Se sentía muy nervioso. Había entrado en el supermercado y se había dirigido a la pescadería, donde se acumulaba más gente que en ningún otro lugar del establecimiento. Los jefes del comando le habían dicho que cuantos más murieran, mejor iba a tratarle Alá en la otra vida. Como España no es musulmana, debía llevar allí la Guerra Santa para librar de infieles al mundo entero.
Aun así, no se esperaba que hubiese tantos niños. Los más tranquilos iban de la mano de sus padres o abuelos, y esperaban pacientemente su turno. Otros más revoltosos toqueteaban los pescados; incluso uno hundía el dedo en el ojo de un besugo grande y plateado.
—¿Dónde están tus papás? —le preguntó un dependiente joven con tono amable.
El pequeño terrorista negó con la cabeza y se mordió el labio inferior, intentando ocultar sus inminentes lágrimas. Los jefes del comando le habían informado que la explosión iba a tardar unos tres minutos, así que debería aguantar impertérrito durante ese tiempo.
—¿Te has perdido? ¿Quieres que busquemos a tus padres? —el pescadero se agachó para ponerse a su altura. En ese momento descubrió el cinturón. Trastabilló y cayó al suelo con el rostro desencajado.
Vio en los ojos del dependiente la sorpresa y el terror. Entonces, tomó una resolución: abandonó la pescadería, salió del supermercado, cruzó la calle y entró en un descampado. Allí se dejó caer sobre los hierbajos y cerró los ojos.
En sus últimos segundos, rezó para que Alá tuviera misericordia de él.
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