‘Los niños del muelle’ de Mónica Rodríguez

Los niños del muelle
Los niños del muelle

Los niños del muelle de Mónica Rodríguez. Editorial Edelvives, 2020. 130 x 215 mm-, 200 pp-, 10,21 €, (+ 12 años)

Por José R. Cortés Criado.

 

El grueso de la obra es la vida de los “raqueros”, esos niños desamparados, que vivían en el muelle de Santander y sobrevivían con pequeños hurtos y, sobre todo, recogiendo las monedas que los marineros o paseantes les arrojaban al mar.

La novela tiene un salto en el tiempo. Comienza en el siglo XXI en Santander, con la llegada de una familia madrileña formada por tres miembros: un padre que se dedica a la creación de páginas web, una madre que es abogada y un niño de doce años que es un caprichoso muy consentido. Este  tropieza, cae al mar y al salir, no vio a sus padres. Estaba en el año 1906.

Desde ese momento, todo su afán fue volver a su época, localizar a sus padres, buscar su protección y cobijo, alejarse de aquel mal olor, de aquellos golfos que se metían con él, de ver a gente tan desalmada que no respeta a los demás ni ayudaba al prójimo…

El chaval termina adaptándose al entorno, se transforma en otro raquero más, los comprende y compadece, no entiende que puedan vivir así y que la sociedad sea tan dura con los necesitados. Cuando siente las injusticias en su persona empieza a cambiar su forma de pensar.

Mónica Rodríguez nos acerca a la sociedad de principios del siglo XX, hace muy buenas descripciones de lugares; cualquiera que haya visitado Santander reconocerá los espacios que nombra pero, sobre todo, retrata muy bien el submundo donde viven estos niños, que no son delincuentes en potencia ni malhechores pequeños, no, no son más que niños abandonados y solos en este mundo, que andan perdidos, desorientados y falto de todo tipo de cariño.

La trama está un buen urdida. El libro se lee de un tirón. Cada capítulo te deja con la intriga de lo que le puede suceder al protagonista en el siguiente y sopesas la madurez del chico y su percepción de la sociedad en la que vive. A todo ello hay que sumar el leguaje empleado. Al léxico propio del mar y la pesca, se añade el habla vulgar de una población analfabeta e inculta, su argot y un vocabulario propio de la zona geográfica en la que se desenvuelven los personajes.

La novela, no pierde su ritmo narratorio y se acelera al final, hasta que llega ese desenlace rápido y abrupto que nos deja con ganas de seguir leyendo para saber más de esos “raqueros”.

 

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