‘Nadie como yo’ de Ignacio Chao y Eva Sánchez

Nadie como yo de Ignacio Chao. Ilustraciones de Eva Sánchez. Kalandraka, 2020. 36 Pág. 21,5 x 28,5 cm., 15.00 e.

 

Por Anabel Sáiz Ripoll.

 

Nadie como yo es, en principio, un álbum ilustrado destinado a los primeros lectores. En primera persona, el personaje principal, un cerdo bastante antipático, cuenta su perspectiva de la vida, llena de vanidad, de egocentrismo y de superioridad. Este cerdo, humanizado al máximo, considera que es una de «las grandes personalidades de este país recóndito». Es muy consciente de su origen «pobre y vulgar», pero se sabe a salvo de cualquier mal; es más, se siente objeto de adoración: «Todos me admiran. Todos me contemplan extáticos». Se siente único, importante, al margen de cualquier problema e, incluso, poco menos que divino. El lector no da crédito a tanta soberbia y no entiende cómo un cerdo que se supone destinado a la alimentación humana, es capaz de semejante discurso. Ahora bien, todo tiene su doble interpretación, no hay verdad absoluta y los puntos de vista y las culturas son variadas. Este cerdo ególatra puede serlo, sí, porque es único, cierto, ya que, y el final nos deja a todos sorprendidos, es el único cerdo del zoo de Kabul. A nadie en Kabul se le ocurriría proponer que se sacrificara el animal y se hicieran jamones y chorizos con él. Eso nuestro personaje lo sabe y es lo que lo ha encumbrado, aunque debería conocer la opinión que tienen de él y de los de su especie los humanos que van a verlo al zoo. Seguro que no le gustaría..

Decíamos que Nadie como yo va destinado a los primeros lectores,  aunque, después de leer el libro y tratar de interpretar sus claves simbólicas, el lector adulto puede reconocer en el cerdo egoísta a más de un humano, instalado en su zona de confort, con poder para hacer y deshacer y con ninguna empatía para con los demás humanos, como le ocurre al cerdo de Kabul a quien no le importa la suerte de sus semejantes, solo la suya.

El tono del relato, dado que es una especie de discurso o arenga, resulta frío y recargado, lo cual se  ajusta muy bien a la personalidad del protagonista y encaja muy bien con el final de la historia.

Las ilustraciones juegan con las sombras, con los símbolos, con los detalles y nos muestran, con fuerza, a ese personaje solitario, amparado en su rareza y autocomplaciente.

Sin lugar a dudas, es un relato muy apropiado para incorporar en los centros escolares y releer cada 30 de enero, el día escolar por la paz y la no violencia. No es paz lo que nos contagia el personaje, de ahí que convenga leerlo despacio, mirando bien las ilustraciones, entendiendo el texto para ser capaz de rechazar el mensaje del cerdo de Kabul.

 

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