Entrevista a José Rodríguez Plocia, autor de ‘Ave, ciudadano’

Esta semana entrevistamos al escritor José Rodríguez Plocia, un gaditano del 54 que acaba de publicar su novela Ave, ciudadano. Su sucinta biografía nos cuenta como formado en el mundo de la imagen, el guion le empujó al de la narrativa, donde entró sin llamar.

También sin pedir permiso, ni consejo ni recomendación, se presentó al XX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones; para su sorpresa, no sólo aceptaron la novela, sino que el jurado, no menos sorprendido, creyó conveniente darle una Mención especial. Y si hablamos de sorpresa es porque Ave, ciudadano, que así se titula la obra, es una novela histórica a la par que humorística, documentada y disparatada («yo intento escribir en serio, pero cuando empiezo…», bromea el autor), poco acorde con el espíritu del galardón.

La historia comienza el año 1980 cuando, en unas excavaciones destinadas a localizar la Torre del Homenaje del Castillo de la Villa, apareció el Teatro Romano de Gades. En la galería alta de este, el protagonista del relato, trabajador de la contrata que desmantela el solar de una antigua industria, tropieza, en una oquedad, con un cofre que contiene el rollo que escribiera, hacia el tercer tercio del siglo I a.n.e., el histriónico gaditano Caio Máximo Dramático…

P. He leído que empezó a escribir Ave, ciudadano cuando se jubiló. ¿Fue una consecuencia directa del cambio de estado?

R. Sin duda. En Cádiz somos muchos los que hemos pasado del estado de bienestar al estado de estar mejor. El día sigue teniendo veinticuatro horas y hay películas, libros, por ver y por leer, lo de los viajes no lo pongo porque son muy caros, y tiempos para escribir si, como es mi caso, te lo pasas bien así.

P. La novela es una de romanos… gaditanos. ¿El humor era un factor insoslayable?

R. No habría sido un factor ineludible de haberla escrito otro. De hecho, dos Balbos gaditanos, Balbo el mayor y Balbo el menor, llegaron, uno a cónsul, siendo el primer no itálico que llegó a ese honor, y el otro, siendo procónsul de África, fue el primer general no itálico al que se le otorgó un triunfo en Roma. Quiero decir, personalidades que empujan a una escritura más grave… Puede que tenga registros para llevar a otras emociones, al llanto quizás, pero me pongo a escribir y lo que me sale es una tontería detrás de otra, o una genialidad detrás de otra, no voy a minusvalorar el humor, me lo paso bien y no me cuesta esfuerzo. Además, ya no pueden demandarme por las barbaridades que digo de ellos.   

P. Hay algo de novela picaresca, ¿no?

R. En la medida en que implícitamente nos está llevando a un contraste de valores y que el personaje es un antihéroe, un fracasado que baja por una escalera de miseria que nunca tienen un último escalón, sí. Hay determinismo y hay realismo. Hay desvergüenza y hay ironía.

P. Y es también una novela histórica (no sé si decir “histérica”… ). Imagino que hay detrás una tarea de documentación importante, ¿verdad?

R. Exhaustiva. Bah, no tanto, pero sí que me metí en la época y durante un tiempo tuve cuidado de expresar las horas, los días, los meses como en el siglo I a.n.e. También hacía ejercicios de introspección: me iba al teatro romano y me tiraba largos ratos sintiendo las representaciones, que debieron ser muchas más en el Impero que en la República, en que fue construido. Hasta el detalle de las tetillas de cerda, una exquisitez que cito en algún momento está documentado. Nunca me dio por ponerme una toga, pero no me hubiese importado… 

P. No estoy segura de que nuestro pasado romano haya sido (Posteguillo aparte) muy visitado por los novelistas españoles. ¿Salda una deuda?

R. Qué va. Ya voy detrás del Sacerdote de Cádiz, una estatuilla fenicia, en parte de oro. Está en el Museo Arqueológico Nacional. El del Museo de Cádiz es una copia. Pero tengo localizado dónde exactamente lo hallaron, cimentando el edificio de Telefónica, y coincide con mi idea de aquel Gades y del lugar al que Varrón, legado de Pompeyo por aquel entonces, trasladó el tesoro del Templo de Hércules cuando César invade Hispania Ulterior… A ver si la deuda la salda Roma conmigo.

P. Para muchos españoles, Cádiz equivale a humor, a carnaval. ¿Es justo? ¿Es una bendición o una maldición?

R. Bueno, la guasa, en contraposición a la malaje, está presente siempre, no es el hecho de ser gracioso, sino saber reírse. Puede que se vea así. No sé los demás gaditanos, pero yo soy una contradicción, veo al carnaval por igual como bendición y maldición, en cambio hay algo, se le puede poner un nombre ficticio, febrero, por decir, hay algo que empuja la puerta en busca de pasárselo bien, de ser consciente que, de momento, la eternidad no existe y que el aquí, el ahora no se puede dejar pasar.

P. Sigue estando jubilado. ¿Qué toca ahora?

R. Creo que toca el Sacerdote de Cádiz, o un astracán… Ave, Ciudadano estuvo a punto de ser un astracán. Por ahora me quedo a disfrutar esta novela… Sería genial que llegara a tener problemas de conciencia sobre si creo una sociedad interpuesta o no…

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