir una tienda con ese nombre…

-¿Hoy, dice? Mi oficio de pastelero lleva miles de años tentando a la humanidad. Pero yo he sido el primero que ha tenido la franqueza de reconocerlo, al poner ese nombre a mi negocio.

-Pues nunca había escuchado hablar de su tienda.

-¿Cómo?… Eso sí que se puede considerar un pecado mortal, capital y definitivo.

-Por favor, conténgase. ¿A que viene ese ataque a mi buen nombre?

-Señora, que no haya visitado mi pastelería no tiene perdón de Dios.

La mujer se incorporó y se cruzó de brazos.

-Que sepa que por culpa de gente como usted, nos es mucho más difícil a las personas como yo ser capaces de llevar una vida moderada bajo un estricto régimen que, por supuesto, excluye todo tipo de… ¿cómo dice usted? -entonó la pregunta con tono cínico mientras enarcaba las cejas-. Ah sí… ¡pecados!

-Si supiese lo que opino acerca de las dietas. Someterse a una sí que es pecar.

-Pues no he terminado -le advirtió, tajante, su interlocutora-. Por supuesto que me gustan los pasteles, igual que me gusta el tabaco, pero no por ello debemos caer en el vicio. De hecho, pensándolo bien, ha acertado poniendo ese nombre a su tienda, porque la culpa es nuestra y solo nuestra, no de esos malditos pasteleros como usted, que cocinan tan sabrosos pasteles -el tono de su voz, que había empezado enérgicamente, se fue apagando poco a poco hasta acabar en un suspiro.

-Cómo se ha puesto en un momento señora… Le aseguro que no era mi intención. Pero, ¿sabe cómo se soluciona este malentendido? Invitándola a unos dulces. Pásese por mi tienda; le recomiendo los Pecaditos de nata. Su nombre no le viene en vano -le guiñó un ojo.

La mujer le dirigió una mirada fulminante. Después relajó el cuerpo.

-Supongo que un dulce no me llevará al infierno -declaró, encogiéndose de hombros y sonriendo levemente.

Pablo Garrido

—Bien dicho , mujer. Al cielo es a donde le van a llevar, pero no uno solo, ni dos ni tres… Ya sabía yo que al final no iba a poder resistirse a la tentación.

-Menudo diablo está usted hecho.

El sol brillaba con menos fuerza, ridiéndose al frescor de la tarde. De pronto, por el final de la calle asomó el morro de un autobús de línea. Era gris y llevaba el número 153 iluminado sobre su frente.

 

 

 

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