Entrevista a Ana Alcolea: “Siempre escribo lo que me pide el cuerpo en cada momento”

Ana Alcole
@EnriqueFantova

La escritora Ana Alcolea vuelve a Zaragoza. Bueno, en realidad nunca se ha ido de su ciudad natal, por lo que es más exacto decir que regresa a la Zaragoza de su infancia y su juventud. Con El brindis de Margarita, aspira a comprender mejor a la generación de sus padres, que vivieron durante la posguerra y que no se preguntaron demasiado, tal vez porque sabía que era lo mejor que podían hacer, tal vez porque nadie les enseñó que había otras verdades.

P. Hace tiempo, Sebastián Junyent ganó el Lope de Vega con una obra titulada Hay que deshacer la casa; leyendo El brindis de Margarita he pensado en aquella pieza. Deshacer la casa es siempre una dura prueba, y se me antoja muy literaria.

R. Sin duda es una de las tareas más difíciles que acometemos en la vida. Una tarea de soledades y de ausencias, de reencuentros con los fantasmas, y sobre todo con la suma de todos aquellos que hemos sido… Tal vez por eso ocupe páginas de la historia de la literatura. Deshacer la casa nos hace conocernos un poco más. Como escribir. En el fondo, vaciar una casa es escribirla de nuevo. Es escribir una novela…

P. Margarita está sola: nieta única, hija única, madre de un único hijo. Y sola afronta la tarea. La soledad, ¿es necesaria para recordar?

R. Vivimos rodeados de ruido, un ruido que impregna todo lo que hacemos e incluso todo lo que pensamos. Hace falta buscar momentos de silencio para encontrarse, para reencontrarse, para recordar, sí. Creo que sí. En la tarea de Margarita, la presencia de alguien más habría distraído a su memoria. La presencia y las palabras ajenas habrían funcionado como un velo que hubiera tapado la realidad de la casa, de sus habitantes, de la Margarita que está al otro lado del espejo, y a la que solo puede escuchar y ver en soledad.

El brindis de MargaritaP. Llama la atención la referencia a la exhumación del dictador. Supongo que ese elemento se incorporó a la novela cuando la novela estaba ya en marcha.

R. Empecé a escribir la novela en aquellos días, así que me resulto muy natural que se convirtiera en el marco temporal del presente narrativo de una novela que estaba hablando de cómo una familia vivió, precisamente, aquellos tiempos.

P. “Las paredes oyen”, repiten los protagonistas. Pocos recuerdan el miedo que, incluso en la intimidad del hogar, se vivió durante esos años. ¿Es necesario recordarlo?

R. Es necesario no olvidar lo que se vivió no hace mucho. Las paredes oían en España, y en la Alemania Oriental, y en la Unión Soviética, y siguen oyendo en muchos lugares. Yo vi la cara del miedo en el rostro de mi madre muchas veces. Y en el de mi padre. No se podía hablar de muchas cosas. Tenían cuidado de que los niños no oyéramos cosas que luego podíamos contar. Ahora hablamos sin pudor a través de artilugios electrónicos a los que contamos nuestros más íntimos secretos sin ser conscientes de que lo hacemos. Dejamos pistas de nuestros movimientos sin miedo porque no tenemos consciencia de que todo puede ser utilizado en nuestra contra. Entonces había miedo porque sí que sabíamos que los soportes de comunicación oían, aunque fueran menos sofisticados que ahora y se llamaran “paredes”.

P. Las amigas (o no tanto) de Margarita son una suerte de catalizadoras, en las conversaciones con ellas conocemos más a la protagonista. Reflejan muy bien esas amistades de juventud, que mantenemos sin saber muy bien la razón…

R. Como en El Quijote, hace falta un interlocutor para que el personaje se muestre dentro de las circunstancias, y el texto no se convierta en un monólogo plano y discursivo. No me interesa solo el punto de vista consciente de Margarita. Me interesa también cómo se comporta con los demás, cómo lo siente y cómo lo hace. Lo que piensa y sobre todo lo que no dice. Nos comportamos de manera diferente en cada situación, y Margarita tiene un rol diferente con ellas. Y a través de sus amigas conocemos también distintas circunstancias que diferentes mujeres de mi generación vivieron en aquellos años en los que fuimos adolescentes y nos creíamos que estábamos haciendo la revolución porque de vez en cuando fumábamos un cigarrillo mentolado.

P. También es revelador el papel de la vecina. ¿Tuviste alguna vecina así?

R. No, en absoluto. Mis vecinas eran adorables en todos los sentidos. Pero mi padre sí tuvo unos vecinos así durante la guerra y en la posguerra. Él no solo era delator sino voluntario para fusilar. Eran los únicos que tenían teléfono en el vecindario y el timbre se oía al amanecer cuando lo llamaban para ir al cementerio a fusilar. La esposa, esos días, le decía a mi abuela que su marido había tenido el mejor de los desayunos. Marisela es un ángel si la comparamos con aquella mujer a la que, afortunadamente, no conocí. Recordar su rostro me revolvería las tripas.

P. Se habla mucho de “autoficción”, incluso del abuso de la autoficción. ¿Encajarías tu novela en ese subgénero?

R. No me gusta encajar la literatura en géneros, mucho menos en subgéneros. En esa novela hay mucho de mí, pero no soy Margarita, ni sus amigas son las mías ni tuve nunca un novio del Partido Comunista ni nada parecido. Sí que recorre aspectos de mi vida, ficcionados y recreados porque estamos hablando de una novela. La “autoficción” también es ficción, porque en cuanto ponemos un pensamiento, un recuerdo, un hecho, en palabras ya estamos ficcionando. Y me parece que Manuel Vilas o Karl Ove Knausgård hacen grandes novelas.

P. ¿Por qué esta novela ahora?

R. Siempre escribo lo que me pide el cuerpo en cada momento. Y ahora me pedía escribir una novela con la que intentar comprender mejor a la generación de mis padres, que vivieron durante la posguerra y que no se preguntaron demasiado, tal vez porque sabía que era lo mejor que podían hacer, tal vez porque nadie les enseñó que había otras verdades. Yo también he estado vaciando la casa familiar en los últimos tiempos y necesitaba respuestas a muchas cosas. También a mí misma y a mis relaciones con mi propia madre.

P. La Zaragoza que nos muestras, ¿es la Zaragoza que recuerdas, es la tuya?

R. Es mi Zaragoza, la recordada, la mía. Son mis colegios, mi barrio, la Universidad Laboral en la que estudié, los parques… Es la Zaragoza personal, por tanto, la universal, porque lo que compete a una persona, compete a todas.

P. He googleado “Torrero”, tu barrio, el barrio de Margarita. Hay o había una cárcel, y el cementerio de Zaragoza está también ahí. Pero no aparecen en tu novela.

R. No. No aparecen. No he escrito una crónica del barrio. Se habla de la cárcel en general como lugar donde pasaban años de sus vidas los homosexuales y las adúlteras, por ejemplo. Pero no en concreto de la cárcel que hubo en el barrio y de la que solo queda un módulo para el tercer grado. Y el cementerio tampoco. Este libro no es la crónica de un lugar en concreto, sino una novela sobre mujeres en la Transición. Mujeres que no pretendían ser heroicas, sino sobrevivir. Mujeres que no ponían nada en tela de juicio si así lo mandaba la Iglesia o el Estado, y que de repente se dieron cuenta de que habían vivido una vida fallida, basada en unos cimientos tejidos de mentiras, de hipocresía… Mujeres que ven que sus hijas van a vivir un mundo muy diferente al suyo, y que les cuesta aceptar porque todos queremos conservar la mejor versión posible de nuestra vida. Y sí, Torrero es mi barrio. En él nací y en él he vuelto a vivir después de años viviendo en otras ciudades.

P. ¿Qué le dirías a quienes te tienen catalogada como autora de infantil y juvenil y se enteran, leyéndote en TopCultura, de la llegada a librerías de esta novela para adultos?

R. Les diría que la literatura no tiene edad. Que cuando escribo, me pongo en la piel de los personajes, del narrador, me meto en la situación, y así me convierto en ellos y ocupo su espacio. El registro sale solo. Esta es mi tercera novela “para adultos”. Es una novela nada complaciente con nadie, ni siquiera con su narradora. No es una novela amable. Mis novelas “para jóvenes” tampoco son complacientes, ni con las modas ni con los temas de actualidad. Lo mismo que al té, no le pongo azúcar a mis palabras.

 

 

 

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