Esperaba con paciencia a que el semáforo se pusiese en verde para cruzar el paso de cebra. Los coches pasaban acelerados delante de mí, como de costumbre, en aquel nublado mediodía. Es lo normal en una gran metrópoli, en donde todo el mundo tiene prisa. Aquí el tiempo es más valioso que el oro.
Una furgoneta emitió un pitido de claxon profundo, largo y sonoro, dejándonos claro a los transeúntes y conductores el enfado del chófer a causa del error que habría cometido el vehículo que tenía delante.
No era la primera vez que veía algo así –ni será la última-, pero llamó mi atención que dicha furgoneta estaba repleta de niños dentro, y que tenía un cartel que rezaba: “TRANSPORTE ESCOLAR”.
Tan habitual situación me hizo pensar que, más allá de lo que podamos enseñar a las nuevas generaciones, el ejemplo vale más que mil palabras. Si enseñamos una cosa (el valor de la paciencia y del respeto, por ejemplo) pero practicamos otra, ¿qué podremos exigirles cuando sean mayores?
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