De Lourdes G. Trigo/ Ganadora II edición de Excelencia Literaria www.excelencialiteraria.com
Cuentan que el primer arquitecto jamás quiso ser arquitecto.
Cuando tuvo edad para entrar en la Universidad, se matriculó en la Facultad de Letras. Quería embelesar a los literatos con sus poemas, a los filósofos con sus complicadas teorías, pelear con los abogados. Lo echaron por pedante.
El joven no se desanimó e ingresó en la Facultad de Ciencias. Pero sus constantes preguntas sobre el diámetro de copa de los árboles y la cantidad de aire renovado que necesita una persona, unido a un manifiesto desinterés por la Biología, terminaron por exasperar al decano, que lo despidió con mal temple.
Probó suerte en la Escuela de Ingenieros. ¿Y los cálculos? le preguntaban sus profesores. A la quinta vez que respondió que había resuelto los problemas gráficamente, le formalizaron un traslado a Bellas Artes. Y de allí lo expulsaron de nuevo por querer dibujar como si todo fuera real. De nada sirvieron sus protestas.
El joven, entonces, volvió a su pueblo y se encerró allí hasta su muerte. Eso sí, recogió toda su filosofía en un libro que serviría de base para redactar los futuros planes de estudio de los arquitectos.
Su fama se extendió y muchos otros jóvenes vinieron a copiar sus ideas. Uno de ellos, que se hacía llamar Vitruvio, llegó a escribir diez libros. Ha habido tantas y tantas generaciones de arquitectos y construyeron y pensaron y escribieron tanto, que olvidaron al primero de ellos. Al que no quiso ser arquitecto.
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Embelesado me hallo