Lady DiDe Rosario Fuster. www.excelenciaLiteraria.com.

 

-La tía Gra quiere que la acompañes a recoger a los chicos al colegio, pero yo preferiría que juntas preparemos algo rico para la cena.

Mi abuela empezó a nombrar mis comidas argentinas preferidas, una por una. Dejé de oírla. Avanzábamos lentamente por su casa y casi como en un sueño, todos mis recuerdos fueron cobrando vida.

Recorrí el salón palpando cada mueble. Después de tanto tiempo, dudé si me encontraba de verdad allí.

Abrí la puerta del pasillo y caminé hacia las habitaciones. Me vi jugando al “pilla pilla” la tarde que me golpee la frente contra un marco que continuaba intacto, aunque me dejara una imborrable cicatriz.

Algunos metros más adelante me planté ante el cuarto que más me gustaba. Con el corazón acelerado por la emoción, entré. Cientos de imágenes danzaban ante mí porque todo estaba igual, como si el tiempo no hubiera pasado.

Los armarios, el enorme espejo que ya no me parecía tan grande, la cómoda fabricada a mano por un bisabuelo que no llegué a conocer… Me miré en el espejo. Fue como si mi existencia empezara de nuevo: otra vez tuve tres años, luego cuatro, cinco, seis… ¡Tantos vestidos me probé frente a su azogue, tantas carantoñas, tantos monólogos!…

Seguí frente al espejo. Detrás de mí descubrí la mesa, repleta de bártulos y con un televisor sobre una de sus esquinas. Y entonces llegó el fogonazo: la vi. La mecedora de avellano y caña todavía estaba entre la mesa y la cama, aguardando a que regrese su dueña.

Me senté en ella y comencé a balancearme hasta quedar adormecida. Era una niña junto a mi bisabuela Celeste. Cada mediodía, después de almorzar, me sentaba a su lado y veíamos juntas su programa favorito. A mí me aburría, pero sabía que en cuanto terminara podría ver los dibujos animados.

Al girar la cabeza, observé la litera. Mi madre me contaba que el abuelo trabajaba en una fábrica de sidra y que, un día, encontró abandonadas en un rincón, las maderas de una cuba vieja. Con ellas diseñó y construyó para sus hijas esas camas.

Arriba dormía mi madre, que hacía piruetas circenses para subir porque nunca se terminó la escalerilla. Y abajo, mi bisabuela. Fueron muy buenas compañeras de alcoba, y más tarde, de la vida. Como la litera tampoco tenía barandilla, no se nos permitía trepar a la cama superior. Aquella prohibición la hizo deseable.

Sobre el colchón inferior aún estaban mis viejas muñecas.

En la mesilla, cubierta por un vidrio, permanecían las fotos recortadas de Lady Di, mi fuente de inspiración a la hora de elegir la ropa. Y en el cajón, el reloj despertador. Intenté hacerlo funcionar, pero le faltaban las pilas. Al fondo había pulseras de todos los tamaños y materiales. También pertenecían a mi bisabuela y las portaba en ambos brazos, haciéndolas tintinear cuando se movía.

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Debajo del cajón había una portezuela. En su interior estaban los zapatos. Desprendían olor a viejo. Hurgando encontré una bolsa que contenía ruleros. Yo me encargaba de colocárselos, pues me gustaba jugar a que era su peluquera. Solía decirme que le cobraba demasiado y yo le discutía que era el mejor precio del barrio.Decidí abandonar la habitación y regresé donde se hallaba mi abuela.

Eché una última mirada al piso. Los ojos se me llenaron de lágrimas al tiempo que mis labios dibujaban una sonrisa.

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