Relato: ‘Camarero, un vaso de agua para García Márquez’ de Julia Nieto

Torre

Camarero, un vaso de agua para García Márquez de Julia Nieto. Ganadora de la XIII edición www.excelencialiteraria.com

 

Como si de un domingo de mayo se tratara, decidí asomarme a la ventana de mi habitación para terminar de bostezar.

Lo tarde que me había despertado equivalía a que el sol hacía tiempo que había saludado a la ciudad y se encontraba en su cenit, amenazando con achicharrarlo todo.Tras comprobar que sus amenazas eran ciertas, pensé que si de paso me tostaba un poco, no estaría nada mal.

Con este pensamiento, el alegre concierto de mi barriga vacía y el buen humor de una mente totalmente descansada, me dispuse, como toda familia dominguera que se precie, a equiparme con un traje de baño, crema solar y una hamaca. Estaba dispuesta a pasarme lo poco que quedaba de mañana entre la vegetación de mi azotea, mientras viajaba al Macondo de “Cien años de soledad”.

Una vez tumbada, cuando empezaba a derretirme en mi pelea contra el sol, escuché el ambiente oxigenado que, según las noticias, había pasado a convertirse en un personaje más de la ciudad.Durante un tiempo me alegré de no oír absolutamente nada, pero, pasados unos minutos caí en la paranoia de haberme quedado sorda, por lo que me puse en pie y, de forma casi supersticiosa, decidí comprobar qué ocurría en la calle.

Me acerqué a la barandilla y entendí que el silencio no era cosa mía:se cernía sobre la calle en forma de pandemia. Tanta soledad no era habitual en mi barrio. Empecé a echar de menos el bullicio de aquellas horas, incluso el llanto de los bebesde la guardería de la plaza que tantas veces había llegado a maldecir.

Avergonzada por mis pintas y con ganas de protagonizar “La ventana indiscreta”,me escondí entre las macetas para espiar a quien cruzara la calle. Al poco me reafirmé en lo que ya sabía: estaba sola.

Justo cuando García Márquez empezaba a reírse de mí desde la hamaca, un perro de pocos meses se contoneó delante de su dueño, un hombre de avanzada edad.Me planteé el juego de aguzar el oído para escuchar esos pasitos zalameros. Justo cuando se perdían por una esquina, aumenté el terreno para entrenar lo que creí un súperpoder digno de un agente secreto.Arrimé la hamaca a la barandilla, dejé caer a García Márquez entre mis pies, cerré los ojos y me dispuse a distinguir los sonidos.

Enseguida la conversación de unos pájaros empezó a delatarme. Se reían al ver que eran ellos los que estaban en libertad mientras yo piaba de aburrimiento al no poder salir de mi jaula. El vuelo agitado de una paloma casi me rozó la mejilla, y del susto me caí de la tumbona. Al alzar la vista con la sensación de encontrarme en otra película de Hitchcock, me avergoncé al comprobar que la Naturaleza no conspiraba contra mí, sino que había vuelto al sitio que le correspondía y que hacía tanto tiempo no visitaba: el campanario de la Iglesia de San Lorenzo.

Acepté la reconversión cristiana de esos nuevos vecinos emplumados y decidió no hacerme más la remolona con mi amigo Gabriel García Márquez. Debía asumir la soledad del vecindario y la derrota de mi lucha contra el sol. Así que me di un manguerazo de agua fría que me ayudó a volver a la realidad.

Volví a tumbarme en la hamaca, esta vez de espaldas a la calle, cerré los ojos y esperé impaciente a que mi padre me llamara para comer. Una avispa empezó a recorrerme de la cabeza a los pies mientras me hacía la muerta. Mi humor había cambiado de la felicidad y el entusiasmo a la desesperación, en el camino inverso al del insecto.

Mi impresión de que el confinamiento se había transformado para mí, pues había pasado de cumplir un horario sin huecos a la neblina de no saber qué hacer para no desquiciarme entre las paredes de mi casa, conseguía que la necesidad biológica de alimentarme se anticipara al trascurso de las horas y se peleara con mi yo interior. Las ganas de comer no venían por el deseo de saciarme, sino por el de que las tres comidas del día pasaran con la misma rapidez que con la que el virus había tardado en alcanzarnos. De este modo parecía que cada jornada pasaba en un santiamén.

Julia NietoMis facciones esbozaron un gesto que reflejaba las palabras de mi abuela:<<no te enfades, que envejeces>>. Empecé a sentir frío. El cielo se había hecho eco de mi discusión interna. Dos gotas de lluvia me cayeron encima, avisándome de que mi tiempo en la azotea había terminado.

Nada más entrar en casa, una manta de agua arropó a la vegetación que me había servido de camuflaje. Inmediatamente una alarma interna hizo que, nerviosa, me volviera a asomar a la azotea para comprobar lo que me temía:la soledad de García Márquez sufría el llanto de la madre Naturaleza.

 

 

 

 

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