‘Mujeres que leían’ de Rosa Huertas

Mujeres que leían
Mujeres que leían

Mujeres que leían de Rosa Huertas. Editorial Tres Hermanas, 2019. Rústica con solapas, 160 pp., 14 e.

Por Anabel Sáiz Ripoll.

 

Nos encontramos ante una de esas obras íntimas que deben leerse con recogimiento y emoción porque forman parte de nuestra memoria más inmediata.  Rosa Huertas nos ofrece un texto que tiene mucho de novela, mucho de ensayo y mucho de poesía. En él se centra en las mujeres que la precedieron, sobre todo en su madre, para descubrir que las mujeres que forman parte de la generación de la posguerra, las mujeres nacidas en plena guerra y en los años posteriores, tienen mucho que decirnos porque, por desgracia, se las silenció en su tiempo, no se les permitió otra cosa que ocuparse de su familia, atender a su marido y a sus hijos. Con ello se perdieron muchas oportunidades y se truncaron tantos sueños. Pese a ello, estas mujeres, fuertes y con coraje, siguieron adelante y sembraron sus semillas en sus descendientes.

Rosa Huertas nos habla de las frustraciones cotidianas, de esa falta de reconocimiento que hace que se pierda la autoestima y se piense que no vale de nada tratar de realizar los sueños puesto que no son ni útiles ni necesarios, pero también nos habla de la revancha, de las segundas oportunidades, de la fuerza y la templanza de tantas y tantas mujeres que hicieron su labor callada y resignadamente, pero sin perder jamás la alegría ni el saber estar.

A la escritora le sucedió también que, por distintos motivos personales, creyó que lo que ella escribía a nadie le iba a interesar nunca, hasta que rompió el dique y se demostró que sí, que ella también tenía voz porque descendía de aquellas mujeres que leían casi en secreto, que cantaban, que pintaban, que tocaban el piano y que, por desgracia, muchas veces tuvieron que renunciar a ello.

En «Mujeres que leían» aparece la voz en primera persona de la autora y narradora, pero también la de su madre que es quien revisa lo que ella ha escrito, algo así como una crónica de su vida, y quien le da el visto bueno.

Son varias las voces femeninas que se entremezclan, abuelas, tías, madre, hermana… aunque no son las únicas protagonistas, ya que también lo es la casa de verano en donde Rosa Huertas, con su madre, pasa las vacaciones de verano y en donde son más vivos los recuerdos, a veces punzantes, los secretos, la memoria, el pasado. Las fotografías, los muebles, los libros perdidos -algunos reencontrados- son como luces en el camino de esas mujeres, que son el faro que nos orienta hoy.

El libro se organiza en torno a 20 capítulos más un epílogo. Su estructura es como un tapiz tejido de sutiles hilos que unen pasado, presente, lo que fue, lo que pudo ser y lo que tal vez nunca sea. Las reflexiones de la autora, llenas de vida, de entereza, nos permiten, sin duda, otra profunda reflexión que trasladamos a nuestras propias vidas.

Sin duda, un libro hermoso, escrito con la verdad, desde el corazón y la pasión de quien conoce el oficio y sabe cómo ejercerlo.

 

 

 

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