Relato: ‘El olvido’ de Jorge Buenestado

El olvido de Jorge Buenestado. www.excelencialiteraria.com

Los primeros recuerdos que tenía de Sergio sucedían junto al arroyo. Ambos eran niños y jugaban a rebotar las piedras sobre la superficie de una charca, a cazar ranas y a ver quién aguantaba más tiempo bajo el agua sin salir a respirar. Hacían trampas, pero así era como mejor se lo pasaban, hasta que el sol se ponía y tenían que correr a casa para no llegar tarde a la cena.

Las gotas de agua golpeaban los cristales.

En otros recuerdos estaba con Sergio en el bosque, jugando a escondidas con la chiquillería del pueblo. El resto de las caras se le antojaban borrosas, pero la de Sergio la veía con la misma claridad de entonces: el cabello castaño, despeinado, unos mechones más largos que otros que entorpecían la vista de sus ojos verdes, algunas pecas y la redondez de su cara, así como su sempiterna sonrisa.

Un relámpago iluminó la habitación.

Las cicatrices de sus rodillas atestiguaban las caídas en bicicleta cuando iban y regresaban de la ermita del pueblo, siempre a toda prisa, con la noche pisándoles las ruedas.

Una vela casi consumida le alumbraba débilmente.

Recordó los días de escuela, las lecciones y las trastadas. El nombre de uno siempre iba acompañado del otro:

–¡Sergio y David, comportaos! –les advertían.

Juntos acumulaban clases y castigos, que se les hacían más amenos cuando estaban juntos.

Un trueno rompió el silencio.

Pasó la infancia, que dio lugar a una pronta juventud. Dejaron atrás prendas que les quedaron pequeñas, descubrieron nuevos pasatiempos, inquietudes y responsabilidades. Algunos amigos no volvieron y sus conversaciones se llenaron de chicas, de promesas, de viajes por hacer y de sueños imposibles.

En la chimenea guiñaba el brillo de algunas ascuas.

Los días de la siega y de la recolección en verano, marcados en las rozaduras de las manos. Trigo y cebada, canciones cuando estaban de buen humor, gruñidos cuando llovía y no habían terminado el jornal.

El viento, ululó entre las paredes de la casa.

También recordó los días grises, el entierro de familiares y allegados, el duelo y el sonido de las campanas llamando a misa. Las noches en vela y el sentimiento de rabia por la impotencia. Eran como una única familia, como hermanos, aunque no de sangre.

Las tablas del suelo, crujieron bajo el peso de la cama.

Pudo ver en su memoria el anuncio publicado en la plaza del ayuntamiento, así como los suspiros de las madres y el repicar de campanas del mediodía, que congregaron a los jóvenes.

El olor de la tierra mojada impregnaba la habitación

Tenía presente el sonido de las botas del hombre uniformado cuando subió al escenario improvisado, su voz  cuando leía el decreto proclamado por el Rey, el suspiro aliviado de los mayores y las maldiciones de los jóvenes. Fue diciendo el nombre nombres de los llamados a empuñar las armas, el de Sergio y el suyo, David. Algunas madres sollozaban; otras permanecían en silencio.

Dos jóvenes uniformados le observaban desde una fotografía vieja.

Se tumbaron entre el trigo y la cebada, bajo las estrellas. A su lado, David, con el que conversaba de cualquier cosa menos de la guerra. Recordaba pedir deseos a los luceros fugaces, deseos que no se cumplieron.

Algunos mechones de pelo blanco entorpecían su visión.

Saboreó con amargura la despedida del lugar que los vio nacer, al embarcarse en una aventura que no habían deseado, con un destino lejano. Los días de viaje, hacinados en un tren, y la llegada al frente, donde les instruyeron a toda prisa en el uso de las armas. Su única pertenencia: el catre y un fusil.

Su mente estaba cristalizada de recuerdos.

Todavía tenía pesadillas con lo que allí sufrieron, la cacofonía de los sonidos del frente: de las balas, de las bombas y de los heridos. El silencio de los vivos y los muertos. El llanto de quienes perdieron la cabeza. Sentía la humedad pegada a la piel, el fango en sus botas, el sabor de las raciones frías.

Sonó el carrillón.

Vio los primeros rayos de sol tras una noche sin descanso. Y en ellos, los rostros compungidos de sus compañeros. Habían recibido órdenes, debían cargar contra el enemigo. Entre gritos de miedo corrieron hacia tierra de nadie. Hombro con hombro, Sergio y David sorteando estacas y cadáveres, tratando de no perderse el uno del otro.

Llevaba al cuello los medallones con sus nombres grabados.

Silbó una bala, se le hundió en  el cuerpo, cayó al suelo… Gritó pidiendo ayuda. Olió la sangre que empapaba el uniforme y comenzaba a regar la tierra. Percibió que sus ojos verdes se habían apagado

Jorge Buenestado

Rompió a llorar.

Volvió al pueblo y confirmó la noticia. Y leyó la carta de despedida que Sergio había escrito al comienzo de la contienda, por si acaso…

Tenía aquella carta en sus manos: la tinta desvaída, el papel gastado, las últimas palabras de Sergio.

–Ya nadie se acuerda de ti, amigo –dijo, rompiendo el silencio de la noche–. Y cuando yo muera, no tardarán en olvidarme.

 

Redacción

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