Miquel Mascarell, el Inspector que amaba Barcelona

 

 Por Anabel Sáiz Ripoll.

 

Jordi Sierra i Fabra, en 2008, creó una figura singular, el Inspector Mascarell. Mascarell protagoniza distintos casos en el mejor estilo de la novela negra, aunque con unas diferencias y unos matices que lo hacen especial, más nuestro, más entrañable, más real.

Miquel Mascarell es uno de esos personajes que se trascienden a sí mismos y dejan de ser héroes de papel para convertirse prácticamente en personas de carne y hueso, tal es su humanidad y su calado en los lectores. El inspector Mascarell, en Cuatro días de enero (2008), se nos presenta en enero de 1939 en un momento difícil para España y para Barcelona, en especial, puesto que las tropas franquistas están a punto de entrar y tomar la ciudad condal. Mascarell que es policía de raza y de sólidos principios parece ir a la deriva puesto que, en su comisaría, no queda nadie y él mismo parece casi un fantasma de lo que fue. Superados los 50, a Mascarell le hubiera esperado la jubilación de haber sido otra la historia; en cambio, ahora, le espera un futuro incierto y un presente demoledor. Por un lado, ha perdido a su único hijo, Roger, en la batalla del Ebro y, por el otro, su esposa, Quimeta, una mujer fuerte y tozuda, está muy enferma, casi terminal, aunque ella se obstina en hacer creer lo contrario. En un momento en que el hambre, la miseria, el dolor y las peores cualidades del hombre campan por sus fueros, Miquel Mascarell recibe un insólito encargo, el último de su carrera: buscar a Mercedes, la joven hija de una vieja prostituta. Decide aceptarlo porque no tiene nada más que hacer, pero, sobre todo por dignidad. Durante cuatro días de enero, del 22 al 25, el inspector se recorre, caminando, toda Barcelona detrás de algunas pistas que le llevan a descubrir un oscuro caso de trata de blancas en el que están implicados, cómo no, algunas fortunas catalanas que vuelven a su ciudad porque saben que el fascismo va a vencer y no tendrán que esconderse más. En este devenir conoce a una joven muy hermosa, Patro Quintana, a la que ayuda y salva a partes iguales y con la que sella, como seguiremos viendo, un pacto de amistad y lealtad que superará el tiempo y cualquier barrera. Miquel Mascarell resuelve el caso, aunque no hay nadie para saberlo y decide, con los fascistas a la puerta de Barcelona, regresar con su mujer y pasar con ella el tiempo que le quede, ya que, además, una casualidad ha hecho que consiga algo de comida y eso no debe desperdiciarse. El presente es mucho más importante que lo que haya de venir.

En julio de 1947, ocho años después de la primera aparición de Mascarell, volvemos a encontrarlo en Barcelona, en Siete días de julio (2010). Se ha pasado ese tiempo en el Valle de los Caídos y ha logrado salir de forma misteriosa. Por fin llega a Barcelona y se siente vencido, fuera de lugar, sin propósito en la vida. A sus 63 años tiene que empezar de nuevo. Ha perdido su casa, apenas tiene para vivir, se siente viejo y su pasado como inspector leal a la República lo persigue. Vive en una modesta pensión y, allí, recibe un extraño encargo, que investigue la muerte en extrañas circunstancias de una prostituta. Junto al encargo van 1000 pesetas de las de la época que le permiten comprarse ropa y tratar de respirar. Mascarell, de nuevo, decide aceptar el encargo que lo lleva a las puertas del desastre personal. Sin quererlo es la pieza al hijo de uno de los delincuentes que él llevó a la cárcel le hacía falta para vengarse. En una época en que las fortunas ascienden y que todo vale, Mascarell se siente confuso, pero sigue siendo leal a sí mismo. Acaba descubriendo que algo huele a podrido en las nuevas fortunas catalanas que se han puesto al lado de los vencedores vendiéndose a sí mismos. En este devenir por Barcelona, a taxi y a pie, Mascarell vuelve a sumar dos y dos y a desentrañar la madeja que casi, insistimos, acaba con su propia vida. Coincide con Patro Quintana, que se ha convertido en una joven espléndida que debe vender su cuerpo para vivir y ella le ofrece algo más que lealtad, le da una nueva esperanza.

En una Barcelona gris, teñida por el estraperlo y por la diferencia de clases y el abismo entre pobres y ricos, Mascarell vuelve a darse cuenta de que él sigue en el bando de los otros, los que lo han perdido todo y que, sin saber cómo ni por qué, siguen adelante.

En este segundo libro aparece un personaje entrañable para Sierra i Fabra, su padre Valeriano quien, joven aún, coincide con Mascarell a quien conocía y le cuenta su presente, que va a ser padre, que vende joyas, que trabaja en una seguradora. Mascarell en algún momento piensa, mirando al cielo, que ese mes de julio es buena fecha para que nazca el hijo de Valeriano. Justo termina la novela en el 26 de julio de 1947, fecha en que nació Jordi Sierra i Fabra.

En las novelas el elemento temporal, como vemos, es muy importante y marca el caso que, en ese momento, lleva Mascarell quien, sin duda, es un policía atípico, puesto que ya no lo es, pero, sin embargo, se niega a abandonar ese instinto que lo ata a su profesión, a sus deseos de saber la verdad y a esa especial fuerza que tiene a la hora de investigar. Mascarell es un derrotado, sí, pero con mucha fuerza y muchas herramientas que conserva de su juventud.

En Cinco días de octubre (2011), nos situamos en 1948 en un momento importante para Mascarell. Se ha casado por fin con Patro, ha aceptado que ella le ofrecía algo más que pena y lástima y ha entendido que quizá, que quizá merezca ser feliz en el último tramo de su vida. No obstante, de nuevo el pasado y la oscuridad llaman a su puerta. Benigno Sáez, uno de los industriales más poderosos y temibles, afecto al régimen y un hombre malvado, acude a Mascarell para hacerle un insólito encargo: que encuentre la tumba de su sobrino Pau, quien fue asesinado al poco de empezar la Guerra Civil, a la que él, eufemísticamente, llama alzamiento y está enterrado en algún lugar cercano al Tibidabo. Mascarell sabe que si no acepta el encargo será su fin y que si lo acepta, quizá también. Patro, quien conoce de sobra las perversiones de Sáez, le implora que no lo haga, pero Mascarell, de nuevo, hace caso a su instinto. Poco a poco, en taxi o caminando, va recorriendo los escenarios por los que anduvo Pau y conociendo a las personas que tuvieron algo que ver con él y que le pintan un panorama muy distinto. Para empezar Pau no era un fascista, sino un republicano convencido, contra lo que su tío quiere dar a entender. Por otra parte, no es cierto que Benigno Sáez quiera localizarlo para enterrarlo con su hermana, la madre de Pau, y honrar así su memoria. El motivo es mucho más oscuro y tiene que ver con la fortuna familiar, con unos diamantes que solo Pau sabe dónde están y también, por fin, Mascarell.

Jordi Sierra i Fabra, en este episodio, aprovecha para introducir unos personajes decisivos en la España de posguerra, los maquis. Aquellas personas que siguieron luchando por la República en condiciones muy duras, pero sin perder la esperanza. Uno de estos maquis es el hijo de Teresa, la que fue criada de la madre de Pau y, por ahí, Mascarell, va devanando el ovillo.

Encuentra, gracias a un camarada del asesino de Pau, quien está ahora encarcelado y medio ido, el emplazamiento de la tumba y el lugar donde están los famosos diamantes: Pau se los tragó. Benigno y su sicario muestran toda la violencia de la que son capaces y, contrarreloj, se resuelve el caso de la mejor manera, aunque con sufrimiento y angustia.

De nuevo Barcelona es protagonista del episodio, una Barcelona desigual, acorralada y gris que lucha por salir adelante, mientras que Mascarell, ya mayor, ya cansado, la patea de arriba abajo en busca de respuestas que, tarde o temprano, acuden. Hay un tema muy importante también como es el de la comida, la necesidad de comer en una España de posguerra desposeída de todo y como, el dinero, como hoy, logra milagros.

La búsqueda de una tumba olvidada hace que en Mascarell se levante el deseo de ir a ver otra tumba, la de su hijo, de la cual conoce su localización gracias a uno de sus camaradas quien, en el primer episodio, le llevó las coordenadas exactas. De alguna manera, va restañando sus heridas.

Miquel y Patro, en esta ocasión, han estado a punto de perder sus vidas en aras de la violencia de un loco, aunque, por fortuna no era el momento aún. Patro sigue siendo joven, hermosa, positiva; una mujer cálida y afectuosa que logra, poco a poco, que Quimeta vaya desapareciendo de la mente de Mascarell quien ya en el siguiente título no conversa con su difunta mujer. Nos referimos a Dos días de mayo (2013). En esta ocasión nos situamos en 1949, en vísperas de la visita de Franco a Barcelona. Patro está de viaje familiar y Mascarell, aunque solo faltan dos días para que regrese, la echa mucho de menos.

Mateo Galvany, el que había sido jefe de Mascarell, a quien conocimos en el segundo título de la serie, ha muerto atropellado en extrañas circunstancias. Su hija, María, acude al inspector que, aunque ya no lo sea, depurado y mayor, con 65 años, no puede evitar hacer caso a su instinto que, como siempre, le marca la pista. Comienza a investigar un caso muy embrollado, que lo lleva a relacionar a distintas personas, en principio, muy dispares. Acaba, incluso, una noche en la cárcel y con otro diálogo con el comisario Amador quien sigue siendo igual de ruin que en el segundo episodio y amenaza de nuevo a Mascarell. Poco a poco, con el tiempo en contra, se da cuenta nuestro protagonista que lo que buscaban Mateo y sus amigos era atentar, ni más ni menos, que contra Francisco Franco, aunque se complicó todo con algunos soplos a la policía que provocaron muertes y detenciones y más dolor. Mascarell asiste, en primera persona, al desenlace del caso que se frustró, aunque manifiesta el estado de ánimo de muchas personas que  nunca se sintieron a gusto bajo la Dictadura.

Sierra i Fabra dibuja muy bien la época, recrea los ambientes con minuciosidad de un cirujano y hace que, a través de la mirada lúcida, irónica y afilada de Mascarell, nos sumerjamos en unos años complicados en que lo importante era sobrevivir. En esta ocasión se pasea por los bajos fondos, coincide con antiguos ladrones a los que una vez tuvo que detener, pero también se muestra que fue siempre un hombre íntegro que inspiró el respeto en todos.  Esta aventura maneja muy bien el tempo lento puesto que nos describe con absoluto rigor, casi hora a hora, esos dos  días angustiosos de mayo, el 30 y el 31 de 1949.

Seis días de diciembre (2014) es el siguiente caso de nuestro hombre. Se inicia la trama en invierno de 1949, muy cerca de la Navidad,  el 4 de diciembre. Encontramos a Miquel y a Patro viviendo discretamente, con el dinero logrado en una de las peripecias y preguntándose si es posible que sean padres. La paz se rompe con la irrupción de un viejo conocido del inspector, al que apodaban Lenin, un delincuente simpático y hablador, que ha robado una cartera y, sin querer, se ha metido en un gran lío. El dueño de la cartera ha sido asesinado y Lenir teme que él corra la misma suerte. Casi sin quererlo, Mascarell se encuentra investigando de nuevo por las calles de Barcelona, mientras su casa se llena con la mujer de Lenin, Mar y con sus dos hijos pequeños, Maribel y Pablo, que vienen a romper la paz del matrimonio y a llenar esos seis días de ruidos infantiles.

En esta ocasión, Sierra i Fabra aborda el tema de los Monuments Men, la organización que, tras la guerra, se dedicaba a buscar y a recuperar las obras de arte expoliadas por los nazis. La cartera robada contenía, ni más ni menos, uno de los álbumes del propio Hitler en donde aparecían, como si fueran cromos, las reproducciones de algunos de los cuadros robados. El dueño de la carteta era un inglés que estaba tras la pista de un nazi afincado en Barcelona y que resulta ser asesinado, aunque, oficialmente, se diga que se suicidó. Su novia, una inglesa pelirroja muy capaz e independiente, acude a Barcelona a hacerse cargo y traba con Mascarell una relación de ayuda mutua que se salda con la muerte del temible comisario Amador, quien, cómo no, estaba detrás de esta mafia.

Mascarell se pregunta qué hace a su edad, por qué no lo deja, por qué no se dedica a estar con Patro, pero algo más fuerte que él mismo le hace retomar su trabajo de inspector, aunque se juegue la vida más de una vez.

Sierra i Fabra es muy hábil con los diálogos, permite que los personajes se desenvuelvan ante los ojos del lector y nos acerca, de nuevo, a una época y a una ciudad que, poco a poco, en apariencia, van saliendo adelante.

Mascarell es un hombre de un extraño humor negro, que emplea para salir adelante, un hombre noble y, en apariencia huñaro, pero que lucha por sobrevivir y por proteger aquello que más quiere, Patro, su segunda oportunidad.

En abril de 1950, en Nueve días de abril (2015), un policía detiene a Mascarell prque su nombre aparece en la agenda de un joven periodista, hijo de un amigo suyo también periodista y fusilado en la guerra. A este chico le acusan de haber asesinado a un diplomático español. Mascarell comienza un nuevo caso.  Son los días en que España quiere ser reconocida a nivel internacional, sobre todo por Estados Unidos. Miquel descubre que en la embajada española en Washington se cuece mucho más de lo que uno pudiera imaginarse y que la información aparentemente secreta no lo es tanto. Los rusos entran en acción porque las bases norteamericanas, que ya se intuyen en el horizonte, amenazan con desestabilizar la política mundial. En este caso conocemos, de cerca, la figura del espía, de una mujer en concreto. En este caso, el comisario, además de preguntar, de caminar, de ir en taxi, de atar cabos, está al punto de perder su propia vida. Varios son los capítulos que Sierra i Fabra dedica al momento en que Mascarell está retenido por los espías y a cómo, de manera inesperada, la situación da un quiebro y se soluciona.

El séptimo caso del inspector Mascarell se titula Tres días de agosto (2016) y nos lleva a la Barcelona de 1950, en un mes de agosto excepcionalmente caluroso. Patro y Miquel se disponen a pasar un día en la playa cuando, de repente, todo se pone patas arriba. Patro desaparece, secuestrada, y el antiguo inspector republicano de se ve inmerso en la peripecia más personal de todas las que, hasta la fecha, ha protagonizado. Antes de la Guerra no pudo resolver el caso de un soldado fallecido en extrañas circunstancias porque se puso enfermo y ahora el pasado sale a recibirlo. Ha de volver al año 1938, a los días en que Barcelona fue bombardeada sin piedad. La bomba que hizo saltarla esquina de la Gran Vía con la calle Balmes es el punto de partida de esta historia dramática y singular como ninguna. Mascarell ha de olvidar que está en juego la vida de Patro de centrarse en averiguar qué pasó en realidad. Un grupo de jóvenes idealistas fueron sacudidos por la Guerra Civil y sus vidas hechas añicos. Descubre que el joven al que acusaron de la muerte de ese soldado era inocente y va mucho más lejos hasta entender las miserias humanas, los miedos que ocasionó el llamado alzamiento. En el centro se destaca el nombre de una mujer, Herminia, quien será la clave de todo. Finalmente se resuelve bien, pero quedan las aristas en el alma y los miedos y la necesidad de olvidar. También en esta caso, Mascarell descubre algo que le va a cambiar la vida y que le hace sentirse, a partes viejo, a partes esperanzado, va a ser padre.

En Ocho días de marzo (2017), Mascarell y Patro están a punto de ser padres. Barcelona, en esos días,  marzo del 1951, vive un momento muy duro porque se ha subido el precio del tranvía y eso provoca enfrentamientos, huelgas, violencia y represión.

Es con ese escenario de fondo, cuando un antiguo subordinado de Mascarell, Humet, regresa del infierno y le cuenta como él y cuatro policías más tuvieron que irse al exilio. Le habla del tormento de Argelès, de la Línea Maginot y del horror de Mauthausen. Es en momentos duros cuando se descubre el valor de las personas y Humet sabe, de primera mano, que no siempre es posible. Dos de sus amigos mueren duramente y el tercero, enloquecido y mirando por su vida, es quien provoca todavía más dolor. Humet ha llegado a Barcelona con el objetivo de matar a este hombre, a Piñol porque siente necesidad de hacer justicia. No obstante, Humet y su prima mueren asesinados y eso hace que Mascarell se vea con la necesidad moral de investigar, aunque lo que descubre no le hace muy feliz, pero, por un imperativo moral, debe hacerlo. La novela se desarrolla en la última semana del embarazo de Patro y acaba cuando esta da a luz a una niña, a la que llamarán Raquel, en memoria de su difunta hermana.

Diez días de junio (2018) es, hasta la fecha, el último caso de Mascarell. Sucede en la verbena de San Juan de 1951 y sitúa a Mascarell, de nuevo, ante el pasado, ante un antiguo pederasta que sigue vive y traficando con niños. Mascarell, acusado de homicidio, ha de esconderse y vivir lejos de su mujer y de su hija. Gracias a David Fortuny, un viejo colaborador suyo, va a poder mantenerse a salvo, aunque el precio pagado sea alto.

Miquel Mascarell es un hombre ya mayor, que ha vivido los horrores de la Guerra Civil en propias carnes y quien, por un azar del destino, tiene una nueva oportunidad en la vida y decide aprovecharla, aunque, como policía que fue, no puede evitar conservar su instinto y su vocación de servicio a la sociedad.

La serie de Mascarell no sitúa frente a una Barcelona en plena posguerra y nos permite recuperar la memoria. Testigo de esa época, Mascarell vive los episodios y los momentos clave y conoce a distintas figuras de relieve en esos momentos, sean los maquis, los espías o los supervivientes de los campos de exterminio. Es un friso admirable de esa época que tiene la habilidad de salir del libro y humanizarse porque Mascarell es un personaje cercano. Hombre de carácter, con un sentido de humor diferente y una especial manera de ver la vida, sigue adelante por instinto y con voluntad de sobrevivirse a sí mismo.

Sierra i Fabra se ha documentado de manera exhaustiva para escribir esta serie porque, por sus páginas, desfilan datos, hechos exactos. Así, las sesiones de cine, a las que el propio autor es muy aficionado, como Mascarell y Patro;  noticias periodísticas como las de “La Vanguardia”, nombres de calles o descripciones llenas de detalles que nos acercan a esos años en los que Miquel Mascarell trataba de seguir viviendo al lado de Patro, su última oportunidad. Queremos hacer notar, por ejemplo, los diálogos que son realistas, directos y que permiten conocer bien a los personajes. Destacan las conversaciones con los taxistas porque Mascarell, poco a poco, por su edad, camina menos y va más en taxi y allí, en ese interior, también aparecen elementos importantes para conocer Barcelona.

Los casos de Mascarell, sin duda, son de una potencia excepcional porque el protagonista es un ser real, humano, casi un antihéroe que, a veces se nos hace entrañable, otras enérgico, pero siempre humano. Sierra i Fabra, de alguna manera, se da a sí mismo en sus páginas.

 

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