Relato: ‘La mirada de la lluvia’ de Manuel Sureda de Lucio

La mirada de la lluvia de Manuel Sureda de Lucio. Ganador de la XVI edición www.excelencialiteraria.com

 

Contemplo mi alrededor: unos aprovechan para hablar por teléfono y otros van y vienen, absortos en la música de sus cascos. También veo a los que prefieren comer algo antes de afrontar la segunda parte del trayecto.

Es una tarde de abril y los pasajeros disfrutamos de la parada de descanso que acaba de realizar el autobús de la línea Madrid-Bilbao en la estación de Lerma. Extiendo la mano. Llueve.

El mundo que se me muestra parece ignorar este hecho. Una vez a cubierto, los pasajeros no le dan mayor importancia. Me da la sensación de que prefieren un ritmo de vida que, sin embargo, no puede más que desbordarlos. Observo sus rostros con detenimiento y leo en ellos cansancio, alegría, tensión… Detengo la mirada. Alguien acaba de descubrirme. Su expresión transmite serenidad e inquietud a un mismo tiempo. Las arrugas de su frente reflejan el cansancio acumulado de toda una vida, a la vez que entreveo en su sonrisa apenas esbozada un espíritu joven que sabe que, más pronto que tarde, debe abandonar a su dueño.

Sus ojos grisáceos se me antojan pintados por Velázquez. Su mirada, como las del dios Baco, me analiza. Lucho por aguantarla, pero caigo derrotado. Un escalofrío corre por mi cuerpo y al instante pienso que estoy solo con él en mitad de la estación. Me siento ligero, las cargas y las preocupaciones han pasado a un segundo plano. El señor da un paso al frente y me sobrecoge un temor, como si el Creador fuera a juzgarme.

De golpe, todo se desvanece; un trueno me ha devuelto a la realidad. Mi juez aparta la mirada mientras me dedica, con picardía, la sonrisa de aquel que se sabe victorioso al comprobar el dominio que su mera presencia ha ejercido sobre su adversario. Saca el mechero de su abrigo y enciende de nuevo el cigarrillo que le ha apagado el viento durante la batalla. Con gran naturalidad da una calada y exhala el humo mientras contempla la ciudad castellana bajo la lluvia primaveral.

Manuel Sureda

El megáfono de la estación anuncia que el autobús con destino a Bilbao va a efectuar su salida para proseguir el viaje. Entonces apaga el cigarro con la punta del zapato. Cierta parsimonia acompaña su movimiento, otorgándole aires de grandeza. Antes de poner el pie en la escalera del autobús, se gira para regalarme una mueca de entendimiento. Embobado veo como la puerta se cierra tras él.

 

 

Redacción

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