Relato: ‘Un paseo a caballo’ de Paloma Peñarrubia

RelatoDe Paloma Peñarrubia. Ganadora de la XVII edición www.excelencialiteraria.com

 

Iba Cristina cabalgando junto a su hermano Fran por la llanura. El cielo infinito que se entremezclaba con el extenso trigal parecía tener algo irreal. Cristina arrancó a cantar y de pronto se oyeron unas palmadas.

–¡Bravo, señorita! Deliciosa entonación –. Un hombre salió de entre el trigo apuntándoles con una pistola. Fran estuvo a punto de decir algo, pero el tipo continuó: – Llegan justo a tiempo. Me llamo… Parpadón. Había venido aquí para acabar con mi vida, pero me parece que ustedes, muy amablemente, van a salvarme.

–¿Qué es lo que quiere? –inquirió Fran.

–Es muy sencillo, joven. Tengo un problema con unos tipos duros. Necesito cien mil euros para esta noche, y ustedes me lo van a proporcionar –sentenció con una sonrisa maliciosa.

–¿Y por qué cree que se los vamos a dar? –dijo Cristina, haciendo caso omiso del grito de <<¡Cállate, Tina!>> que profirió su hermano.

–Mi querida señorita, ustedes que vagan por los prados con sendos caballos y camisas de El Ganso, valorarán sus vidas más que unos cuantos billetes –. Ambos hermanos guardaron silencio. Era evidente que el de la pistola era quien mandaba. Parpadón continuó con calma: – Haremos lo siguiente: uno de ustedes irá al banco a retirar tal cantidad y el otro se quedará como rehén. Naturalmente, si veo que regresa con la policía será el fin de quien permanezca a mi lado, y lo lamentaría porque yo también fui un joven de buena esfera, con ilusiones y amor a la familia.

Fran le pidió a su hermana que fuera ella la que se marchara al banco. En estas, se impacientó Parpadón y disparó al aire para asustarles. El caballo de Cristina se encabritó. Por la sorpresa, pese a ser una excelente amazona, Tina se cayó al camino. Rápidamente Parpadón sacó una navaja, corrió hacia ella y se la puso en el cuello.

–¡Suelte a mi hermana! ¡Suéltela o le juro que…!

Tina no le dejó terminar la frase:

–Basta, Fran. Será más fácil de este modo –le contuvo. Se había puesto pálida–. Usted me tiene entre la espada y la pared, así que está claro que mi hermano le va a traer el dinero. Pero soy consciente de que cuando vuelva, usted puede dispararnos a cada uno de nosotros –. Tras un asentimiento socarrón del criminal y ante los ojos furiosos del hermano, Cristina continuó: – Bien, pues la solución es fácil: entréguele a mi hermano el arma: él no disparará mientras yo me encuentre así.

Parpadón abrió os ojos desmesuradamente. Cuando se recuperó de este golpe, afirmó:

–Creo que no se está dando cuenta de quién tiene la sartén por el mango –. Ante los ojos victoriosos de Fran, y al recapacitar sobre la situación, Parpadón prosiguió: – No obstante, quizá sea más sencillo así. Pero, naturalmente, no pienso entregarle la pistola. Solo le daré el cargador.

Ni bien lo hubo cogido, Fran se puso en camino al pueblo, advirtiéndole a Parpadón que, si le hacía daño a Tina no habría poder en la tierra capaz de salvarle. Azuzó al caballo para que galopara lo más rápido posible, y mientras corría hizo dos llamadas con su teléfono móvil. La primera a la policía. Tras contar el suceso, el agente le aseguró que seguirían el rastro del criminal, pero tras comunicarle Fran lo que ocurriría si Parpadón veía un poli, le dijeron que entonces solo podían desearle suerte. La segunda y más temida, a su madre para que hiciera la transferencia.

En la sucursal no dieron crédito al verle entrar con espuelas y descubrir que había llegado a caballo por el asfalto. Se le mostraron serviciales y eficaces. Fran recogió el dinero y se puso de nuevo en marcha hacia el camino.

Desde la distancia, desgañitándose, le preguntó a Cristina si Parpadón le había hecho daño.

–¡No!

El chico se acercó a una distancia prudencial. Pese a la lejanía, le pareció ver una alegría histérica en los ojos de su hermana y cierto temblor en sus manos. Lo atribuyó a la tensión del momento, porque quedaba la parte más delicada: el intercambio. Ninguno deseaba ser el primero en ceder. Intentando tomar las riendas del asunto, Parpadón rompió el hielo:

–Interesante situación. Como tal, me parece que lo más lógico es que me des el dinero: yo no gano nada con un cadáver a mis espaldas.

–Esto no va así, amigo –le contradijo Fran, soltando la bolsa a unos veinte metros del bandido–. Usted tiene aquí el dinero; yo tengo ahí a mi hermana. Lo lógico es que cada uno vaya hacia donde está lo que quiere. ¿De acuerdo?

Parpadón susurró algo al oído de Tina. A Fran le pareció leer en sus labios algo parecido a <<lo siento, pero no hay más remedio>>. La visión de un leve movimiento en el labio de su hermana le puso los pelos de punta. El joven no pudo contener un leve gallo al exclamar:

–¡Cristina!…

Antes de que se borrara el eco de aquel nombre, Parpadón se le lanzó encima de un salto, buscó el cuello del muchacho y un chorro de sangre oscura manchó las crines del caballo, que tras tirar a su moribundo jinete y a su asesino echó a correr.

–¡Criminal! ¡Maldito criminal! –le acusó Tina mientras corría hacia el cuerpo de Fran, aún caliente.

–No era mi intención, pero se empezaba a poner farruco –contestó Parpadón, con cara de circunstancias, yendo en la misma dirección.

–¡Me prometiste que no le tocarías un pelo a mi hermano!… ¡Y yo te he ayudado! ¡Lo había planeado contigo, confié en ti, estúpida de mí! –se detuvo en ese punto, porque le costaba hablar a causa del llanto espasmódico –. Fran… Por favor… Perdóname…

Paloma Peñarrubia
Paloma Peñarrubia

–Ya no puede hacerlo. Está muerto –hizo una pausa que dio la sensación de ser un minuto de silencio– Anda, no te pongas así… –al no recibir respuesta, se impacientó–. Bueno, entonces, ¿vienes conmigo o no?

Ambos comenzaron a caminar hacia el aeropuerto.

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