Paula Hawkins ha escrito un thriller trepidante que ha conectado masivamente con el público y la crítica, acumulando también miles de comentarios entusiastas en las redes sociales. Todas las voces han coincidido en resaltar su capacidad de atrapar al lector y mantenerlo pegado al asiento hasta el último suspiro. Con ecos de las intrigas psicológicas filmadas por Alfred Hitchcock para unir crímenes y narradoras no fiables, Hawkins ha compuesto un fascinante puzzle en torno a dos preguntas que llevarán de cabeza al lector: ¿qué fue de Megan, la mujer desparecida?, y ¿pudo Rachel tener algo que ver con su suerte?
La treinteañera Rachel atraviesa una grave crisis personal. Su ex pareja, Tom, ha formado una familia con la mujer por la que le dejó y sus problemas con la bebida la han llevado a perder su trabajo. Sola y deprimida, se ha instalado en la casa de su amiga Cathy, a la que no ha contado que está en el paro. De aquí que cada día coja el tren de las 8:04 que parte de Ashbury con destino a Londres para simular que se dirige a la oficina con plena normalidad. Durante estos trayectos de ida y vuelta tiene ocasión de pasar muy cerca de su antiguo domicilio, donde ahora reside Tom con su nueva pareja y un bebé -ese bebé que ella no pudo darle por culpa de su infertilidad-, al tiempo que de observar fugazmente por la ventana la rutina de un joven matrimonio vecino al que no conoce y sobre cuyas vidas comienza a fantasear, imaginando que forman una pareja perfecta. Un día, sin embargo, observa algo que le rompe los esquemas.
Al cabo de poco tiempo, salta la noticia de que Megan, la mujer, ha desaparecido. Convencida de poseer una pista que puede ayudar a esclarecer su paradero, decide contactar con la policía y el marido, pero sus problemas con la bebida, que la han desestabilizado mentalmente y conducido a protagonizar algún altercado con Tom y su familia, la convierten en un testimonio poco fiable. Decide así emprender una investigación por su cuenta, si bien hay un hecho que la confunde y perturba a partes iguales: la tarde en que se perdió el rastro de Megan, ella se encontraba por el barrio, pero su memoria sufre un bloqueo sobre lo ocurrido durante varias horas, acudiendo a su cabeza sólo unas pocas imágenes borrosas, entre las que se cuentan un paso subterráneo y manchas de sangre en su cabeza y sus manos.
Ninguneada por todos y víctima de un estado anímico y emocional muy frágil, Rachel decide contra toda lógica intentar resolver el caso, metiéndose en un juego peligroso y resistiéndose a creer que ella tuviera nada que ver con un hecho tan terrible pero ¿no tendrá razón todo el mundo al desconfiar de ella?
“La chica del tren tiene su origen en los viajes que realizaba a diario al centro de Londres. Durante algunas partes del trayecto, cómodamente sentada en mi asiento, mi tren pasaba realmente cerca de los hogares de algunas personas. Siempre me gustaba ser capaz de echar una mirada dentro e imaginar cómo eran sus vidas. Un día me distraje pensando qué haría uno en el caso de ser testigo de algo chocante. Si vieras, no sé, un acto de violencia o algo similar. ¿Se lo contarías a alguien? ¿Estarías de verdad facultada para hacer algo al respecto?”, nos comenta Paula Hawkins.
“Me halaga que comparen La chica del tren con Perdida porque es un gran libro, si bien yo lo veo más cerca de las atmósferas de las películas de Alfred Hitchcock. Sin embargo, me imagino que en ambas novelas nos encontramos con mujeres llenas de puntos débiles que quizá no sean lo que aparentan”, nos confiesa Paula Hawkins.
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