Relato: 'El umbral de las sombras' de Cristina Elías
El umbral de las sombras de Cristina Elías. Ganador de la XXI edición de Excelencia literaria.
Las turbias aguas fluían pesadamente a través de la oscuridad. La negrura impedía el reflejo del paisaje en la superficie, y el murmullo constante del agua se fundía con un ligero susurro. Aquel lamento incesante, junto con la neblina, creaba un ambiente lúgubre. Las palabras parecían morir en el instante en que brotaban de los labios, fundiéndose con la densidad que todo lo envolvía.
En la orilla, una barca aguardaba la llegada de sus pasajeros. Su capitán los observaba impaciente, pues dudaban en subir a la embarcación. Con la mano extendida sobre la pasarela, los apremiaba sin hacer un solo gesto, exigiéndoles un tributo. Cuando al fin se decidieron a embarcar, depositaron unas monedas en su palma abierta, como si fuera el peaje para no quedarse atrapados entre dos mundos.
Una vez todos estuvieron a bordo, la embarcación se alejó de la costa con el impulso de una pértiga. El patrón los fue dirigiendo hacía la lejanía. La niebla se enroscaba sobre la superficie del agua, a la que cubría una bóveda de estalactitas. Aquel lugar parecía un rincón recóndito del universo, el planeta enano, Plutón.
Divisaron la otra orilla. Había rocas escarpadas, y sobre ellas un suelo volcánico que conducía hasta una muralla que se extendía más allá de donde se perdía la vista. Al llegar a las rocas, escucharon el profundo gruñido de lo que parecía un perro de gran tamaño. Los pasajeros rompieron a temblar.
La quilla de la barcaza se clavó sobre la negruzca arena. Sus ocupantes desembarcaron y se dirigieron al muro, que cruzaron por una gran abertura desde la que divisaron un colosal palacio. Sus torres se alzaban imponentes y la fachada principal estaba repleta de columnas de piedra negra. A través de unas de las puertas, que se encontraba abierta, vislumbraron un interior en penumbra, inquietante, pues parecía respirar. Un extraño jardín custodiaba la escalinata de entrada.
Los recién llegados avanzaron con cautela bajo el influjo de aquella quietud sobrenatural. Una figura los aguardaba en lo alto de la escalinata. De desproporcionada altura, aquel personaje estaba sentado en un trono que parecía estar hecho con los huesos de unos soldados. De piel albina, su cuerpo musculoso irradiaba un inquietante poder. La seda negra que vestía y la corona de oro trenzado le conferían un halo demoniaco. A su lado había otro trono, que estaba vacío. Era más pequeño y tenía la forma de una flor, negra y ribeteada en oro. La forma de sus pétalos estaba cubierta de polvo, salvo en uno de sus brazos, en donde una pequeña marca de limpieza indicaba que alguien lo había ocupado no hacía mucho tiempo.
En el jardín sonó un leve golpe: había caído el fruto de un árbol. Su pulpa era de un rojo intenso y estaba cuajada de semillas. El suelo lo absorbió con rapidez, como si llevase tiempo esperando ese alimento. Un gruñido anunció de la presencia de un guardián, que permanecía vigilante. Al pie de la escalinata, tres ancianas de rostros severos sostenían un largo hilo y unas tijeras de bronce, con las que lo cortaron en varios pedazos.
Los recién llegados sintieron cómo perdían su vitalidad: recuerdos que se deshilachaban, nombres que se evaporaban y promesas que se deshacían acudieron, invisibles, a los pies de la escalinata.
Las tres ancianas alzaron el rostro al mismo tiempo, dirigiendo sus cuencas vacías hacia lo alto de la escalinata. La atención de la figura del trono pareció recaer por primera vez sobre los recién llegados. Uno de ellos avanzó con paso firme hacia el palacio, y las ancianas retrocedieron para dejarle paso. Orfeo dirigió la mirada hacia lo alto y la música de su lira colmó el atronador silencio. Fue un pequeño gesto, suficiente para que el lugar dejara de ser inmutable.
Esa leve alteración, casi imperceptible, logró que ell ciclo se rompiera, dejando a su vez un cabo suelto que esperaba que alguien lo cortara.
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