¡Quién pudiera volver a la niñez!… Rastros de bocadillo por toda la ropa; el bigote de helado de fresa o chocolate sobre una sonrisa de dientes de leche que se mueven e, incluso, ausentes; tardes en el parque junto a otros niños, sin importar si hay o no lazos de amistad; cuentos para dormir; lloros que se consuelan con besos y abrazos…. ¡Quién pudiera volver a ver el mundo con esos ojos inocentes y alegres, desde los que el mundo es sencillo!
Mi hermano y yo pasábamos las tardes jugando a batallas, entre disparos, victorias y derrotas. Las horas corrían como los segundos. El momento más solemne era el comienzo del juego, cuando nos adjudicábamos los papeles de bueno y malvado. Nos mirábamos tensos; ninguno queríamos ser el malo. Después de una pequeña deliberación, decidíamos que los dos representaríamos el bien. Por eso, resolvíamos la batalla imaginaria quedando como amigos.
A pesar de lo que acabo de narrar no es más que una anécdota infantil, ofrece cierta moraleja frente a la hostilidad del mundo adulto. Hundidos en nuestros problemas, muchas veces ignoramos los de los de los demás, a quienes catalogamos con una rapidez asombrosa.
Y esto origina tantas equivocaciones, tantos errores, tantos juicios precipitados, tantos prejuicios…, pues adjudicamos el papel de malo del juego a personas que, en realidad, son muy buenas.
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