Ignacio Sánchez Albert
Aroma de lluvia de Ignacio Sánchez Albert. Ganador de la XXI edición www.excelencialiteraria.com
Otra cena invadida por el ruido. Pero ese ruido no era el mismo que se escuchaba hacía años. Las risas, las lágrimas, los chistes, los gritos… habían sido sustituidos por un murmullo ininteligible causado por los móviles de los tres chicos. Su padre comía en silencio. Tras finalizar, retiró su plato y sus cubiertos, cogió el libro que tenía en la mesa del salón, abrió la ventana para que entrara algo de corriente y se sentó a leer. Al rato, sus hijos se fueron a sus habitaciones sin decirle una palabra.
No estaban enfadados con él, simplemente habían dejado de percibirlo. Se creían mayores e independientes. Pero su padre no se rendía: les preguntaba cómo les había ido el día, si opinaban que al Real Madrid le iba bien o mal, si necesitaban su ayuda en alguna asignatura… Solo recibía monosílabos a modo de respuesta.
Aquel hombre pensaba que estaba perdiendo la batalla por el afecto y la atención de sus hijos, quizás porque siempre se había querido proteger de los dispositivos electrónicos, haciendo uso de un mismo argumento:
–Los teléfonos móviles deberían ayudarnos, hacer nuestras vidas algo más cómodas, pero lo complican todo. En mis tiempos, si querías una cita con el médico te presentabas en el centro de salud para solicitarla, no como ahora, que tengo que pedirla por esa aplicación de mierda.
Odiaba las tecnologías porque no conseguía comprenderlas. Él era de otro tiempo; aquellas novedades electrónicas le habían llegado demasiado tarde.
Cuando terminó de leer, se quedó un rato intentando adivinar cuándo comenzó el distanciamiento con sus hijos. Evocó días lejanos, cuando los chicos no tenían móviles y comían en familia y hablaban continuamente entre todos. Rememoró algunas riñas que tuvo con ellos a causa de que soltaban palabrotas o se peleaban. Algunas disputas fueron bastante serias, y en esos momentos daría lo que fuese por tener algún motivo para repetirlas, con tal de que volviesen a estar juntos.
Sus hijos tenían un brillo especial en la mirada; eran únicos. Pero ese brillo había sido reemplazado por la luz artificial de las pantallas, que daba a sus rostros un aura sin vida, como si los iluminara la linterna de un forense que busca los rasgos de un cadáver.
Un ruido le devolvió a la realidad. Había empezado a llover. El aroma de la tierra mojada invadió la habitación a través de la ventana abierta. Ese aroma le recordó a su mujer. Recordó que el día que nació su primer hijo llovía abundantemente.
«¡Cuánto la añoro!», se dijo, «¡Cuánto la necesito!».
Aunque la relación con sus hijos se disolvía, no estaba dispuesto a rendirse. Por su mujer. Ella no lo hubiese permitido. Aunque las cosas no fuesen bien, no iba a renunciar a intentarlo. Nunca dejaría de preguntarles cómo les había ido el día, si opinaban que al Real Madrid le iba bien o mal, si necesitaban su ayuda en alguna asignatura…
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