De Irina Galera. Ganadora de la X edición www.excelencialiteraria.com
Peter Rastand pasaba los días mirando por la ventana de su mansión, un castillo restaurado al que había introducido las últimas tecnologías electrónicas. Era una fortaleza situada casi al borde de un acantilado. Todos los paisanos coincidían en que sus vistas al mar eran las mejores de la comarca de Filingthan.
Peter vivía entre lujos gracias a que había construido un imperio empresarial a partir de una idea que tuvo en su juventud: consiguió patentar los ordenadores que se controlan con el movimiento de los ojos. Se hizo de oro. Pero de aquello hacía muchos años. Ahora era un anciano al que aquellas habitaciones amplias y deshabitadas le hablaban de su corazón, que no palpitaba como antes.
Rastand se había pasado la mañana leyendo. Cansado de estar sentado, se dispuso a dar una vuelta. Mientras caminaba por los alrededores de su magnífica vivienda, no dejaba de pensar en ella. En Lisa.
¿Cuántos años habían transcurrido desde que la perdió?… Ocho. ¡Ocho años sin Lisa! A Rastand le costaba respirar, así que bajó el ritmo de sus pasos en cuanto llegó al sendero que descendía a una playa.
<<No soporto esta sensación de vértigo>>, pensó, <<este inmenso hueco que me impide volver a sentirme completo. Lo estaba cuando vivías, Lisa. En ti encontré refugio, alguien a quien cuidar. Me gustaba verte sonreír. Me enseñaste que la felicidad está en disfrutar de las pequeñas cosas. Por ti vine a vivir a la costa porque te encantaba tener cerca el mar, y a mí que tú estuvieses cerca de este pobre viejo<<.
<<Te prometí que estaríamos siempre juntos, pero ni con mi fortuna pude vencer al tiempo. La muerte puso tierra entre nosotros dos. Ahora sé que los años que me quedan los pasaré echándote de menos. Cada día espero verte, sueño que surgirás de entre las olas, las mismas en las que te vertí, cómo me pediste que hiciera cuando tu cuerpo se transformara en ceniza<<.
<<Hay millones y millones de personas en el mundo que no te extrañan. Sólo una te lleva obsesivamente en sus recuerdos. ¿Cómo fuiste tanto para mí cuando significaste tan poco para el resto de la humanidad<<.
Peter Rastand se detuvo. Las olas chocaban contra las rocas. Se quitó lo zapatos y los depositó suavemente sobre la arena.
Sus vecinos dijeron que fue a buscarla y que no regresó. También dijeron que de nada le sirvieron las tecnologías que le habían hecho rico, pues con ninguna de ellas logró curar su soledad.
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