‘Cómo leer a Zagajewski’ por Alonso Gil-Casares

 

por Alonso Gil-Casares. Ganador de la II edición www.excelencialiteraria.com

 

Nunca he roto un libro mientras lo leía. No así con En la belleza ajena, de Adam Zagajewski. Fui intercalando trozos de papel entre las páginas que deseaba releer. Cuando llegué al final, el ancho del libro se había duplicado y el lomo se había abierto. En consecuencia, la cola terminó por ceder y el resultado fue estrepitoso: dejara donde lo dejara, el libro se abría como un acordeón, cada vez en una página distinta. Al bibliotecario no le hizo ninguna gracia.

El lector desprevenido sufre un afán irreprimible de apropiarse del texto del autor polaco. Subrayarlo o marcarlo para volver sobre lo leído, son mecanismos automáticos del deseo, que traen como resultado la destrucción del objeto. Pero a nuestro autor no se le puede destruir, por más que el papel sea menos elástico que los textos que contiene.

He vuelto a leer a Zagajewski. Cuando comencé En defensa del fervor, vencí adrede la tentación de llevar papel ni lápiz; me enfrenté al polaco a pelo.

Con mi experiencia de dos libros y medio –estoy experimentando Dos ciudades– puedo afirmar que leer a Zagajewski sin lápiz es dejar que la verdad que él transmite se nos manifieste sin ser forzada. En esta aventura no todo será coherente, no todo será comprensible, pero nos enfrentaremos a sus poemas sin necesidad de exprimirlos.

Zagajewski nació en el exilio, en 1945, y su vida ha sido la de un expatriado. Se le considera católico, aunque desconozco si practica los sacramentos de la Iglesia. En él armonizan modernidad y cristianismo, como sólo cabría esperar de un artista polaco, pues en sus páginas desfilan con normalidad sacerdotes, templos, costumbres, poetas, pintores, políticos, pueblos, ciudades, países, historias… presentados con maestría por el autor a partir de intimidades que los hacen amables a ojos del lector. Sólo al final entendemos las razones que justifican que sean recordados.

Su modernidad cristiana se refleja también en la serenidad con la que se dirige a los totalitarismos. Zagajewski compadece al comunismo que asoló a su patria, y ese dolor misericordioso nos permite perdonar a las personas que, con su rastrera connivencia, permitieron que la dictadura de hierro se perpetuara durante tanto tiempo en tantos sitios. Zagajewski exorciza el miedo que la tiranía roja despierta en aquellos que no la hemos sufrido.

La música también cuenta para él. En la Polonia comunista, un disco de música clásica era un tesoro al alcance sólo de los funcionarios arribistas. Adam Zagajewski escuchó miles de veces los pocos conciertos que formaban su colección, y con esa selección obligada educó su gusto musical en la carestía, una actitud que se enfrenta a la cultura entendida como cantidad.

El poeta no aspira a comprenderse a sí mismo, ni se hace violencia para presentar verdades coherentes. Zagajewski está abierto a los cambios. Observa la realidad con los anteojos de su cultura y el afán por ser sincero, espadas con las que abre el camino en sus escritos. Por eso reivindica el silencio y la calma, en donde fluye su poesía.

Alonso Gil-Casares

Zagajewski escribe en polaco. Y habla en polaco. Así empezó su discurso este año, en el Premio Princesa de Asturias: <<Voy a decir mi discurso en polaco. Ya sé que no todos lo van a entender, pero hay traducción>>. Polonia no es su patria (nació en una tierra que hoy es Ucrania) ni el lugar donde se siente cómodo: Polonia es una realidad histórica y cultural de la que él forma parte, a la que la Historia ha obligado a desentenderse de los límites fronterizos. Otra imagen que Zagajewski regala a la reflexión.

Al lector, ya prevenido, cabe recordarle que no intente protegerse detrás de un lápiz y un papel. Si no, acabará rompiendo cualquiera de los libros de Adam Zagajewski, que permanecerá abierto cada vez por una página distinta, protestando para siempre de nuestra intención posesiva.

 

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