Relato: ‘El parque de los patos’ de Paula Pernas

De Paula Pernas / Ganadora de la IX edición de Excelencia Literaria www.excelencialiteraria.com

 

Hace unos días salí a pasear. El cielo gris de Bilbao dejaba caer goterones de agua que resbalaban por mi chaqueta impermeable y me mojaban el pelo.

No tenía rumbo fijo, me dejaba llevar mientras mi cabeza permanecía en un lugar ajeno a las calles y al ruido de los coches. Acabé sentada en un banco del parque, frente al estanque de los patos. No quedaba ni uno de ellos; habían huido de la lluvia, resguardándose en sus casetas amarillas y azules.

Recordé las tardes de otoño y primavera en las que los niños llenábamos el parque de juegos. Nuestras madres nos daban de merendar bocadillos de chorizo o Nocilla, y después abrían los tapers de fruta.

Nos gustaba fabricar barcas con dos hojas secas, clavando una en vertical sobre la otra en horizontal. Luego la soltábamos por el riachuelo para ver cuál era la más veloz.

Si no nos gustaba el bocadillo o nos cansábamos de comer, el pan terminaba en el agua, rodeado de patos que luchaban por comérselo. Enseguida aparecían los cisnes, que terminaban haciéndose dueños de nuestras meriendas. Los niños nos quedábamos embobados mirando sus cuellos largos, sus picos de color naranja, adornados con una banda negra y sus plumas blancas y brillantes.

Paula Pernas

Pero siempre preferimos a los patos, pues metían la cabeza en el agua y después la sacaban, salpicando nuestras medias grises. Eran más sencillos y divertidos que los señoriales cisnes.

Años más tarde dejamos el estanque y comenzamos a jugar a reyes, prisioneros y damas en apuros en los columpios del parque, que luego cambiamos por las barras de hacer gimnasia, de las que nos colgábamos como los monos. Finalmente llegaron las clases de natación, de judo y otras actividades que apartaron para siempre de aquel lugar.

El cielo se despejó y el sol, oculto hasta entonces, brilló con fuerza. Un pato, animado por la luz, echó a nadar. Le siguieron los otros.

Los últimos rayos tiñeron el cielo de rojo. También coloreó el cuello de los patos, nuestros columpios y nuestras barras de gimnasia, todos mis recuerdos.

Carmen F. Etreros

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