Relato: ‘Recuerdos empañados’ de Rafael J. Contreras

AncianoDe Rafael J. Contreras. Ganador de la VI edición www.excelencialiteraria.com

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La luz vespertina del sol otoñal se derramaba sobre Madrid. Aparentemente había sido un día como cualquier otro. Así fue para casi todo el mundo. No para Moncho, octogenario, que sentado en el asiento del copiloto de un coche contemplaba ensimismado el discurrir del paisaje urbano, tan distinto del de la sierra del Guadarrama que veía desde la ventana de su habitación, en una residencia de ancianos en la que llevaba unos cuantos años.

Había ido a recogerlo un chico que dijo llamarse Luis. Moncho no sabía por qué, pero le resultaba familiar. Seguro que era uno de esos jóvenes voluntarios, que acudían de visita para sacarlos de la rutina tediosa. Sin duda, era por eso que el rostro no le era desconocido.

La voz del conductor interrumpió sus pensamientos.

—Abuelo, hemos llegado.

—¿Cómo que abuelo, chaval? —se ofendió el aludido—. Que solo tengo ochenta y dos; no me quieras  echar de más.

El muchacho sonrió.

Moncho observó la fachada ante la que se encontraban. Era una casa señorial. Sin duda, la familia de aquel joven debía de ser importante. Atravesaron el umbral y Luis le guio por la primera planta.

«Un gusto exquisito», se dijo el octogenario.

Muchos de los cuadros eran obras de los mejores maestros de la pintura.

Después de recorrer un pasillo, llegaron a un comedor con una mesa y sillas de caoba. Decenas de libros se repartían por las estanterías. Las fotos, en elegantes marcos, colmaban los muebles.

—Espera aquí. Ahora vuelvo —le hizo saber su anfitrión, dejándole solo.

«Claro», se dijo Moncho, «ahora me ofrecerán té con pastas, como si fuera una ancianita».

Paseó la mirada por las paredes y se sorprendió al ver la cantidad de diplomas que se había repartidos por ellas. Se aproximó para poder contemplarlos de cerca. Había dos títulos, ambos calificados con un cum laude; uno era de Abogado del Estado y el otro de una tal Comisión General de Codificación. Ambos llevaban el mismo nombre:

“Don Ramón Vázquez Carnelutti”.

Un hombre brillante aquel Vázquez Carnelutti…

Aprovechando su momento de independencia, comenzó a curiosear entre las fotografías. Retrataban a personas que parecían importantes. El hombre de pelo castaño y mirada profunda debía de ser el dueño de tales distinciones. Había también numerosas instantáneas en diferentes lugares del mundo, y en todas salía el mismo personaje rodeado de la que debía ser su familia.

Lo que más captó su atención fue la que presidía la mesa: una joven de pelo rubio y brillantes ojos sonreía a la cámara, abrazando al que debía de ser don Ramón, que lucía fuerte y elegante. Se notaba que estaban enamorados. Tomó el marco con ambas manos y contempló el retrato. Había algo en aquella chica que le resultaba familiar, pero no conseguía adivinarlo.

Antes de depositarla en su lugar, notó algo extraño al tacto. Volteó el marco y se dio cuenta de que tenía un papel adherido. Mirando por encima del hombro para comprobar que no volvía Luis, desplegó la hoja. Parecía una carta.

Este escrito es para cuando no exista más recuerdo en mí que la propia consciencia. Si lo estás leyendo, es porque el pequeño Luis — «¿Pequeño?», pensó el anciano. «Si ese chaval mide casi dos metros— te ha traído hasta aquí y te ha dejado pasear por mi despacho. Posiblemente no sepas ni quién es pero, créeme, Moncho, se trata de tu nieto.

El corazón de Moncho se detuvo por un instante. ¿El destinatario se llamaba como él? Siguió leyendo.

Hace unos días que me lo diagnosticaron, por eso aprovecho ahora para que las letras sean prueba de mi vida.  Y no te hablo de la muerte, te hablo de los veranos en África, India… de tu oposición y el largo camino que has recorrido. Y sobre todo, de ella y de ellos. Porque el Alzheimer no debería borrar un amor que ha superado las barreras del espacio y el tiempo. Loreto no se merece que la olvides. No lo pienso dejar que lo hagas. Ni tampoco nuestros tres hijos y seis nietos, especialmente Luisín, al que enseñaste que la pasión por el fútbol y la lectura no eran incompatibles.

Sé que estás sorprendido, que no me crees, que te rebelas contra esta realidad. Pero lo que has vivido te tiene que haber dejado una huella que solo necesita un detonante para sacarlo a flote.

Ramón Vázquez Carnelutti, Moncho.

Rafa Contreras

Clavó la mirada en la última palabra y levantó la vista. Luis había vuelto y una anciana le acompañaba. Ella tenía los ojos verdes que toda su vida había amado. Después de casi setenta años, no habían perdido su brillo.

—Loreto… —musitó con todo su cariño.

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