LeaVelez2“He aprendido que en el cáncer hay que luchar por llevar las riendas de todo, porque a veces te mueres por no leer la letra pequeña y que esto es agotador”.

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Por Carmen Fernández Etreros.

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Esta mañana fría de diciembre charlamos con la escritora y guionista Lea Vélez autora de El jardín de la memoria (Galaxia Gutemberg, 2014), una novela valiente que escribió después de la muerte de su marido a causa del cáncer. La novela sorprende porque ofrece un testimonio valiente sobre la enfermedad y todas sus aristas: la familia, los médicos, los niños… Y sobre todo el testimonio de mujer que un momento dado tiene que tomar las riendas y decidir y acompañar en sus últimos días al hombre de su vida.

Además la novela nos traslada al pasado con las cartas de Stephen, el hermano de George, que moriría de leucemia cuando eran pequeños y la del fotógrafo catalán Francesc Boix que fue el único español que testificó en los juicios de Nuremberg Una historia de recuerdos, de despedidas, de aprender a vivir y a despedirse de la vida y de cómo el recorrido de ese camino nos empuja a descubrir historias pasadas en las que cuesta diferenciar la ficción de la realidad.

P. ¿Dónde encontraste la fuerza para escribir El jardín de la memoria? ¿De dónde nace la idea?

R. La fuerza nació de un conjunto de cosas. No podía ser de otra forma, porque era necesaria toda mi fuerza. Cuando la oncóloga te dice “queda muy poco, un par de meses, quizá”, el tiempo te parece corto, esa es la primera reacción… ¡Qué poco!… pero enseguida te das cuenta de que esperar siempre es largo y no se puede vivir bien esperando a la muerte, aunque sepas que está por llegar. Le pregunté al médico de cabecera que qué podía hacer yo por él y me dijo: nada, acompañarlo, y yo pensé, nada no, algo se puede, seguro, yo puedo hacer que los minutos cuenten, que tengamos un proyecto y nuestras últimas conversaciones sean un testimonio, un libro, un legado para los niños. Así nació la fuerza y luego ya con la escritura, El jardín de la memoria se convirtió en mucho más que eso. En realidad es un libro sobre la memoria, la raíz de lo que somos, de ver la vida como novela, y de escribirla bien, con un buen final.

P. ¿Cuál fue tu objetivo al intentar reflejar cada uno de los momentos finales de la muerte de tu marido?

R. El principal objetivo fue darle algo importante que hacer y transmitirle un poco la idea de que somos inmortales mientras alguien nos recuerde. Yo le preguntaba por su infancia, por los misterios de su familia –porque en la novela hay toda una intriga con el pasado de los Collinson- y ser mi testigo le hacía feliz. Yo realmente no quería reflejar sus momentos finales. Quería convertirlo a él en un recuerdo profundo, verdadero. Cuando hacemos una foto decimos: “te voy a inmortalizar”. Bueno… Pues esto es lo mismo. Buscaba, claramente, guardar nuestra vida, guardar al hombre excepcional que fue George entre las páginas de un libro, sin adornos ni artificios.

P. ¿Cómo te sientes después de haber escrito El jardín de la memoria? ¿Cómo te tomas la reacción de los lectores?

R, Me siento genial. Los lectores me contactan por Twitter y me mandan mensajes entusiastas, también los críticos han escrito buenísimas reseñas en prensa. Luego están los que no se atreven a leerla porque existe el prejuicio de que uno lo pasará mal pero esto no es verdad, aunque emociona, claro. Yo, por mi parte, me siento como si no fuera la autora. Como si lo hubiera escrito otra persona a través de mi mano.

P. ¿De dónde nace tu interés por la historia del fotógrafo catalán Francesc Boix?

R. Boix fue el único español que testificó en los juicios de Nuremberg. Esto ya lo eleva a la categoría de personaje para un escritor. Por otra parte, Boix era fotógrafo, su padre le inició en el arte del revelado… y mi padre, en su juventud, fue también fotógrafo. Boix fue testigo, yo soy periodista de vocación y creo que los testigos son la esencia del periodismo. En fin, podría seguir hablando de mi interés inicial por Boix durante una hora…

P. ¿Cómo confluyen las dos historias: la de George y la de Boix?
R, Explicar eso es como explicar un poema. La estructura del libro es un poco así… Como la de un poema, o como la de una canción… No es un texto al uso porque se intercalan las cartas de los Collinson de 1957 con todo lo demás y hay que leer el libro para entender su estructura. En El jardín de la memoria hay tres historias aparentemente dispares, la infancia de George, el testimonio ante el tribunal de Nuremberg de Boix y el presente de Lea y George. Pero luego hay capas y capas de observaciones sobre estas tres líneas narrativas, de variaciones, si hablamos con un lenguaje musical, de mezclas, si hablamos de colores. La unidad está en mi cabeza, en la pieza de relojería que formaban todos los elementos aparentemente dispares en la mente de la narradora, porque la novela está contada en primera persona y es lo que yo sentía y lo que veía.

“Todos morimos y aunque pasemos la vida mirando a otro lado, nos interesa la muerte, nos interesa muchísimo en todos los planos conscientes e inconscientes. Vaya que si nos interesa”.

P. Tu papel es muy complicado porque haces de testigo, de narrador, de esposa, de madre, de cuidadora… ¿cómo se logra transmitir una experiencia tan difícil?

R.Enlazamos muy bien con lo que acabo de decir. El secreto está en que me desdoblé. La Lea escritora miraba desde fuera, desde arriba, a la Lea madre y esposa. Esa capacidad de abstracción, de convertir casi, casi en personajes a los que me rodeaban, de querer narrar con total verdad, sinceridad, sin ambages o eufemismos, le quitó mucha dificultad a lo que estábamos viviendo. Nos dio un proyecto, una misión… Además creo que ahí está el secreto de transmitir. Transmitir es saber que eso que tú cuentas interesa. A mí me interesaba, a mis hijos les interesaría, a las otras madres del cole, cuando les contaba, les interesaba. Todos morimos y aunque pasemos la vida mirando a otro lado, nos interesa la muerte, nos interesa muchísimo en todos los planos conscientes e inconscientes. Vaya que si nos interesa.

P. En la novela también reflexionas sobre el cáncer, de las posibilidades de curación, de la importancia de la familia a través de las cartas de Stephen, de las investigaciones, de las conversaciones con los médicos de paliativos… ¿Ha cambiado después de escribir el libro tu opinión sobre su tratamiento?

????????????????????????????????????????R. Ufff… Lo que ha cambiado en mí esta experiencia es una multitud de cosas, muy desordenadas. Básicamente, lo que tengo es toda esa información que uno ni sospecha cuando está fuera del cáncer. La información sobre el comercio inhumano, sangrante, de chamanes, “médicos” con título de medicina enmarcado en la pared y consultas holísticas que venden brebajes de herbolario asegurando “que han curado casos peores que el tuyo”, he aprendido que hay oncólogos sin sentimientos, alienados, que ya no ven personas, que sólo ven vísceras y que le dicen a su enfermera: “este es una próstata, este es un hígado, aquella es una mama” Otros, no, claro, otros oncólogos son profesionales dignos de muchísimo aprecio y además, son grandes personas. He aprendido que en el cáncer hay que luchar por llevar las riendas de todo, porque a veces te mueres por no leer la letra pequeña y que esto es agotador. He aprendido que al enfermo a veces lo que más le preocupa es que le traten como una lata de aceitunas en una cinta transportadora, con horas de espera en una sala, como si sus minutos, que son especialmente valiosos, no fueran ya suyos ni del tiempo porque tu tiempo le pertenece a un burócrata en algún despacho. En definitiva, he aprendido que los enfermos deberían tener un órgano de opinión que humanice el sistema para que lo peor, sea algo mejor.

P. ¿Cuáles son tus planes de futuro como escritora?

R. Escribir la mejor literatura de la que sea capaz. Encontrar nuevas metáforas. Escribir cada día y tratar de mejorar en algo mi vida, los espíritus, los corazones de mis hijos, de mis amigos o de alguien… Aunque en esencia, en realidad… Escribo para ser feliz, así que supongo que mantenerme así de feliz es bastante ambición.

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