Relato: ‘Silencio’ de Berta Ferrer

PájaroDe Berta Ferrer / Ganadora de la II edición. www.excelencialiteraria.com

Para él.

 

Se le cayó el teléfono de las manos.

 

Le temblaban las piernas y tuvo que agarrarse a la mesa para no derrumbarse. Con la agitación, volcó el vaso de agua que no le había dado tiempo a beber y que se hizo añicos al tocar el suelo. Al otro lado de la línea aún podía oír la voz preocupada que insistía en obtener una respuesta. Pero no podía hablar. Se había cortado la conexión entre el cerebro y los movimientos de su cuerpo. Apagada o fuera de cobertura…

Intentó recomponer las palabras que había escuchado unos segundos antes, sin éxito. El carácter fulminante del mensaje había eclipsado a lo demás. Estaba muerto. Y ahí terminaba todo.

• ••

La casa estaba vacía y la habitación en penumbra. Hacía frío. Abrió un cajón de la mesilla de noche y se sentó en la cama. No había nada especial: una caja de pastillas, pañuelos de tela plegados con esmero, un reloj sin estrenar, una hoja de papel amarillenta cuajada de números de teléfono escritos con letra apretada, tres bolígrafos, un llavero y cuatro destornilladores. Nada singular. Minucias que configuraban una vida entera. Su vida entera. La de él, que ya había escrito el punto y final.

Abrió el armario. Casi se sorprendió de encontrar en las perchas las camisas de rayas y los pantalones de los domingos, pues creyó que se iba a encontrar el ropero vacío y la maleta ausente. Pero estaba todo en su sitio. La ropa planchada y colocada en su lugar habitual, en su orden de siempre. Quien no estaba en el sitio acostumbrado era él y la omisión descolocaba al resto de los objetos.

En el salón, la televisión estaba apagada y los libros en su estante correspondiente. Todos los libros, menos uno. Ése que se encontraba sobre el reposapiés de la butaca y a medio leer. Ése que ya nunca sabría cómo acababa. Ése que se había quedado huérfano, con la página señalada, esperando continuar… Y en la mesa de centro se había dejado olvidadas las gafas y el móvil. También el audífono. Ya nadie podría molestarle, aunque lo intentaran.

Berta Ferrer
Berta Ferrer

No encendió la luz del pasillo ni la de las escaleras que bajaban al sótano. Se las sabía de memoria. Así como el lugar exacto en que debía agachar la cabeza para no tropezar con la tubería que colgaba del techo demasiado bajo. Se acercó al rincón, junto al ventanuco enrejado, donde estaba su refugio: la mesa plagada de herramientas,  a cada cuál más inverosímil, la silla que él mismo había encordado, la caja de naranjas que había traído varios días antes, el estante sobre el que se disponían en orden minucioso las pajareras con sus inquilinos, que cantaban su recuerdo.

Su obra inacabada era una jaula que no llegaría a terminar y una partida de naipes consigo mismo, con esa baraja ajada por el uso, manoseada, ilegible, que era su favorita.

Entró en el coche. El salpicadero estaba cubierto de polvo y los respaldos protegidos con toallas. Olía a tierra, a humedad y a mañanas enteras gastadas en el campo, azada en mano. Giró la llave en el contacto y puso la marcha atrás. No hubo rugido del motor.

Se fue en silencio. Él, en su más puro estilo. Las carcajadas las dejaba para más tarde, para sacárselas a los demás.

 

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