Leonor Paqué, autora multigénero y activista: “Hay una mirada muy rancia sobre lo que es sabiduría”

Leonor Paqué
Leonor Paqué

Por Eva Fraile.

Que la Memoria Histórica es algo que hace correr ríos de tinta es algo que sabemos todos. Que detrás de ella están las historias de muchas personas que exigen reparación es algo en lo que no solemos detenernos a reflexionar. Leonor Paqué (Bilbao, 1963) ha dedicado una gran parte de su vida y de su carrera a escribir sobre estas personas y a reivindicar su dignidad.

P. Eres periodista, y parece que una cosa lleva a la otra, pero ¿qué fue lo que te motivó a escribir?

R. Tengo una carpeta viejísima con «11 años» escrito en la portada, llena de historias que ya escribía, algunas dibujadas con viñetas, estilo cómics.

Conservo un trabajo de la universidad que el profesor puntuó muy bien y donde anotó: «Apuntas extraordinarias cualidades. ¡Olvídate de la literatura cuando haces periodismo!».

Fue en el año 90, cuando llego a Madrid y me recibe la hostilidad de la gran ciudad, al necesitar encontrar un lugar donde vivir, guiarme en la intrincada red de Metro, orientarme en el callejero, el trabajo frenético en las redacciones de radio…, cuando empiezo a escribir mi primera novela, para evadirme de esa realidad nada sencilla.

Lo hago arropándome en las historias que he oído desde mi infancia en boca de mi madre, mi abuela, mis tías… Relato ese sur que las mujeres de mi familia desgranaban con nostalgia desde el norte donde vivíamos.

P. ¿Tienes la sensación de que la literatura reivindicativa ha puesto en valor sobre todo a figuras que llevaban a cabo actos relevantes, que tenían una cultura, y ha dejado aún más olvidadas a personas, sobre todo mujeres, que no tuvieron acceso a formación y para las que vivir ya era una aventura?

R. Siempre me ha costado creer que el conocimiento es solo erudición, el aprendizaje que viene de los libros. Uno de mis grandes maestros fue un pastor que únicamente se relacionaba con su rebaño y pasaba el día por esos montes. Le encantaba leer. Era una amalgama extraordinaria de saberes.

Hay una mirada muy rancia sobre lo que es sabiduría.

Creo que para contar desde la verdad es muy enriquecedor conocer la realidad que se describe. Existen eruditos que se ocupan de la admirable labor de documentarse sobre la más variada temática, sobre la que luego escriben.

Hay una tendencia a creer que las voces comunes, calladas, anónimas, silenciadas, minimizadas, lo son porque sus experiencias o sus vidas tienen menos interés, y resulta más difícil que sean eje central de un libro. Su realidad apenas se encuentra en las bibliotecas ni suele haber especialistas que recaben testimonios y luego los hagan públicos de una manera literaria.

Tampoco es común que una base social desfavorecida, testigo y parte de la misma, tenga las herramientas u oportunidades de llevar su relato a la literatura.

P. Has escrito cuatro novelas y más de una veintena de relatos, ¿en qué formato te sientes más cómoda escribiendo?

R. El relato es algo que te asalta. Lo arrancas y es un reto veloz, no puedes detenerte hasta la línea final.

Emprender una novela es iniciar una carrera de fondo, que vas construyendo, que tiene vida propia a lo largo del tiempo, años, que dedicas a escribirla. Nunca sabes en un principio sus derroteros absolutos. Te sorprende. Te interpela. Te asusta. Te zarandea. Es un viaje apasionante, lleno, largo y extenuante.

Sin embargo, en mis novelas se encuentran fragmentos que son un relato en sí mismo y que podrían leerse de manera independiente, como tal.

P. Cuentas que ninguna de tus novelas tiene una estructura formal, ¿te gusta más la escritura no lineal?

R. Alguna vez me he propuesto escribir al estilo más clásico, con presentación, nudo y desenlace. Pero no lo he logrado. Sin darme cuenta, me he retado a mí misma y estoy construyendo la historia de un modo distinto. Creo que lo hago porque me entretiene, divierte o fascina el juego formal. Y si me asombra a mí, me convenzo de que algo similar puede sucederle al lector.

P. ¿Qué es lo mejor que han dicho sobre tus libros?

R. Han dicho tantas cosas bellas que me domina la gratitud. Sus opiniones son la leña para esta chimenea creativa en la que a veces me convierto.

Ideas globales, como que empiezan a leer la novela y no logran dejarla. Cuando me piden saber qué pasó después, porque sienten anhelo de más al terminarla. Cuando escriben que he contado de quienes nadie contó nada o expresan «Esa historia no estaba contada». Cuando confiesan haber intentado adivinar el final de la novela y ni por asomo lo habían imaginado. Cuando dicen que escribo de una manera delicada, emocionante, sutil. Cuando hay periodistas que estiman que haya relatado una epopeya histórica de las mujeres anónimas de este país. Cuando se sorprenden por la diversidad en el estilo de las cuatro novelas. Cuando creen que los personajes son reales y de verdad que debaten con ellos como si existiesen. Cuando me llaman escritora como si tuvieran un caramelo de dulce de leche en la boca.

En fin… Cuántas cosas, je, je.

P. Como escritora, ¿a quién te gustaría parecerte?

R. Confío en lo que festejan los lectores cuando dicen tengo una voz narradora propia. Quisiera ser fiel a la mejor versión como escritora de mí misma.

Pero si he de jugar con la pregunta, tomaría una base de la capacidad de crear un universo a la vez íntimo y social de Los gozos y las sombras de Gonzalo Torrente Ballester, añadiría la licencia mágica de García Márquez e Isabel Allende, una pizca de la transgresión formal de Martín Santos en su Tiempo de silencio, la frescura de jovencísimas nuevas autoras como la prosa de Irene Solá en Canto yo y la montaña baila o Agua, poesía de Aurora Gargu… Autores y autoras tan ricos y magníficos que quieres hacerles una reverencia. Al leerles mueven todo de ti.  Luego continúas escribiendo, a tu manera.

P. Además de tu faceta literaria, Leonor, en los últimos tiempos has sido noticia por tu activismo contra la impunidad de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia católica sobre niños. Háblanos sobre estas reivindicaciones.

R. Los colegas del diario El País iniciaron hace tres años una investigación. Habilitaron un correo electrónico, y la respuesta fue abrumadora. Se dedicaron a entrevistar a los denunciantes e ir publicando casos sin que nada pasara.

Hicieron llegar el informe al Papa. Este pidió acciones a la iglesia católica española. La conferencia Episcopal se resiste.

El domingo 30 de enero, tres hombres y una mujer somos portada del periódico como denunciantes de agresiones sexuales en la Iglesia.  Y como si una botella de gaseosa hubiera sido agitada, muchas víctimas salimos expelidas hacia los medios de comunicación, que quieren, esta vez sí, saber y publicar.

La sociedad se indigna. Los políticos inician acciones.

Se está tratando de que la Iglesia acepte colaborar en una investigación donde se aparte la manta que oculta a miles de víctimas, si se mira a otros países que han investigado, como Francia, donde, siendo una sociedad laica y no dominada por el nacionalcatolicismo como la nuestra, los casos ascienden a 300.000.

Prefiero ocupar espacio de los medios por la calidad de mis textos literarios. Sin embargo, son pocas las voces de mujeres que aún se atreven a dar la cara, por esa vergüenza inculcada. Creo que son los agresores los que se han de avergonzar y, por tanto, acudo a donde sea que quieran darnos voz.

Nunca imaginé que asistiera a lo que ya está ocurriendo. A la vez, es fuente de tensiones emocionales y ansiedad al remover un tema tan sensible. Mi hijo, de veintinueve años, no puede acompañarme a las entrevistas porque se angustia. Mi hija, que sufrió al leer En sus tibias manos, me da ánimos y me apoya.

P. Es cierto que, cuando se tratan estos temas, cunde cierto desánimo porque parece que los culpables nunca pagan por lo que hicieron y hay un gran inmovilismo por parte de las instituciones, ¿es esta la sensación que tenéis?

R. Somos conscientes de que es un recorrido largo. Sabemos que hay días exultantes de esperanza en la justicia y reparación y otros de bajar a una tierra muy árida. De alguna manera, cuidamos unos de otros, nos enviamos mensajes, charlamos y nos contamos cómo ha sido nuestra jornada. Estamos alerta ante nuestras propias expectativas.

Los agresores, como dice un amigo mío, no vienen de Marte. Pertenecen a nuestra sociedad, y cómo sean juzgados, retrata la manera en que nos esforzamos para orquestar un mundo donde viven nuestros niños.

 

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