Relato: ‘Descafeinado’ de María del Rosario Fuster

De María del Rosario Fuster. www.excelencialiteraria.com

 

Todos los presentes habían caído presos del embrujo de la noche, de sus sombras, de sus luces de neón, de las bebidas de mil colores y texturas, de los restos de carmín en las copas, de las conversaciones superficiales y profundas, de la música a alto volumen… Todos menos un hombre y una chica que se besaban en un rincón, con la ternura y la torpeza de los colegiales.

Se habían conocido en la Universidad, entre pupitres, apuntes y tizas. Pero entonces estuvieron lejos de intercambiar sonrisas, culpa de ella, pues prefería la seriedad de quien está comprometida con una causa justa a las carcajadas de una persona intrascendente. Así se lo hizo saber la mañana que lo encontró tomándose un café en la puerta del polideportivo:

-¿Te pagan por beber café y filosofar sobre la vida? -le soltó Sara.

-Ojalá -le contestó Diego con una sonrisa.

Desde ese momento ella se descubrió muy atenta a cuanto le rodeaba: quería ver a Diego de nuevo. No tardó mucho, porque para él tomar café era parte de su rutina; lo hacía mañana y tarde. Por eso Sara se despertó un día decidida a proponerle compartir uno. Él aceptó. Unos minutos bastaron para que naciera una conversación amena, fluida, de esas que crean una burbuja alrededor de dos personas. A partir de entonces se fueron sucediendo los ratos de descafeinado y Coca-cola, de conversaciones largas, risas y alguna que otra confesión. De seguido, el ocio por Madrid: cines, restaurantes, librerías, teatros…

Sara le narraba algo nuevo cada vez que se veían: proyectos en algunas zonas pobres de Asia, cursos para conocer las emociones, anécdotas de sus años trabajando con bebés, todas las veces que se había embarcado en una aventura y los sueños que todavía deseaba cumplir. Sin embargo sus despedidas seguían estando incompletas:  puede que su cultura cinematográfica le obligara a esperar ese beso que no llegaba o un susurro al oído, que zanjara de una vez por todas las dudas que sembraban las formas convencionales que Diego tenía de decirle adiós.

Cuando los meses de espera habían sumado casi un año, y al ver que todo seguía igual, decidió poner un punto y final: dejó de verle. Él intentó proponerle planes nuevos, mostró más interés por ella del que había demostrado en todo ese tiempo. Pero Sara fue cancelando una a una todas las citas. No valía la pena la frustración que le producía sentir tanto amor por él y que él lo dejara en tan poco. Debía superarlo y seguir su vida. El final de aquella historia no tenía por qué significar el fin del mundo. Pero, de pronto, se detuvo a pensar qué había cambiado para que fuera Diego quien mostrara tanto interés por ella.

-¿Qué ha cambiado para que ahora seas tú el que quiera verme? -le preguntó.

-Han cambiado cosas, pero son secretas. Te corresponde descubrirlas -le respondió Diego.

Maldijo para sus adentros aquel acertijo, pero no podía de dejar de tener en cuenta que se había enamorado por cómo era él.

Unas semanas después se citaron. Se encontraron a las ocho, conversaron de todo y de nada, rieron, caminaron y cuando empezaron a cenar, Diego le habló de sus sospechas de que alguna vez hubo alguien más en la vida de Sara, de todo aquello que despertaba en él y de cómo creía que llevaba meses demostrándoselo en cada abrazo.

Una parte de Sara no podía creerse que al fin llegara aquella confesión. La otra ansiaba gritárselo al mundo.

María del Rosario Fuster

Cuando salieron del restaurante, hicieron un amago de acercarse, pero todavía les quedaba hielo por romper.

Diego le propuso terminar la noche tomando algo en un pub. Sara aceptó. Tomaron asiento en un sofá y volvieron a su conversación, que tomó un derrotero diferente. Sara se sentía insegura, dudaba de si debía dar el paso o no. Temerosa, colocó su bolso entre ambos, formando una barrera. Él sonrió y le dijo: <<estás lejos>>.  Cuando ella se le acercó, Diego no lo dudó.

Aquella noche, rodeados de una decena de historias, Diego besó a Sara y detuvieron el tiempo. Dejaron a un lado las doce primaveras de diferencia, los prejuicios de quienes les rodeaban y de la realidad de ser alumna y profesor.

 

 

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