Hace unos años asistí, en mi ciudad, a un concurso literario para alumnos de segundo de Secundaria. Los participantes ocupamos un gran salón y comenzamos a escribir, cada cual su relato.
Empecé a trazar sobre el papel lo que se me ocurría. Poco a poco empezó a nacer una historia. Llegó un momento de duda: necesitaba escribir el verbo «iba», pero no acertaba a recordar si se escribía «hiba», «iba» o «hiva». Parecerá lamentable, pero hasta aquel momento, por descuido o pereza, no me había planteado solucionar aquella cuestión.
* * *
A los pocos meses se procedió a la entrega de los premios a los ganadores.
Finalizado el acto, se me acercó una señora sonriente. Parecía querer hablar conmigo.
-Eres Miguel, ¿verdad?
-Sí -contesté algo sorprendido.
Era una de las personas que habían corregido aquellos relatos.
Me explicó cuál había sido el error principal de mi narración. Cuando le escuché no lograba creérmelo: mi sueño se había ido al traste por el dichoso «iba» con «h».
Aquello me enseñó una lección: cuando llega una duda, no hay que tener miedo a preguntar, aunque con ello se demuestre la propia ignorancia, pues todos –niños, jóvenes, adultos y viejos- tenemos muchas cosas que aprender.
Demostrar que no lo sabemos todo es síntoma de que somos personas normales. Si no nos damos cuenta, no podremos llegar lejos. Al menos, no tan lejos.
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