CRÍTICA del musical ‘Piaf, voz y delirio’

La aparición del musical Piaf voz y delirio, un texto original de Leonardo Padrón, demuestra  que la figura de Edith Piaf (1915-1963) sigue inspirando hoy nuevos espectáculos que intentan devolver a los escenarios el recuerdo de este mito universal de la canción francesa.

Esta producción enteramente venezolana trae Caracas a Madrid para trasladarnos al París de mediados del siglo XX. Mariaca Semprún protagoniza este paseo por los éxitos de Piaf a través de un monólogo intercalado de temas musicales que coloca cada conocida canción de La Môme según un sentido que enlaza con la vida de la misma.

El espectáculo conecta mejor con aquel que conoce, al menos a grandes rasgos, algunos datos de la biografía del gorrión de París. Edith Piaf, una de las más célebres voces francesas del siglo XX, murió de un cáncer hepático con tan solo 47 años. Su vida estuvo marcada por la tragedia de las muertes de los que la rodeaban (su hija de dos años y varios de sus amantes). Empezó cantando en las calles parisinas hasta que Louis Leplée la fichó para su cabaret. Desde entonces su carrera se disparó al mismo tiempo que sus adicciones, amoríos, excesos  y enfermedades. Incluso llegaron a tomarla como sospechosa de asesinato del propio Leplée  y también la acusaron de colaboracionismo nazi.  Piaf, voz y delirio pone especial acento en remarcar todos estos aspectos melodramáticos que condicionaron la vida de la artista.

La función respeta el francés original de todos los temas musicales. Solamente en la mítica ‘La vie en rose se interpreta un fragmento en inglés y otro en español para expresar, de una manera sintética y directa, el éxito internacional que alcanzó la cantante con esa inmortal composición propia. En el resultado conseguido por Semprún, que no sabía una palabra de francés antes de meterse en la piel de este personaje, se aprecia valentía, tenacidad y dedicación.

Mariaca Semprún

Y es que Semprún carga con el peso de todo el espectáculo, un desafío enormemente exigente que la mantiene casi dos horas en escena desarrollando un repertorio de gran dificultad.  Digno de mención es el trabajo corporal de la polifacética artista (actriz, cantante, modelo…) la cual sabe trasladar el respeto y compromiso con el que se ha aproximado a la leyenda musical francesa. Suya fue la idea, casi kamikaze en origen, de crear un proyecto que le permitiera devolver el espíritu de Piaf y sus éxitos a los escenarios. Hay que decir que la caraqueña de treinta y siete años supera el reto vocal y se mantiene solo correcta en los fragmentos que requieren de voz hablada. Cierto es que ante el público español corre en su contra la mezcla de acento venezolano propio de la actriz con el acento francés que imita para encarnar a Piaf. En cualquier caso el cortocircuito que supone la cuestión idiomática se debe pasar por alto para entrar en la dinámica de la representación.

El sobrio y modesto montaje que acompaña a Semprún divide el espacio escénico en dos aprovechando la profundidad. La banda en directo de de siete músicos permanece al fondo semiescondida por un panel en el que se proyectan imágenes en movimiento. Gracias a la incorporación de este recurso audiovisual, cada vez más extendido en producciones de toda índole, las calles de un París en blanco y negro copan el protagonismo de los momentos de transición y ayudan a vestir los cuadros escénicos. En el resto del espacio se suceden los cambios de una escenografía móvil en dos piezas que simula paredes con ventanas y puertas que, en función de la necesidad, sirven para construir diversas estancias: desde las casas de Piaf, hasta camerinos y escenarios de cabarets y teatros. Por su parte, una figuración encargada de mover la escenografía, manualmente y a la vista,  es el interlocutor mudo al que se dirigirá Semprún para dinamizar su discurso.

Algunas elecciones de puesta en escena consiguen ilustrar de forma acertada aspectos concretos de la vida de Piaf sin necesidad de usar palabras. Dos ejemplos: la manera de reflejar los enamoramientos (con la combinación de luz tenue, sonido de latidos de corazón y figuras masculinas entregando ramos de flores) y la forma de representar la profunda depresión que alcanzó el icono francés tras la muerte de su amante el boxeador Marcel Cerdán (a través de una escenografía que no para de girar). Otro acierto es aprovechar la silueta del personaje principal, con el típico vestido negro que caracterizaba a Piaf, recortada de espaldas y a contraluz o sobre telón rojo intenso a la luz del cañón.

Destacan la dirección musical y arreglos de Hildemaro Álvarez así como el trabajo de los demás músicos que interpretan junto a Semprún una completa lista de temas eternos. Canciones cuyos primeros acordes provocan el murmullo de admiración de la platea: ‘Non, je ne regrette rien’, ‘Padam, padam’, ‘La foule’, ‘L’accordioniste’ o ‘Hymne à l’amour’ entre otras.

Ver Piaff, voz y delirio es encontrarse con casi dos horas de musical (de ritmo cambiante) o más bien de concierto hilado por una historia dramatizada. El conocido repertorio atrae a un público con altas expectativas. Al final, los asistentes se despiden del teatro tarareando una colección de melodías que siempre es un placer volver a recuperar.

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Piaff, voz y delirio

En Madrid del 7 de junio al 28 de julio – Teatro Fígaro (Calle del Doctor Cortezo, 5).
Entradas a la venta en El Corte Inglés, Entradas.com, Ticketea, Ticketmaster y taquillas del teatro.

Funciones de miércoles y jueves 20.30

Viernes y sábados 18.00

Domingos 17.00

www.piafelmusical.com

 

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