Relato: ‘Detrás del cristal’ de Beatriz Jiménez

Detrás del cristal

De Beatriz Jiménez. Ganadora de la IV edición www.excelencialiteraria.com

Olivia tenía una bola de cristal, de esas que contienen una pequeña ciudad envuelta en una tormenta de nieve. Ver cómo volaban los copos era un espectáculo del que todos quedaban prendidos, pero la verdadera maravilla era la arquitectura del lugar, pues cuando se acercaba lo suficiente veía altos edificios y modestas casitas, calles bañadas en color, personas llenas de vida, un río de plata, un puente de piedra, parques donde los perros corrían detrás de una pelota y un faro sin mar, que siempre estaba encendido.

La mujer guardaba aquel diminuto universo en un rincón de su habitación, junto a la cama. Cuando estaba sola, disfrutaba observándolo y se imaginaba viviendo en el interior de aquella acristalada utopía, protegida de las frivolidades de la vida real.

Una mañana salió de casa con prisa y se olvidó de echar la llave. Un lardón rondaba el barrio. Llevaba días probando suerte en muchas las cerraduras, hasta que dio con la de la casa de Olivia. Entró sin resistencia, sorprendido y con aires altaneros, lo que consideró toda una victoria. Revolvió a su aire una habitación tras otra, en busca de joyas, tarjetas y dinero en efectivo, pero no encontró nada que le interesase. Llegó al cuarto de la chica, se acercó al rincón donde estaba la bola de cristal y, riéndose con un tono burlón, la cogió entre las manos y la agitó. Durante un rato se entretuvo contemplando la nevada, pero terminó por cansarse y la dejo caer al suelo. La esfera estalló en mil pedazos, salpicándolo todo de agua y diminutas bolitas de corcho. El ladrón ni siquiera se inmutó, sino que, al no obtener aquello que quería, se marchó en busca de otras cerraduras.

Cuando Olivia regresó a su casa, se encontró todo revuelto. Sin pensárselo, echó a correr hasta su cuarto, en donde se encontró los restos de su bola de cristal. Mientras recogía los fragmentos, lloró sin consuelo. Deseaba volver atrás para echar la llave, y para guardar su pequeño tesoro en lugar más seguro. Pero no podía regresar al pasado para cambiar lo sucedido.

Beatriz Jiménez

Una vez se secó las lágrimas, observó su preciada pertenencia. Había dejado de ser una bola y ni siquiera tenía cristal. Pero se dio cuenta que la ciudad estaba intacta, que incluso se veían con mayor detalle los edificios, las caras de las personas y los colores. Apreció pormenores que antes estuvieron ocultos por la nieve de poliespán, que le distraía con su bello espectáculo.

Tiempo después, Olivia rehízo su hogar y su vida. No pudo, eso sí, sustituir la cubierta de cristal, pero tampoco le hizo falta, pues aunque el objeto se había transformado, mostraba su esencia con total belleza.

 

Redacción

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