Relato: ‘Obras incalculables’ de Carlos Garde
'Obras incalculables' de Carlos Garde
Obras incalculables de Carlos Garde. Ganador de la XXI edición. www.excelencialiteraria.com
La improvisación en piano siempre me ha parecido una estafa. «Los intérpretes no inventamos nada nuevo, solo recombinamos fragmentos ya conocidos». Las palabras de mi profesor se repiten en mi mente al tiempo que empiezo a pulsar los mismos acordes de siempre. Pero de ser cierto que solo estoy reordenando fragmentos de lo que he absorbido a lo largo de mi aprendizaje, pienso que no es un proceso del todo creativo.
Muy pocos pianistas elaboran música desde cero. Parten de alguna secuencia y van haciendo variaciones, con las que son capaces de crear una melodía nueva. Las obras que producen dependen de la música que han escuchado, de las piezas que han tocado, incluso de la morfología de sus manos. Si a uno le gusta la música moderna, elegirá ritmos experimentales; si está acostumbrado al clasicismo, empleará acordes no disonantes, y si tiene los dedos cortos, evitará tocar notas demasiado distantes entre sí, dada su dificultad anatómica.
Dicen que si supiéramos todo lo que deja huella en el compositor, usaríamos esa información para “adivinar” lo que va a tocar o, al menos, para hacer una estimación al respecto. Según este pensamiento, estamos tan condicionados que las producciones no son originales sino consecuencia de nuestro entorno, reflejo de aquellas cosas que nos han moldeado. Este mismo argumento también explica por qué en ciertos momentos llevamos una ropa determinada, escuchamos una música concreta, o leemos unos libros y no otros. Por tanto, si adivinamos las tendencias del momento, sabremos cómo se comportará la gente.
Es curioso; mi hermana, que también toca el piano, que vive en mi casa y que ha atendido las mismas clases que yo, es capaz de crear melodías completamente diferentes a las mías. Compartimos un mismo contexto, pero ella produce música profunda, tranquila y compleja, mientras yo tiendo a lo estruendoso, es decir, composiciones simples y alegres. La explicación solo puede estar en lo que en matemáticas se llama la Teoría del Caos. Un mínimo cambio en las condiciones iniciales de dos sistemas idénticos, produce dos situaciones finales radicalmente distintas. Por eso, a pesar de que la base de nuestro entorno es la misma (vuelvo a referirme a mi hermana y a mí), como tenemos pequeñas diferencias (ella es mujer y yo soy varón, por ejemplo), componemos obras que no tienen apenas nada en común.
Lo más interesante es la imposibilidad de predecir el efecto que cualquier mínimo cambio tendrá en el resultado final. Solo hay que pensar qué hubiese pasado si a Newton no le hubiese caído la manzana, si Arquímedes no se hubiera bañado el día que descubrió el Principio de Flotación o Paul McCartney hubiese decidido no ir al partido de fútbol en el que conoció a John Lennon. Estas situaciones impredecibles hacen que no podamos calcular lo que un músico es capaz de escribir, cómo será el edificio que va a diseñar un arquitecto o el estilo artístico que tendrá de la obra de un pintor.

Lo imprevisible es lo que nos diferencia de la Inteligencia Artificial a la hora de hacer arte. La IA, por motivos computacionales, depende de un número finito de parámetros, mientras nosotros dependemos de tantísimos que podemos considerarnos aleatorios a fines prácticos. Es bonito saber que, aunque nuestras creaciones dependan de todo lo que hemos vivido, somos una caja de sorpresas a la hora de demostrarlo. Por eso el arte que hacemos es único, irrepetible e incalculable.

