Por Miguel María J. de Cisneros. Ganador de la X edición www.excelencialiteraria.com

 


 

-¿Qué hay hoy, Tomás?

El portero le alargó algunos sobres.

-Esto, don Lucas.

-Gracias –contestó al tiempo que los recogía.

Mientras se iba alejando hacia la cafetería, leyó rápidamente los remites. Ninguno pareció interesarle. De hecho, echaba de menos alguna carta.

-Vaya… Nada de nuevo.

Al volver de tomar el café (lo bebió sin demasiado entusiasmo, después de haber comprado el periódico, cuya portada ni se había dignado a atender durante más de tres segundos) se dirigió al portero:

-Tomás, ¿seguro que no había nada más?

-No, don Lucas. ¿Ocurre algo?

-No. No se preocupe.

Aun así, en cuanto el portero se enfrascó en la lectura de un papel, Lucas miró el interior del buzón con la esperanza de hubiese un sobre. Pero lo encontró vacío, oscuro, y en su cara se dibujó una mueca de disgusto.

Pulsó el botón del ascensor y entró en él cabizbajo. Al llegar al piso, accedió al salón y tomó asiento en uno de los dos sofás que había junto a la ventana. Tras esta, un hermoso parque. Frente al sofá había un aparador con fotografías enmarcadas. Observó la de una muchacha, Cecilia, su única nieta; el único pariente que le quedaba.

Se había casado y vivía en Austria. Cuántas anécdotas de ella guardaba Lucas, en vida de los padres de Cecilia y después de la trágica muerte de estos, cuando lo único que le quedó fue él, su abuelo, que se dedicó a ella en cuerpo y alma.

Hacía ya un año de su marcha, tras la boda. Y llevaba varios meses sin recibir ninguna noticia suya, sin una sola carta que calmara el corazón del anciano.

-No le será fácil ponerse a escribir –la disculpaba-. El cuidado de la casa y, ahora, el niño… Aunque unas líneas, sólo unas simples líneas para su pobre abuelo.

Y se le encogía el corazón hasta que volvía a sobreponerse con la esperanza de que su anhelo pronto se vería hecho realidad.

***

A la mañana siguiente don Lucas bajó al portal con aquella contenida ilusión. Esperaba un sobre, un sobre muy especial…