Relato: ‘Esclavos de la voz’ de David Fuente

 

GuayasamínPor David Fuente. Ganador de la III edición www.excelencialiteraria.com

 

Supongo que uno es dueño de aquello de lo que puede desprenderse. Por lo demás, el resto de posesiones se ponen a nuestra altura, dialogan con nosotros y, finalmente, puedes oír cómo te dicen: <<compañero, si quieres que lo nuestro dure, las cosas tendrán que ser de determinada manera>>.

En México D.F. hay gente poseída por muchas cosas y gente que no posee nada. Lo puedes ver cuando caminas por las calles, cuando cambias de línea de metro, cuando bajas dos calles más allá de la avenida principal o cuando cruzas Tlalpan, que parece una línea de fuego que divide dos mundos.

Es bastante duro, la verdad.

Y nosotros, occidentales acomodados en una burbuja de ensueño a punto de explotar, vivimos en la ingenuidad.

Hay en esta ciudad un grupo de gente, numeroso en cierto modo —no sé qué sentido puede tener “numeroso” en un área metropolitana de veintidós millones de habitantes— que por no poseer, no posee ni su propia voz. Se encuentran en las paradas del metro, deambulan por los trenes, viajan intermitentemente en las “peseras” o esperan a la puerta de los supermercados. En la parada de Tasqueña ya reconozco sus caras y sus voces; son siempre los mismos. <<Diez colalocas, diez; diez encendedores, diez; diez colalocas, dieeeeezzzz…>>. <<Señor, el producto que pongo en sus manos no le compromete a nada. Como puede ver, se trata de una chocolatina de gran calidad. En la parte frontal puede comprobar la fecha de caducidad…>>. <<Desayunos a ciiiiiinco, a cinco pesos. Cinco pesos le vale, cinco pesos le cueeeesta…>>. <<Tres plumas, cinco pesos. Tres plumas de gran calidad, punta fina. Tres plumas de gel, cinco peeeeesoooos…>>.

“Plumas”, mecheros, donuts, agua, desayunos, cargadores, gafas, chocolatinas, patatas, libros… Todo lo que traen está a la venta.

Cuando voy a la universidad, a las ocho de la mañana, allí me los encuentro. Cuando regreso a las ocho de la tarde, allí siguen. Rara vez alguien les compra, pero el hombre de las “colalocas” no ceja de rasgar su voz. Ya le conozco bien, su bigotillo corto, la cara rechoncha y su gorra oscura, con los ojos pequeños y una mirada desesperada. Pero esa mirada no es solo suya, la tienen todos los que deambulan por la ciudad.

Están en todas las zonas de paso, como un coro de pájaros doloridos que nunca se pisan el uno al otro. Paso fugazmente entre el coro, acompañado de la marabunta que sale del transporte público, y dejo atrás a los vendedores ambulantes. Sé que siguen allí, largas horas, sin poder permitirse el lujo de guardar silencio, convertida su voz en expresión de una mercancía barata.

En el metro proyectan, por las televisiones, un anuncio gubernamental invitando a que nadie les compre. <<¿Te molestan?>>, preguntan los subtítulos mientras las imágenes exhiben un teatrillo con un vendedor ambulante que grita al oído de los pasajeros, <<pues no les compres>>. El anuncio es tan mezquino que está plagado de caras blanquitas que de ningún modo representan a los auténticos usuarios del transporte público.

Éste parece ser el plan: expulsarlos por la fuerza del interior de los trenes, invitar a que la gente los ignore para que se aglutinen en torno a la salida de las paradas de metro. Pero hay pocos golpes más fuertes que el hambre. Así que no, el plan no funciona.

Los esclavos de la voz no son un grupo homogéneo. Algunos cargan sus mercancías, otros tienen una manta, algunos un improvisado tenderete. Hay unos pocos con aspecto de toxicómanos y con un niño en brazos, la mayoría son mujeres y hombres de mediana edad. También los hay muy jóvenes, demasiado jóvenes.

En ocasiones, cuando llevo dinero para comprar un libro o para comer entre clase y clase, pienso que llevo en el bolsillo lo que ellos deben de ganar, no sé, quizás en dos semanas.

Aún no he visto en ellos nada que se asemeje a un comportamiento violento ni amenazante; todo lo contrario: el suyo es un servilismo que duele al alma. Pero uno no puede dejar de preguntarse cómo, a pesar de todos los contratiempos, a pesar de los acosos policiales y de la dureza de pasar la vida en la calle, cómo a pesar de todo esto se levantan día tras día para ganarse el pan dentro de los marcos de legalidad y normalidad que pueden permitirse. Lo justo, lo normal, lo menos sorprendente sería que nos atracasen a todos. Y, sin embargo, todo cuanto uno escucha, aún sin detenerse, es un amable <<¿Qué se le va a dar, caballero?>>.

Otro día podría hablar sobre los niños que venden mazapanes por la calle, criaturas de seis o siete años que te miran y te preguntan: <<¿me compras un mazapán?>>. Creo que no entienden por qué la gente limpia y bien vestida no les compra sus dulces. Recuerdo a una niña, a la que apenas se la entendía, alzando un mazapán en la mano mientras estaba tendida en el suelo. O podría hablar de una anciana de setenta años que vive bajo el puente de Tlapan con Tasqueña, compartiendo “techo” con un par de yonquis y otro hombre mayor. O podría hablar de esos hombres que encuentro dormidos en mitad de la calle o sentados en la acera, balanceándose compulsivamente. O de esos padres con uno o dos hijos, uno de ellos en brazos, pidiendo dinero. O de una pareja de viejos, el hombre con el sombrero en las manos, lágrimas y la palma extendida, vestidos como uno piensa que la gente no debería vestirse en una gran urbe. También podría hablar de las condiciones laborales de tantos que sí tienen trabajo.

David Fuente
David Fuente

Podría hablar de muchas cosas, pero ahora no tengo tiempo. Tengo que irme a mi universidad pública, con café y té gratis. Pagaré el billete del metro con mi beca, recibiré clase por parte de formados profesores, exploraré a Weber, construiré barricadas filosóficas con Marx, desnudaré el pensamiento de Durkheim, haré finos análisis ideológicos con Bourdieu… para confirmar que las desigualdades sociales se legitiman a través de los desiguales. Estoy en los rincones de la clase media, en donde la pobreza se estudia y la política tiene una dignidad superior a la subsistencia.

¿Podré devolver, de alguna forma, el regalo de esta beca? ¿Podré… o tendré que avergonzarme cada vez que coja el metro? Esta es la cuestión matriz. El resto es accesorio.

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