Un libro es una secuencia de espacios.
Ulises Carrión
Abrió la puerta y entró en la habitación. Lo rodeó la oscuridad. Y el silencio. Sus ojos necesitaron varios minutos para acostumbrarse a la penumbra; apenas era capaz de distinguir los ángulos de las paredes. La silueta de otra puerta se disolvía en la negrura. Se fijó en un hilo de luz débil que se colaba por los goznes y caminó hacia él. El eco de los pasos quebró la serenidad de la estancia y lo acompañó hasta que su mano alcanzó el pomo y abrió la siguiente puerta.
Otra habitación. La luz entraba por una ventana abierta. Era una claridad blanca e intensa, cegadora. Su mirada recorrió la superficie de las paredes, tanteando los límites del espacio. Al otro lado de la abertura se distinguía un paisaje: estancias, formas y ángulos se entrelazaban en una amalgama de sombras y planos. Probó a descomponer mentalmente la compleja superposición de capas, pero había demasiadas perspectivas ocultas jugando con su percepción. Entendió que si quería descubrirlas debía desvelarlas una a una, explorar su estructura y avanzar. Necesitaba perderse en el laberinto de reflejos que se extendía frente a él.
Atravesó otra puerta y se internó en la habitación contigua. Y luego otra. Y otra. Deambulaba sin dejar de observar lo que sucedía a su alrededor. Al principio, intimidado por aquel engranaje en apariencia aleatorio, se dejaba llevar. Exploraba, descubría, tropezaba, admiraba. Y poco a poco, casi sin darse cuenta, quedó atrapado en aquel juego de luz, de espacios y de sombras. Había pasado de ser un espectador distante a formar parte de la composición infinita que se desplegaba tras cada puerta, ventana y vacío. De repente había comprendido su propia relevancia. Era él quien escribía el camino. Él decidía el orden, el ritmo y el movimiento. Él habitaba las estancias, les daba vida y las hacía suyas.
Había dejado de lado el trayecto coherente y preestablecido. Al fin y al cabo, detrás del uno no tenía porqué seguir el dos. Podía elegir. Allí avanzar no significaba sólo ir hacia delante. El movimiento implicaba tiempo, cambios y sorpresas. Avanzar implicaba no reconocer una habitación al entrar en ella por segunda —tercera, cuarta, quinta,…— vez, porque ya no era la misma. Había cambiado. La luz ahora era otra. El contenido era diferente.
De improviso y sin haber imaginado que el laberinto tendría un final, atravesó la última puerta.
Quería leer tantas historias como fuera capaz de inventar.
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