Relato: ‘El salón de baile’ de Pilar Aviñó

De Pilar Aviñó de Pablos. Ganadora de la X edición www.excelencialiteraria.com.

 

Moni me cogió de la mano y tiró de mí. Echamos a correr, derrapando en todas las esquinas del viejo Sotillo, sin apenas prestar atención a la gente, que nos miraba asombrada. Cuando llegamos a su casa bajamos directas a la planta baja, en donde nos esperaban nuestros amigos. Allí pasamos una entretenida velada en los salones del viejo palacete. Sus padres querían comprar la casa y reformarla en un intento de salvar su antiguo esplendor. Sin embargo, las dos plantas de abajo estaban cerradas, menos para nosotras dos, claro. Cuando entramos en el salón, la fiesta ya había empezado: vestidos brillantes que bailaban por toda la sala. Destellos, música, copas de champán, risas y luces que prendían el salón.

Nuestros amigos podrían haber sido rusos o ingleses. Quizá fuesen americanos. Poco importaba. Moni y yo éramos las reinas del baile. Los jóvenes nos sacaban a la pista; todos querían hablar con nosotras, contarnos cosas, hacernos reír. Éramos las protagonistas. La velada llegó a su fin cuando entró la abuela de Moni. Rápidamente nuestros amigos desaparecieron y la sala quedó en completo silencio.

-Niñas, ¿qué hacéis?

Moni y yo nos miramos, y en esa mirada lo dijimos todo. Cuando Amalia (así se llamaba su abuela) entró para inspeccionar, se encontró todo como estaba antes de nuestra llegada: la espléndida lámpara de araña con todas sus bombillas fundidas, los sillones y divanes cubiertos con sábanas blancas y toda la habitación sumida en un manto de penumbra. Ella no veía, no se daba cuenta de que en la magnificencia de la lámpara, en el dorado que se adivinaba bajo la suciedad de los candelabros, en los majestuosos espejos que adornaban la sala residía la belleza que había caracterizado al antiguo salón de baile. Se podría decir que Moni y yo miramos con pena su falta de fe, lo que ella interpretó como una invitación a que se marchara para dejarnos con nuestro juego.

-Bueno, os podéis quedar mientras no molestéis. ¿De acuerdo? -y nos sonrió mientras cerraba la puerta.

Seguimos bailando durante todas las tardes del verano. También algunas noches, en las que el salón estaba más bonito que nunca.

Pilar Aviñó de Pablos

Cinco años después su abuela decidió vender la casa. Para entonces, los padres de mi amiga ya no estaban interesados en comprarla.

El nuevo propietario demolió las plantas bajas del viejo palacete, y con ellas los esplendidos salones. Aunque Moni y yo nos habíamos hecho mayores, una pequeña parte de nuestro corazón lloró la pérdida de los lujosos bailes y la marcha definitiva de nuestros amigos. Nuestros sueños de  niña se enterraban con ellos.

Redacción

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