Relato: ‘El señor Abbington’ por Berta Ferrer

Hyde P

Por Berta Ferrer.

 

Ganadora de la II edición / www.excelencialiteraria.com

 

Joe Abbington se encargaba de cerrar las puertas de Hyde Park cada noche.

Salía de su casa a las seis y tres minutos, después de tomarse la taza de té de rigor, con el manojo de llaves en la mano y silbando despreocupadamente. Recorría, a paso lento, el perímetro del parque, disfrutando de las primeras horas de oscuridad. Caminaba al ritmo del tintineo del nutrido llavero, un mero acompañante porque las verjas tenían idénticas cerraduras y de nada le valían las numerosas llaves que colgaban de la anilla. Le reconfortaba el peso y el tacto del metal y se sentía dueño de aquellas cancelas que le convertían en guardián del pulmón verde de la gran ciudad.

Vivía solo en un pequeño cottage –más cobertizo que casa- situado en uno de los extremos del parque, protegido por una línea de arbustos de las miradas curiosas. Su mujer había fallecido años atrás. En las escasas visitas que recibía por parte de sus hijos, fingía no darse cuenta de la expresión burlona que les asomaba cuando lo escuchaban hablar, una vez más, de Hyde Park, “mi pequeño jardín”, como lo llamaba. Conocía todos sus secretos: reconocía el momento preciso en que despuntaba la primavera y predecía, con exactitud infalible, el día en que caerían las primeras hojas del otoño.

Porque Hyde Park era una extensión de su propia piel.

Joe Abbington se levantaba a las cuatro de la mañana y se preparaba un desayuno de huevo fritos con tostadas antes de, ataviado con bufanda y jersey de lana, comenzar su jornada, el mismo ritual cada día: caminaba hasta Marble Arch y desde allí emprendía su andadura en el sentido de las manecillas del reloj. Disfrutaba con el chirrido suave, adormecido y perezoso, de las verjas cuando las abría, que se mezclaba con el canto de los primeros pájaros. Sonreía cuando la luz grisácea del alba lo sorprendía antes de terminar su recorrido.

Pero su mejor momento del día llegaba con el proceso inverso: cuando, puerta por puerta, desandaba el trayecto de la mañana y aprovechaba la penumbra que se cernía sobre el parque para degustar del olor a tierra húmeda y el eco de sus pasos sobre la grava. Incluso se regocijaba con el cansancio que lo invadía tras cerrar la última cancela, un sopor que le aletargaba el ánimo y le indicaba que era hora de volver a casa.

Hyde Park lo arropaba -con la oscuridad más íntima- en el camino de vuelta al cottage mientras el viento que silbaba entre los postigos de madera le daba las buenas noches.

Porque el señor Abbington pertenecía al parque.

Era una figura más en la arboleda. Se desenvolvía con naturalidad entre las ardillas, los cuervos y otras aves que revoloteaban indiferentes en la orilla del lago.

Berta Ferrer
Berta Ferrer

Eran raras las ocasiones que se veía obligado a salir de la seguridad de las vallas y cruzar la calle para mezclarse con una realidad que no era la suya. Entre los edificios se sentía perdido. No entendía el caos bullicioso que regía a la marabunta de personas que conformaban aquella ciudad, ya desconocida para él. Parecía un marinero que baja a tierra tras años surcando los océanos. Desde el instante en que dejaba de pisar la hierba perenne del parque, sólo pensaba en volver a su oasis verde.

Porque Hyde Park era su casa.

Había encontrado su sitio en aquel paréntesis londinense. Había aprendido a observar, a no tener prisa. A ser invisible.

Porque si le preguntas a algún paseante por la persona que cierra las puertas del parque, se encogerá de hombros. Tal vez alguna persona mayor recuerde que, hace muchos años, un tal señor Abbington se encargaba de cuidar las verjas. Porque un incendio arrasó aquella casa. Fue una noche, cuando nuestro hombre dormía.

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