Reseña: ‘Entre dos orillas’ de Anabel Sáiz Ripoll

Entre dos orillas de Anabel Sáiz Ripoll. Algar Joven, 87, 2018. 184 pp., 9.95 €.

Por Teresa Martín Taffarel.

 

Novelar la Historia es la tarea que ha abordado Anabel Saiz Ripoll en esta obra que incursiona en la vida de un personaje histórico y literario: el Inca Garcilaso de la Vega, escritor nacido en 1539 en Cuzco, capital del Imperio Incaico del Perú, y radicado posteriormente en la ciudad andaluza de Montilla, donde muere en 1616.

Para emprender este cometido la autora se ha situado en la visión de una narradora ficticia, la madre Catalina, superiora del convento de Santa Clara en Montilla, quien, como un reflejo del propio Garcilaso, cuenta sus recuerdos de infancia y adolescencia vividos en el mundo que rodeaba al Inca, cumpliendo la promesa que le hizo a Diego, su primo, hijo de Garcilaso: “Él [el Inca] invocaba su memoria -dice Catalina- para tratar de recuperar los años de Cuzco y su estirpe materna, por eso escribía, para ganarle la última batalla al tiempo. Con una finalidad semejante, lo hago yo misma, para que se sepa quién fue Garcilaso de la Vega, el Inca…”.

En efecto, Garcilaso el Inca escribe, desde la ciudad cordobesa donde reside desde 1560, lo que él conoció y lo que sus antepasados le transmitieron. En sus Comentarios Reales declara cuál fue el recurso que eligió para referir la historia del Incario: “me pareció que la mejor traza y el camino más fácil y llano era contar lo que en mis niñeces oí muchas veces a mi madre y a sus hermanos y tíos y a otros sus mayores, acerca del origen y principio de los Incas…”. Del mismo modo, la pequeña Catalina, junto con Diego, oye lo que su tío y señor cuenta sobre su vida en el Cuzco, su viaje a España, su relación con el nuevo entorno y la marginación del mestizo, condición que sin embargo le enorgullece y ostenta como riqueza personal.

La distancia de los acontecimientos narrados, tanto por el Inca como por Catalina, aporta un aire lírico a la escritura, ya que el sentimiento de lejanía da lugar a la nostalgia y a la emoción creadora: “Y como la memoria -escribe Catalina- viene y me enreda el pensamiento y me hace escribir y desandar lo escrito para no perderme en mi propio relato, retomo el hilo, como si cosiera una tela preciosa, pues preciosos son los recuerdos que nos retornan a las mocedades y aquellos que nos hacen recuperar fragmentos de nuestra vida”. A partir de esta mirada, vamos conociendo los hechos de la vida de este mestizo culto y con un gran talento literario, cuya visión de la historia se ve enriquecida poéticamente por los recuerdos de aquella tierra perdida que permanece viva en la memoria y se actualiza en la escritura.

Su personalidad y su obra lo sitúan como el primer autor mestizo, que inaugura la tradición de escritores “entre las dos orillas”, que en el transcurso de los siglos dará frutos extraordinarios en una producción literaria que llega hasta la actualidad. Es el caso del Inca, a quien por una parte se le considera uno de los más destacados escritores de Indias, entre los que dieron a conocer con distintos enfoques el descubrimiento y la conquista del llamado Nuevo Mundo, y por otra parte es figura relevante entre los escritores de los Siglos de Oro.

El Inca Garcilaso de la Vega, nombre que, prescindiendo del original Gómez Suárez de Figueroa, eligió y adoptó, se propuso honrar de este modo su estirpe española y su origen incaico, demostrando en sus escritos la esmerada educación recibida por parte de ambas vertientes.
Al estudio de las letras con maestros españoles se suma la tradición oral que explica la historia y las vivencias de los antepasados incas, oídas por el autor en los recintos del palacio del Cuzco. Con el tiempo y la distancia, ya convertido en gran escritor, el Inca Garcilaso de la Vega cuenta aquellas historias, entretejiendo todo el colorido y la riqueza del lenguaje hablado que resuena en su memoria, con un estilo y una concepción renacentistas.

En la novela de Anabel Saiz, la madre Catalina, consciente de que la memoria y la fatiga de la vejez pueden dificultar la escritura de sus recuerdos, trabaja sin descanso, y nos habla también de sí misma, de su padre, de la vida en la casa de Garcilaso, de su tía Beatriz compañera del Inca, y de Diego, el hijo de ambos… Diego, gran amigo y confidente de Catalina desde la infancia estará siempre a su lado.

Catalina es al mismo tiempo narradora y personaje de la historia. Hallamos en ella reminiscencias de la gran poeta mexicana, sor Juana Inés de la Cruz, a quien la vida conventual le permitió dedicarse a las letras y al estudio, cosa que no hubiera podido hacer en la vida mundana marcada por las costumbres de una sociedad sumamente estricta en cuanto al papel de las mujeres. Del mismo modo que sor Juana, Catalina, niña curiosa e interesada por todo y mujer que defiende su independencia y cumple con su vocación de saber, elige el camino del retiro: “Y si entré en religión fue porque para mí era la única opción de ser mujer y no depender de nadie”.

La narración de esta novela fluye en un estilo ágil y natural, que nos ofrece una lectura placentera y nos invita a acercarnos a la figura del Inca Garcilaso de la Vega, autor tan poco conocido y, sin embargo, tan importante y digno de ser difundido y valorado, cuya obra ilumina aspectos significativos de la historia hispánica y del ambiente literario de aquel tiempo, ya que fue contemporáneo de grandes autores de la época de oro, como Góngora, Cervantes o Lope de Vega, entre otros.

La historia se mueve en el terreno de la ficción y la realidad, y se percibe en la escritura el gran trabajo de documentación e investigación realizado por la autora, dando a los datos históricos un sentido literario que acrecienta nuestro interés por el personaje del Inca y de su circunstancia.
Otro de los aciertos de esta novela es su atractivo para los lectores de edades diversas, tanto jóvenes, a quienes les atraen las aventuras de la historia, como para los que se interesan por la historia de la América Hispánica, disfrutan con las referencias poéticas y literarias, y valoran la calidad de un texto lleno de sugestión en sus mensajes humanos y estéticos.

Anabel Saiz ha sabido captar con su sensibilidad, su amplia cultura y su profunda formación literaria, el sentido de pertenencia a una cultura que se enriquece en el hermanamiento de estos dos mundos, cada uno con una tradición propia y, al mismo tiempo, con la capacidad de superar distancias oceánicas que parecen alejar las dos orillas y que sin embargo se convierten en un enorme puente que las une, aquilatando gran parte de una historia y de una lengua común, en constante reconocimiento y evolución.

 

 

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