Relato: ‘Un paragüas japonés’ de Roberto Iannucci

 

De Roberto IannucciGanador de la XIII edición de Excelencia Literaria www.excelencialiteraria.com

 

Macarena Cabello salió del trabajo a paso rápido; quería llegar pronto a casa. Sin embargo, en cuanto se asomó por los techados de Camino de Ronda, se paró en seco al notar que la lluvia caía sobre ella. Sabía que iba a llover, pero no de aquella manera… ¡Llovía a mares! Y lo peor: no se había traído paraguas.

Cruzó el paso de cebra mirando con envidia a todos los transeúntes que tenían paraguas (rojos, negros, morados, con dibujos…). Los vio de todos los colores y formas. Aunque estaban cubiertos de agua, sus portadores iban secos, fijándose únicamente en no pisar los charcos que se iban formando al borde de la carretera.

Macarena corrió hasta un supermercado para protegerse del chaparrón. No pudo quedarse mucho tiempo allí porque uno de los reponedores le dirigió una mirada de advertencia, ya que, al permanecer junto a la puerta automática, esta no se cerraba y entraba el frío de la calle.

Cuando Macarena decidió volver a su camino, estuvo a punto de chocarse con un grupo de japoneses, cada uno con un paraguas, que iban en fila por la acera.

Perdónse disculpó.

La que iba a la cabeza, una oriental con un paraguas color crema con flores negras, le hizo un gesto con la mano para cederle el paso.

Macarena corrió calle abajo, intentando no resbalarse, en busca del siguiente techado. Lo malo fue que al llegar a una esquina se encontró con el semáforo en rojo y un árbol deshojado como único resguardo. Se puso debajo de sus ramas, pero el agua siguió cayendo sin piedad sobre ella, que lo único que pudo hacer fue apretar los dientes y aguantarse.

De pronto cesó la lluvia. Por instinto, Macarena dirigió la mirada al cielo, pero solo encontró flores negras sobre un fondo color crema. La mujer volvió la mirada hacia su izquierda y allí la encontró, sosteniendo el mango del paraguas salvador.

Era la japonesa de antes con todos sus compañeros detrás. Los ojos rasgados parecían extensiones de sus sonrisas.

Gracias.

La asiática, que no parecía tener mucha idea de español, asintió, como si entendiera que Macarena se lo agradecía, pero no supiera cómo decir “de nada”.

El semáforo cambió y Macarena aprovechó para cruzar, ya que el parking se encontraba al otro lado de la calle.

La japonesa se empecinó en seguirla.

¡No, gracias! gritó Macarena Cabello por encima del fragor de la lluvia.

Roberto lanucci
Roberto lanucci

Pareció entenderla, porque la asiática volvió con sus compañeros. Todos juntos se dirigieron hacia un hotel que quedaba a la derecha. Desde el soportal de la recepción, los veinte japoneses se despidieron de ella, saludándola con la mano. Macarena se metió en el ascensor con un suspiro y el pensamiento de que hay gente maravillosa en todos lados, con paraguas o sin él.

 

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