Relato: ‘Nocturno Nº 2’ de Emilia Carrasco Aguilar

Nocturno Nº 2 de Emilia Carrasco Aguilar. Ganadora de la VIII edición www.excelencialiteraria.com

Angélica abre los ojos. Se encuentra dentro del tren con destino a Navarra, pero su mente divaga por otro lugar, en otra época. No esperaba escuchar a Chopin en aquel momento: un nocturno, una polonesa que le sigue… promete ser una tarde entretenida. La musicalidad de las piezas la traslada a una lejana tarde de julio. Hacía calor para ser Polonia. El parque era maravilloso: los árboles y flores brillaban con colores que parecían de otro mundo, y las aguas cristalinas de una fuente lejana fluían en un amable borboteo. Estaba sentada, sola. Había viajado tan lejos exclusivamente para escuchar un piano de cola situado junto a una estatua de Chopin. El inicio del concierto se había retrasado, pero a Angélica no le importaba. Cientos de personas ocupaban el césped, como ella. Aquel fue en ese momento en el que empezó su pasión por la música del Neoclasicismo.

El tren sigue su marcha, impasible frente a los recuerdos de la muchacha. En algún momento del año 1832, Friedrich Chopin terminó de componer algunos de sus nocturnos más famosos. Poco después la gente empezó a admirar la belleza de sus conciertos y a bailar las piezas más rítmicas.

Hubo una noche diferente. El salón relucía en tonos dorados por el reflejo de los candelabros en el mobiliario. El hotel Lambert de París, la ciudad donde ahora vivía, había organizado una fiesta de disfraces cuya temática era la mitología nórdica. Walkirias vestidas con grandes alas blancas y pelucas rubias se paseaban del brazo de soldados cubiertos de pieles y tatuajes.

Las miradas se cruzaban discretamente mientras el Nocturno nº 2 sonaba con toda su melancolía romántica, interpretado por el mismo Chopin, a quien divertía jugar a despertar los sentimientos ocultos de los jóvenes enamorados. Una pequeña sonrisa cruzaba su rostro mientras los dedos acariciaban con maestría y suavidad las teclas del piano.

Cuando se levantó, tenía los brazos cansados de tocar. Cedió el puesto a su nuevo pupilo, Franz, que tenía un talento natural para la música.

.¿Qué le parece, Maestro? -le preguntó una mujer-. Estoy convenida de que algún día todos conocerán y admirarán el nombre de Franz Liszt.

-Eso espero, querida -dijo Chopin sonriendo-. Deberíamos quitarnos el sombrero ante los buenos músicos que quedan en el mundo, porque no crea usted que son muchos.

Dicho lo cual, el maestro se retiró con una reverencia. Necesitaba tomar aire, pues se sentía abrumado rodeado de tantas personas. Se acercó a un ventanal que llegaba del suelo al techo. En sus cristales se reflejaba el bullicio de la fiesta, la llama de las velas, los disfraces de las damas y caballeros que bailaban al son de la música. También se vio a sí mismo.

Angélica se observó en la ventanilla cuando el tren pasó por un túnel. Se fijó en su sonrisa, las ojeras y el libro abierto en su regazo. Sus auriculares siguen reproduciendo la música de Chopin. Todo parece difuminado, tal vez por el polvo que cubre la superficie del cristal.

Las luces de la fiesta y el ruido del tren se desvanecieron tras los cristales. Estaban solos, Chopin y Angélica, el uno frente al otro, mirándose a través de un reflejo que traspasaba las arenas del tiempo. Se entendían, aunque no podían cruzar palabra. ¿Era aquello una alucinación? Solo Dios lo sabía. Parecía como si en un momento, en el espacio, sus almas se compenetraran.


Emilia Carrasco Aguilar

Aquello duró apenas unos minutos. Tras estudiarse el uno al otro con curiosidad, se aclaró el mundo a su alrededor y volvió a ponerse en marcha: el continuo traqueteo del AVE, las conversaciones superfluas en francés…

Angélica cierra los ojos. Chopin los abre. Aquel momento íntimo les pertenecía. Fue una conexión capaz de unir una distancia de doscientos años, y quedó grabada en sus corazones para siempre.

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